La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– Lo que me recuerda -dijo Davidson-, que los de Expedientes quieren hablar también contigo.
Expedientes era la brigada de asuntos disciplinarios, los policías que se encargaban de los trapos sucios.
– Parece que te suspendieron de servicio hace unos días -añadió Davidson-, y no te lo tomaste muy en serio -se detuvo ante la puerta de uno de los cuartos de interrogatorio-. Pasa, John.
La puerta se abría hacia fuera para que los detenidos no pudieran encerrarse. Tenían generalmente una mesa y sillas, una grabadora e incluso una cámara atornillada enfocada a la mesa, encima de la puerta.
– El alojamiento es bueno -dijo Rebus-. ¿Sirven desayuno?
– Tal vez pueda pedir un panecillo con bacon.
– Y salsa marrón -dijo Rebus.
– ¿Té o café?
– Té con leche, garçon. Sin azúcar.
– Veré lo que puedo hacer -dijo Davidson cerrando la puerta al salir.
Rebus se sentó en la silla. ¿Y qué si uno de la Científica había encontrado un protector de zapatos? Tal vez otro agente lo había dejado por allí. Los restos de sangre podían ser manchas de corteza o de óxido; en el canal había de todo. Los agentes de la científica usaban aquellos plásticos, pero ¿quiénes más? Los utilizaban en algunos hospitales; tal vez en el depósito de cadáveres… en lugares de esterilización obligada. Pensó en la cerradura del maletero del Saab y en que habría debido arreglarla. Sí, cerraba, pero a base de insistir, y aun así se abría casi sin apretar. Cafferty conocía su coche. Stone y Prosser también. ¿Lo había advertido el chófer de Andropov aquel día frente al Ayuntamiento? No, porque iban en el coche de Siobhan. Pero él había dejado el Saab aparcado mientras seguía a Cafferty y a Andropov a la vinatería… una oportunidad para que uno de los guardaespaldas cogiera lo que quisiera del maletero. El propio Cafferty había dicho que el chófer de Andropov le había reconocido. Un protector de zapatos manchado de sangre. ¿Qué posibilidades existían de que se descubriera algo que le incriminara? Imposible saberlo.
«Son tus últimos días de poli, John. Disfrútalos», se dijo.
Se abrió la puerta y apareció una agente de uniforme con un vaso de plástico.
– ¿Té? -inquirió él, oliendo el líquido.
– Si usted lo dice -replicó la mujer antes de retirarse. Él dio un sorbo y le supo bien. Cuando se abrió de nuevo la puerta era Shug Davidson que metía otra silla.
– Es el panecillo de beicon más raro que he visto -comentó Rebus.
– Ya traerán los panecillos -dijo Davidson colocando la tercera silla junto a la suya y sentándose. Sacó dos casetes del bolsillo, las desenvolvió y las introdujo en la grabadora.
– Shug, ¿necesito un abogado?
– Dímelo tú que eres policía -replicó Davidson. En ese momento se abrió la puerta de nuevo y entro Calum Stone. Llevaba un archivador y su gesto era adusto.
– ¿Has cedido el mando? -preguntó Rebus mirando a Davidson. Pero fue Colum quién contestó.
– El SCD tiene prioridad.
– Si quieren pueden encargarse de algunos de los casos de mi comisaría -replicó Rebus.
Stone sonrió satisfecho y abrió el archivador. Había páginas dobladas por las esquinas, tenía manchas de café y aspecto de haber sido muy utilizado en el intento de encontrar alguna nueva perspectiva en las actividades de Cafferty. Lo gracioso es que él tenía en casa uno muy parecido.
– Bien, inspector Davidson -dijo Stone estirándose la chaqueta y las mangas de la camisa mientras se ponía cómodo-, enchufe la grabadora y empecemos.
Media hora más tarde llegaron los panecillos. Stone se puso en pie y comenzó a pasear sin poder disimular su descontento por no haber sido incluido en el piscolabis. El panecillo de Rebus estaba frío y la salsa era de tomate, pero lo atacó con exagerada fruición.
– Está exquisito. Muy buena la mantequilla -decía de vez en cuando. Davidson se había ofrecido a compartir el suyo con Stone, pero éste rehusó-. Nos vendría muy bien otro té -añadió Rebus, y Davidson dio su asentimiento con la boca llena.
Llegaron otros dos tés, acabaron los restos del panecillo, Rebus se limpió elegantemente los restos de harina de la comisura de los labios y declaró que estaba «listo para el segundo asalto». Enchufaron de nuevo la grabadora y Rebus volvió a defender la intervención de Siobhan Clarke en los acontecimientos de la noche.
– Ella hace lo que usted le diga -insistió Stone.
– Estoy seguro de que el inspector Davidson puede garantizarle que la sargento Clarke es muy suya -Rebus guardó silencio y vio cómo Davidson asentía con la cabeza-. El inspector Davidson asiente con la cabeza -dijo para que quedara grabado, y a continuación se restregó con un dedo el puente de la nariz-. Escuche, el resumen es el siguiente: no le he ocultado nada. Admito que vi a Cafferty anoche y que estuve en el canal con él. Pero no le agredí.
– ¿Admite que desvió del lugar a una patrulla de vigilancia del SCD?
– Una tontería, pensándolo bien -dijo Rebus.
– ¿Pero es lo que hizo?
– Es lo que hice.
Stone miró a Davidson y de nuevo a Rebus.
– En cuyo caso, inspector, ¿le importa que vayamos a la zona de proceso?
– ¿Me acusa de algo? -replicó Rebus mirando a Stone.
– Te estamos requiriendo para que te prestes al procedimiento de las huellas dactilares -añadió Davidson.
– Y a una muestra de ADN -añadió Stone.
– A efectos de descartar posibilidades, John.
– ¿Y si me niego?
– ¿Por qué va a negarse un inocente? -dijo Stone con su sonrisa de satisfacción.
Capítulo 36
Siobhan Clarke sabía muy bien que no iba a encontrar sitio en el aparcamiento de Gayfield Square con tantos agentes de refuerzo de diversas comisarías. Como su piso estaba a cinco minutos de camino de la comisaría y tenía el coche aparcado en el espacio reservado para vecinos, decidió ir a pie al trabajo con el reproductor de CD. Lo había encontrado debajo de la cama lleno de polvo. Cambió las baterías y comprobó que los auriculares del iPod se adaptaban. Por el camino compró un café en un bar sótano de Broughton Street. Le pareció que hacía siglos que había estado allí con Todd Goodyear. Por lo visto, Derek Starr no había advertido aún la presencia de su nuevo recluta; con tanta gente en el DIC, seguramente Todd pasaría bastante tiempo desapercibido.
Al entrar en el DIC vio que su mesa estaba ocupada. Dejó caer el bolso de bandolera en el suelo junto a la silla a guisa de advertencia. Pero como el intruso no se daba por aludido le dio un papirotazo en la oreja. El agente, que estaba hablando por el móvil, alzó la cabeza y ella le hizo señal de que se largara, cosa que a él no pareció gustarle, pero se alejó sin interrumpir la conversación telefónica. Todd Goodyear llegó ante su mesa con más hojas de transcripción de las grabaciones del comité de rehabilitación urbana.
– No parece que haya mucha actividad -comentó Clarke, viendo a Starr en su despacho enfrascado en una conversación con Macrae.
– Han habilitado dos cuartos de interrogatorio -dijo Goodyear-. El número uno y el dos. Parece que en el tres hace mucho frío -tras una larga pausa añadió-: ¿Qué es lo que he oído de Cafferty?
– ¿Te lo ha dicho tu novia? -preguntó Clarke dando un sorbo al capuchino. Goodyear asintió con la cabeza.
– La llamaron para que fuera de servicio al canal -añadió.
– Os fastidiarían la velada.
– Son gajes del oficio -hizo una pausa-. Ella vio que estuvo allí también. ¿Cómo piensa enfocarlo?
Clarke no lo entendió de entrada, pero recordó que Todd estaba con ellos fuera del pub y sabía que Rebus iba a reunirse con Cafferty.