La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– Así que ¿abordo al chófer en la calle y comienzo a interrogarle? -dijo ella mirándole-. ¿Quieres que me meta en más líos aún?
El Saab cruzó el semáforo de Regent Road y se dirigió hacia Royal Terrace.
– ¿Hasta qué extremo puedes hacerlo? -inquirió él finalmente.
– No mucho más -respondió ella-. ¿Crees que Bakewell hablará con el jefe de policía?
– Es posible.
– En ese caso, seguramente compartiremos suspensión de servicio.
– ¿A que sería divertido? -replicó él mirándola de reojo.
– Yo creo que tú te estás volviendo loco, John.
Vieron que un coche patrulla les seguía y hacía señales con los faros.
– Dios, ¿ahora qué pasa? -exclamó Rebus, parando poco antes de la siguiente rotonda y bajando del coche.
El conductor se tomó un tiempo ajustándose la gorra que acababa de ponerse. Rebus no le conocía.
– ¿Inspector Rebus? -dijo el agente. Rebus asintió con la cabeza-. Tengo órdenes de llevarle.
– Llevarme, ¿adonde?
– A la comisaría de West End.
– ¿Shug Davidson me da una fiesta?
– Yo no sé nada.
Tal vez no, pero Rebus sí: habían descubierto algo que le incriminaba y se apostaba cualquier cosa a que no era una medalla. Se volvió hacia Clarke, que también se había bajado del coche y ahora apoyaba las manos en el techo. Unos peatones se detuvieron a mirar.
– Llévate el Saab -dijo Rebus-, y entrega el CD a la doctora Colwell.
– ¿Y el chófer?
– Hay cosas que deberás decidir tú sola.
Subió al asiento trasero del coche patrulla.
– Luces y sirena, muchachos -dijo-. No puedo hacer esperar a Shug Davidson.
Pero no era Davidson quien le esperaba en Torphichen Place, sino el inspector Calum Stone, sentado a la única mesa del cuarto de interrogatorios, con el sargento Prosser en un rincón con las manos en los bolsillos.
– Por lo visto tengo un club de admiradores -dijo Rebus sentándose frente a Stone.
– Tengo novedades para usted -replicó Stone-. La sangre del protector para zapatos era de Cafferty.
– Sí, claro; el análisis del ADN tarda más.
– Bien, es del grupo sanguíneo de Cafferty.
– Barrunto algún «pero».
– No hay huellas dactilares precisas -admitió Stone.
– ¿Lo que significa que no pueden demostrar que procede del maletero de mi coche? -dijo Rebus dando una palmada y haciendo gesto de levantarse.
– Siéntese, Rebus.
Rebus se lo pensó un instante y se sentó.
– Cafferty sigue inconsciente -dijo Stone-. No han dictaminado coma, pero sé que lo estará pensando. Los médicos dicen que puede quedar en estado vegetativo. Por lo que, en definitiva, a lo mejor no conseguimos arrebatarle el triunfo, después de todo -añadió con los ojos entrecerrados.
– ¿Sigue creyendo que fui yo?
– Sé perfectamente que fue usted.
– ¿Y yo se lo dije a la sargento Clarke porque necesitaba que le telefoneara para apartarles del lugar de la encerrona?
Rebus vio cómo Stone asentía despacio con la cabeza.
– Utilizó ese accesorio de plástico para no mancharse de sangre -espetó Prosser desde el rincón-. El protector se le voló al canal y no pudo arriesgarse a recuperarlo.
– ¡Otra vez lo mismo! -replicó Rebus.
– Y sin duda volveremos a ello -añadió Stone-. En cuanto hayamos concluido la investigación.
– Estoy deseando que concluya -dijo Rebus poniéndose en pie decidido-. ¿Es todo cuanto quería de mí?
Stone volvió a asentir con la cabeza y aguardó a que Rebus llegara a la puerta para lanzarle otra pregunta.
– Los agentes que le trajeron dicen que en su coche había una mujer… ¿La sargento Clarke?
– Claro que no.
– Mentiroso -comentó Prosser.
– Sigue suspendido de servicio, Rebus -añadió Stone-. ¿Quiere arrastrarla en su caída?
– Es curioso que es lo mismo que ella me dijo hace ni media hora -replicó Rebus abriendo la puerta y largándose de una vez.
La doctora Colwell estaba ante el ordenador cuando llegó Siobhan Clarke. En opinión de Clarke usaba demasiado maquillaje y habría estado mejor sin él. Su pelo era bonito, pese a que sospechaba que era teñido.
– Le he traído el CD del recital del poeta -dijo Clarke poniéndolo en la mesa.
– Muchísimas gracias -dijo Colwell cogiéndolo y mirándolo.
– ¿Sería tan amable de echar una mirada a una cosa?
– Naturalmente.
– Tendré que usar su ordenador… -la profesora le hizo seña de que se sentara y Clarke ocupó su silla mientras Colwell permanecía detrás de ella viendo cómo tecleaba para entrar en la página de la librería Word Power y en la opción de fotografías donde aparecía el café-. ¿Hizo alguna otra foto? -preguntó señalando con la cabeza la pared donde estaba la instantánea de Todorov.
– Eran tan malas que las borré. No se me da muy bien hacer fotos.
Clarke asintió con la cabeza y señaló la pantalla con el dedo.
– ¿Recuerda a este hombre? -preguntó.
Colwell se inclinó para ver mejor el rostro del chófer.
– Sí, estaba allí.
– ¿Y no sabe quién es?
– ¿Debería saberlo?
– ¿Habló Todorov con él?
– No sabría decirle. ¿Quién es?
– Un ruso… trabaja en el consulado.
– ¿Sabe qué? -dijo Colwell escrutando el rostro-. Creo que también le vi en la Biblioteca de Poesía.
– ¿Está segura? -inquirió Clarke volviendo la cabeza.
– Él y otro hombre… No, no estoy segura -añadió negando con la cabeza.
– Piénselo bien -dijo Clarke. Colwell se apartó el flequillo con las dos manos mientras reflexionaba.
– No estoy segura -dijo al cabo de una pausa, dejando caer de nuevo el pelo sobre su frente-. Tal vez esté confundiendo un recital con otro… ¿me entiende?
– ¿Se imagina que vio a ese hombre en uno de ellos porque lo vio en el otro?
– Exactamente. ¿Tiene más fotos de él?
– No.
Clarke comenzó a teclear otra vez y escribió el nombre de Nikolai Stahov en el buscador. Al no obtener resultado, hizo la descripción física del agente consular para Colwell.
– No me suena -dijo la profesora, disculpándose.
Clarke volvió a probar, esta vez con el nombre de Andropov. Colwell volvió a encogerse de hombros, y ella entró en la página del Evening News, retrocediendo fechas hasta encontrar el artículo sobre los rusos y su fastuosa cena y señalar con el dedo la foto de la pantalla.
– No me resulta desconocido -dijo Colwell.
– ¿De la Biblioteca de Poesía?
La doctora se encogió de hombros y lanzó un prolongado suspiro. Clarke le dijo que no se apurara y llamó a la Biblioteca con el móvil.
– ¿Señorita Thomas? -preguntó cuando respondieron a la llamada.
– Hoy no está -contestó otra voz de mujer-. ¿En qué puedo servirle?
– Soy la sargento Clarke de la policía. Estoy investigando el homicidio de Alexander Todorov y quería hacerle a ella una pregunta.
– Hoy está en casa… ¿Quiere su número?
Clarke anotó el número y a continuación hizo la llamada. Preguntó a Abigail Thomas si tenía acceso a Internet y la instruyó sobre los enlaces de Word Power y el periódico.
– Hum, sí -dijo finalmente Thomas-. Creo que estaban los dos. Sentados delante, en la segunda fila, creo.
– ¿Está segura?
– Casi segura.
– Una comprobación, señorita Thomas. ¿No se hicieron fotos esa noche?
– Supongo que alguien pudo hacerlas con el móvil.
– ¿No tienen videovigilancia en el establecimiento?