La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– Tú no puedes ir solo a esa cita con Cafferty.
– No es la primera vez.
– Pero cualquier día puede ser la última.
– Si me encuentran flotando, al menos sabréis quién ha sido.
– ¡No bromees con estas cosas!
Él le puso la mano en el hombro.
– Siobhan, no te preocupes -dijo-. Aunque, ¿sabes que hay una especie de moscón en el asunto? El SCD vigila a Cafferty.
– ¿Qué?
– Anoche tuve un enfrentamiento con ellos -al ver la cara que ponía ella, apartó la mano y la alzó en señal de apaciguamiento-. Ya te lo explicaré. Quieren que no me acerque a él.
– Pues eso es lo que debes hacer.
– Por supuesto -dijo él, tendiéndole la tarjeta de Stone-, por eso quiero que llames a ese Stone y le digas que el inspector Rebus quiere hablar con él urgentemente.
– ¿Qué?
– Llámale desde el teléfono del bar Oxford. No quiero que capte tu móvil. No le digas el nombre; sólo que Rebus quiere verle en la gasolinera y cuelgas.
– Por Dios bendito, John… -comentó ella mirando la tarjeta.
– Oye, dentro de cuarenta y ocho horas me habrás perdido de vista.
– Estás suspendido de servicio y te tengo enredado en el pelo.
– Como un peine en los rizos, ¿eh? -dijo Rebus sonriente.
– Más bien como unas pinzas de rizar torcidas -replicó Clarke, pero se dirigió de nuevo al bar para hacer la llamada.
– Sí que ha tardado -fue lo primero que dijo Cafferty.
Estaba en el mismo puente de peatones del canal, con las manos en los bolsillos de su largo abrigo de pelo de camello.
– ¿Dónde está tu coche? -preguntó Rebus mirando hacia el solar vacío.
– He venido andando. Son sólo diez minutos.
– ¿Y el guardaespaldas?
– No es necesario -respondió Cafferty.
Rebus encendió otro cigarrillo.
– ¿Así que sabes que estuve aquí la otra noche?
– Le reconoció el chófer de Sergei -el mismo que había mirado de mala manera a Rebus aquella tarde en el hotel-. ¿Nos siguió hasta Granton?
– Hacía una buena noche para conducir -replicó Rebus, expulsando el humo hacia Cafferty, pero el viento lo desvió.
– Es todo legal, ¿sabe? Síganos cuanto quiera.
– Eso haré; gracias.
– A Sergei le encanta Escocia; eso es todo. Su padre le leía de niño La isla del tesoro. Tuve que llevarle hasta el parque de Queen Street, al estanque que se supone que le dio la idea a Robert Louis Stevenson.
– Fascinante -dijo Rebus mirando la superficie reluciente del canal. Sólo tenía poco más de un metro de profundidad, pero él sabía de casos de ahogados en aquellas aguas.
– Está pensando en trasladar aquí sus negocios -dijo Cafferty.
– No sabía yo que aquí hubiera tantas minas de estaño y zinc.
– Bueno, quizá no todo su negocio.
– Yo no acabo de verlo claro, la verdad, teniendo un tratado de extradición con Rusia.
– ¿Está seguro? -replicó Cafferty con sonrisa burlona-. Bueno, pero también tenemos una ley de asilo político, ¿no?
– No creo que tu amigo pueda acogerse a ella.
Cafferty volvió a sonreír.
– Aquella noche en el hotel -añadió Rebus-, en que estuviste tú con Todorov, y luego con Andropov, y un ministro del gobierno llamado Bakewell… ¿de qué hablasteis realmente?
– Creí que se lo había dicho… yo le invité a una copa sin tener ni idea quién era.
– ¿Tú no sabías que Todorov y Andropov se criaron juntos?
– No.
Rebus sacudió la ceniza en el aire.
– ¿Y de qué hablaste con el ministro de Fomento?
– Me apuesto algo a que a Sergei le preguntó lo mismo.
– ¿Y qué crees que me contestó?
– Seguramente le diría que hablaron de desarrollo económico, y es la verdad.
– Parece que estás negociando la venta de buenos terrenos, Cafferty. ¿Andropov paga y tú haces de intermediario?
– Es todo legal.
– ¿Sabe él tu historia de casero? ¿Pisos atiborrados de gente, sin seguridad contra incendios, cheques del paro robados y cobrados…?
– Se agarra a un clavo ardiendo, ¿no es cierto? Habla como si lo hubiera visto -dijo Cafferty señalando el agua del canal.
– Tienes un piso en Blair Street alquilado a Nancy Sievewright y a Eddie Gentry -«dos inquilinos», pensó mientras lo decía. Muy distinto a los pisos de mala muerte atiborrados de emigrantes-. Nancy es amiga de Sol Goodyear, tan amiga que, en realidad, es él quien le pasa la droga. La misma noche en que dieron una puñalada a Sol en Haymarket, Nancy se tropezó con el cadáver de Todorov en la calle donde vive Sol -añadió Rebus acercando el rostro al del gángster-. ¿Comprendes lo que quiero decir? -espetó entre dientes.
– Pues no.
– Y ahora el consulado quiere hacer desaparecer el cadáver de Todorov.
– Siempre se agarra a un clavo ardiendo, Rebus. Ya he perdido la cuenta.
– No hay ningún clavo, Cafferty, son cadenas, y ¿sabes quién se está enredando en ellas?
– Y dale -replicó Cafferty-. Con esa clase de lenguaje debería ponerse a escribir poesía.
– Sí, claro, el único problema es que para rimar con Cafferty sólo se me ocurren dos palabras: «maldad» e «hijo de puta».
El gángster sonrió, mostrando su costosa dentadura. A continuación lanzó un profundo suspiro y caminó hacia el extremo de puente.
– Yo me crié no lejos de aquí, ¿lo sabía?
– Pensé que era en Craigmillar.
– Pero tenía unos tíos en Gorgie que me cuidaban cuando mi madre trabajaba. Mi padre se largó de casa un mes antes de nacer yo. Usted no se crió en Edimburgo, ¿verdad? -añadió volviéndose hacia Rebus.
– En Fife -contestó él.
– Entonces, no recordará el matadero. A veces se escapaba un toro, sonaba la alarma y a los críos no nos dejaban salir de casa hasta que llegaba el tirador de primera. Recuerdo que una vez yo lo estaba viendo desde la ventana. Era un animal enorme, con el morro pringado de mocos y echando vaho, que corría enloquecido al verse libre de pronto -hizo una pausa-. Hasta que el tirador echó rodilla en tierra, apuntó y le disparó a la cabeza. Las patas se le doblaron y perdió el brillo de los ojos. Durante un tiempo pensé que era yo el último toro en libertad.
– Dices muchas tonterías -replicó Rebus.
– La verdad es que -añadió Cafferty con sonrisa casi entristecida-, ahora se me ocurre pensar que tal vez ese toro es usted, Rebus. Embiste, pega patadas y muge porque no soporta la idea de que yo estoy dentro de la ley.
– Sí, porque es eso, nada más que una «idea» -hizo una pausa y tiró la colilla al agua-. ¿Por qué demonios me has hecho venir aquí, Cafferty?
El gángster se encogió de hombros.
– Ahora no hay tantas oportunidades para nuestras conversaciones a solas. Y cuando Sergei me dijo que nos había seguido… Bueno, tal vez es que buscaba la oportunidad de hablar.
– Me conmueves.
– He oído que han encargado al inspector Starr de la investigación. Ya le están dando de lado, ¿verdad? Bueno, la pensión es sana…
– Y de dinero limpio.
– Ahora a Siobhan le llega su oportunidad.
– Será digna contendiente tuya, Cafferty.
– Ya veremos.
– Con tal de que yo lo vea…
Cafferty centró su atención en la alta tapia de ladrillo que cercaba el solar.
– Ha sido un placer hablar con usted, Rebus. Disfrute en su camino hacia el ocaso.
Rebus no se movió del sitio.
– ¿Te has enterado de ese ruso que han envenenado en Londres? Ten cuidado con quién te la juegas, Cafferty.
– Nadie va a envenenarme, Rebus. Sergei y yo vemos las cosas del mismo modo. Dentro de pocos años Escocia va a ser independiente, de eso no cabe la menor duda. Con treinta años de petróleo en el mar del Norte y Dios sabe cuántos en el Atlántico, en el peor de los casos haremos un trato con Westminster y nos quedaremos con el ochenta o noventa por ciento -argumentó Cafferty encogiéndose ligeramente de hombros-. Y luego nos gastaremos el dinero en nuestros placeres habituales: bebida, drogas y juegos de azar. Montaremos un supercasino en todas las ciudades, y a mirar cómo crecen los beneficios…