Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
Un agudo ladrido le recordó la presencia de su perro. Los luminosos ojos de color café de Trafalgar y su inquieta cola le comunicaron la impaciencia que sentía ante la expectativa de llegar a casa.
– No tardaremos mucho. -El caballero se inclinó y acarició las orejas del animal-. Ya casi hemos llegado. -El perro estaba un poco maltrecho a causa de sus incursiones entre los arbustos, pero lo más probable es que la experiencia le hubiese enseñado muchas cosas. Lo mismo que a él, pensó. Sí, en efecto, tenía una deuda con la señorita Elizabeth Bennet. Al rechazarlo con tantos argumentos, no le había hecho daño; al contrario, le había hecho mucho bien. ¡Qué jovencita tan increíble! La desafortunada carta había sido, en parte, una manera de tratar de obtener un poco de su respeto.
Le dio una última palmada a Trafalgar, antes de volverse a montar en Séneca.
– Sólo nos quedan unas cuantas millas y llegaremos al bosque de Pemberley -informó al sabueso-. ¡El lago está detrás y te aconsejo que no desperdicies la oportunidad! No pareces ni hueles como un caballero, y si tú mismo no te ocupas de tu apariencia, algún mozo del establo lo hará.
Fresco y descansado, Darcy tomó las riendas y arreó al caballo, pues la cercanía de sus propias tierras aumentó la nostalgia de su corazón por estar en casa. Con renovada energía, su caballo atravesó el bosque de Pemberley. El sendero, duro y polvoriento a causa de un verano muy seco, serpenteaba por las onduladas colinas de Derbyshire, antes de entrar en el amplio valle a través del cual se abría paso el Ere, hasta el dique que lo convertía en un estanque sobre el cual se reflejaba la enorme mansión. Impulsado por las ganas de llegar, Darcy había dejado atrás a Trafalgar, así que detuvo a Séneca justo cuando atravesaron los árboles que marcaban el comienzo del valle. Esperaron al tercer miembro del grupo, con la respiración acelerada por el esfuerzo. El caballero aflojó las riendas y se inclinó sobre el cuello del caballo para estirar los músculos de la espalda. Cuando se enderezó, sus ojos se sintieron atraídos por el hermoso valle.
Había visto innumerables veces su casa desde lejos, ya fuera desde esa altura privilegiada o desde algún otro lugar. Sin embargo, no pudo evitar recorrer detenidamente con la mirada todos los detalles de la majestuosa estructura, y tampoco pudo contener la alegría que le provocaba la belleza de los jardines o la belleza natural del río y el bosque. Pemberley. Su casa. Esta vez, no obstante, había algo nuevo en esa parte de él que se inflamaba de dicha ante aquella visión. Miró la mansión, estudiando cada línea, hasta que ese algo encontró un nombre. Gratitud. Notó que el pecho se le llenaba de gratitud por lo que le habían dado. Y por primera vez en su vida fue consciente de que podía ser digno de poseer el gran regalo que le había sido confiado.
Un murmullo procedente de los arbustos que tenía a su espalda lo alertó sobre la llegada del perro y, al verlo desde la altura que le proporcionaba su caballo, Darcy soltó una carcajada. Aunque pareciese increíble, Trafalgar venía en un estado todavía más lamentable; jadeando y con la lengua de fuera, se arrojó a los pies del caballo.
– ¡No me eches la culpa! -le dijo al agotado animal-. Tal vez la próxima vez decidas no dar rienda suelta a tu curiosidad y te concentres en lo que estás haciendo. -El rayo de risa canina que pareció proyectar Trafalgar al oír el tono de su amo pareció extinguir la posibilidad de que hubiese aprendido la lección-. Está bien, monstruo. -El caballero soltó otra carcajada-. Entonces, ¿vemos quién llega primero a casa? -Al pronunciar la palabra «casa» se produjo una especie de milagro, seguido por un torbellino de movimiento, y al minuto siguiente Trafalgar se había convertido en una mancha que cruzaba el valle volando-. ¡Arre! -le gritó Darcy a Séneca y, después de espolearlo, aflojó las riendas para que saliera a perseguirlo. Darcy atribuyó el hecho de que caballo y jinete pisaran el patio del establo apenas unos pocos metros detrás de Trafalgar a la pérdida de su sombrero. Forzado a detenerse para recogerlo, Darcy no pudo recuperar el tiempo perdido, y no llegó ni siquiera a un empate con el sabueso. Cuando desmontó, casi aterriza sobre su orgulloso oponente, que jugueteaba entre las patas de Séneca-. ¡Sí, has ganado! -concedió Darcy y, después de soportar con resignación el ladrido triunfal de Trafalgar, fue recompensado con un húmedo premio de consolación por su deportividad.
– ¡Bienvenido a casa, señor! -El capataz de los establos de Pemberley le hizo una seña al mozo que lo acompañaba para que tomara las riendas de Séneca.
– Gracias, Morley. Es bueno estar en casa. -Darcy asintió con la cabeza y entregó a Séneca-. Que se refresque bien -le gritó al muchacho que se llevaba al animal.
– ¿Un viaje difícil, señor? -Morley observó a su joven subalterno mientras llevaba el caballo al establo.
– No, no ha estado mal. ¿Cómo van las cosas por aquí? -Darcy se quitó los guantes y, tras quitarse el engorroso sombrero, los arrojó adentro y le entregó todo a otro muchacho que acababa de llegar a toda prisa, dirigiéndole una fugaz sonrisa. Morley le indicó al chico que llevara todo a la entrada del servicio de la casa y luego alcanzó a su patrón.
– Muy bien, señor. Todo en orden. Todas las crías están creciendo adecuadamente, señor. No hemos tenido ni una sola enfermedad este año. Creo que estará complacido.
– ¡Excelente! Entonces, ¿ningún problema? -Darcy dirigió la mirada hacia algo que estaba detrás del capataz del establo: una yunta de caballos que no reconoció y que estaban siendo retirados de un landó desconocido-. ¿Visitas? -Volvió a fijar los ojos en Morley.
– Turistas, señor, han venido a conocer la casa y los jardines. Nos acaban de avisar de la casa de que tienen intención de recorrer los jardines, y tal vez el parque, cuando terminen, y que debíamos desenganchar los caballos.
Darcy frunció el ceño.
– ¡Visitantes! Bueno, entonces tomaré el camino más largo. De todas formas, tenía intención de enviar a Trafalgar al lago. El pobre animal necesita un baño con urgencia. -Miró a su alrededor, pero el sabueso no estaba por ningún lado-. ¿Y ahora adónde ha ido? -Silbó y luego gritó-: ¡Trafalgar! ¡Monstruo! -Un ladrido procedente del lago respondió a su llamada.
– Parece que se le ha adelantado, señor Darcy -dijo Morley riéndose.
– Generalmente siempre lo hace. ¡Que tenga un buen día, Morley! -se despidió Darcy. La respuesta de Morley con los mismos buenos deseos lo siguió mientras se encaminaba en busca del sabueso, tanto para estirar los músculos un poco rígidos de sus piernas como para asegurarse de que el animal aprovechaba plenamente los beneficios del lago de Pemberley. Mientras caminaba, Darcy aspiró el aroma de las flores frescas que salía de los jardines y sonrió para sus adentros. Había tenido un tiempo estupendo; todavía era temprano y ya estaba en casa. Miró hacia el edificio. No había señales de los visitantes, cuya intromisión formaba parte de la rutina y las obligaciones de una gran mansión. ¡Bien! Se apresuró a llegar al lago y encontró al perro paseándose nerviosamente por el borde, mirando con angustia por encima del hombro, esperando a que apareciera su amo.
– Aquí estoy, monstruo, pero no tenías que haber esperado. ¡Vamos! -lo instó Darcy. Trafalgar se sentó y gimió-. ¡Anda, échate al agua! -ordenó. El perro lo miró, confundido-. ¡Lánzate! -El caballero señaló el agua, pero el animal parecía no entender su significado. Hummm. -Darcy lo miró fijamente, tratando de descubrir si realmente estaba confundido o sólo estaba oponiendo resistencia. Con astucia, Trafalgar esquivó la mirada de su amo y torció la cabeza hacia el lago y los jardines-. Así que ésas tenemos. -El caballero miró a su alrededor, tomó una rama seca y la partió en dos con la rodilla; luego regresó al borde del lago y vio que había conseguido atraer la atención del sabueso. Se miraron en silencio, pendiente uno de cualquier cambio del otro. De repente, con un rápido movimiento del brazo, Darcy lanzó la rama al centro del lago-. ¡Tráela! -Sin la menor vacilación, el perro saltó al agua y nadó con decisión en busca de su premio.