La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– ¿Tú te lo crees, Andy? -Prosser negó con la cabeza y Stone se volvió hacia Rebus-. Andy no se lo cree y yo tampoco. Quería a Cafferty para usted solo y no soportaba la idea de que nosotros le pescáramos. Se le echa encima la jubilación y está desesperado. Fue a hablar con él, sucedió algo y se le fue la mano. A continuación queda inconsciente y usted se encuentra metido en un lío.
– Sólo que no ocurrió eso.
– ¿Y qué es lo que ocurrió?
– Hablamos y nos separamos, volví a casa y no salí.
– ¿Tan urgente era el asunto que tenía que verle?
– No mucho, la verdad.
Prosser lanzó un leve resoplido de incredulidad, mientras Stone contenía la risa.
– Rebus, ¿sabe que ese canal, en lo que a usted respecta, no es un canal?
– ¿Qué, si no?
– Un arroyo de mierda -replicó Stone sonriente.
Rebus se volvió hacia Clarke.
– Y dicen que el vodevil ha muerto -comentó.
– No ha muerto -añadió ella, como si él lo hubiera esperado-. Pero huele chungo.
Stone dirigió un dedo hacia ella.
– ¡No se piense que a usted no le salpica, sargento Clarke!
– Ya le he dicho que toda la responsabilidad es mía -le interrumpió Rebus.
– Habrase visto -dijo Stone entre dientes-. Lo que menos debía hacer en este momento es tratar de darle una coartada a su novia.
– Yo no soy su novia -replicó Clarke ruborizada.
– Pues será su boba, que es casi peor.
– Stone -refunfuñó Rebus-, le juro por Dios que voy a… -sin concluir la frase comenzó a apretar los puños.
– Lo único que va a hacer, Rebus, es una declaración y rogar al cielo que haya un abogado lo bastante desesperado para encargarse de su defensa.
– Calum -terció Prosser, previniendo a su colega-, ese cabrón va a sacudirte un puñetazo…
Prosser avanzó dispuesto a propinarlo él antes, pero los cuatro se quedaron inmóviles al ver que se abrían las puertas batientes y una enfermera les miraba aturdida. Rebus habría deseado que permaneciera muda, pero ella, dirigiéndose a él, dijo:
– Señor Cafferty, si ha terminado de hablar, puede pasar ahora a ver a su hermano.
OCTAVO DÍA
Viernes, 24 de noviembre de 2006
Capítulo 35
El insistente zumbido del portero automático despertó a Rebus por la mañana. Se dio la vuelta en la cama y miró el reloj: aún no eran las siete, todavía era de noche y faltaban unos minutos para que el automático conectara la calefacción central. Hacía frío en la habitación y el suelo del pasillo absorbía el calor de la planta de sus pies en el camino hacia el intercomunicador junto a la puerta.
– Que no sea algo malo -graznó.
– Depende de tu punto de vista -Rebus reconoció la voz pero no acababa de saber a quién pertenecía-. Vamos, John; soy Shug Davidson.
– Te levantas con la alondra, Shug.
– No me he acostado.
– Es muy temprano para hacer visitas.
– ¿Verdad? Bueno, ¿me abres o qué?
El dedo de Rebus permanecía indeciso sobre el botón del intercomunicador. Sabía que si lo apretaba todo su mundo comenzaría a cambiar, y probablemente para peor. Pero ¿qué alternativa había?
Pulsó el botón.
El inspector Shug Davidson era un buen chico. En el Cuerpo existía el convencimiento de que el género humano se dividía en dos grupos bien diferenciados: los buenos y los malos chicos. Era concienzudo y pragmático, humano y simpático; pero aquella mañana la expresión de su rostro era seria, lo que sólo en parte podía atribuirse a falta de sueño. Le acompañaba un agente de uniforme.
Rebus había dejado la puerta abierta al retirarse al dormitorio para ponerse algo, y desde allí dijo a voces a Davidson que se preparara té si le apetecía. Pero Davidson y el agente uniformado se contentaron con aguardar en el pasillo, y Rebus tuvo que pasar rozándolos camino del cuarto de baño. Se cepilló los dientes con más minuciosidad que de costumbre, se miró en el espejo y siguió contemplándose mientras se secaba la boca. Cruzó el pasillo diciendo «zapatos» y se dirigió al cuarto de estar donde los localizó junto al sillón.
– ¿Debo entender -dijo mientras se hacía las lazadas de los cordones-, que la comisaría del West End requiere mis dotes de policía?
– Stone nos ha contado lo de tu cita con Cafferty -dijo Davidson-. Y Siobhan mencionó lo de la colilla. Pero no es lo único que se ha recogido en el canal…
– ¿Ah, no?
– Encontramos un protector de plástico para zapatos, John. Y parece que tiene restos de sangre.
– ¿De esos que se ponen los de la Científica?
– Sí de los que utiliza la Científica; pero también nosotros.
Rebus asintió despacio con la cabeza.
– Yo llevo algunos en el maletero del Saab -dijo.
– Yo los llevo en la guantera del Volkswagen.
– Es donde deben llevarse, pensándolo bien -finalmente Rebus quedó satisfecho de las lazadas, se puso en pie y miró a Davidson a la cara-. ¿Soy sospechoso, Shug?
– Con un interrogatorio nos quedaremos todos tranquilos.
– Encantado de colaborar, inspector Davidson.
Había alguna cosa más que hacer antes de marcharse: encontrar las llaves y el móvil y coger un abrigo. Ya estaba. Rebus cerró la puerta con llave y siguió a Davidson escaleras abajo con el agente uniformado a la zaga.
– ¿Te has enterado de lo de ese pobre desgraciado en Londres?
– ¿Litvinenko?
– Acaba de morir. Han descartado el talio, o lo que sea…
Los dos policías se acomodaron en el asiento trasero del Passat y el agente de uniforme se sentó al volante. De Marchmont a Torphichen Place se tardaba diez minutos. En Melville Drive no había casi tráfico porque aún no era la hora punta. En los Meadows vieron a corredores haciendo ejercicio y los faros del coche iluminaron las tiras reflectantes de sus zapatillas. Esperaron en el cruce del Tollcross a que cambiara el semáforo, entraron por una calle de dirección única hacia Fountainbridge y enseguida pasaron ante la vinatería especializada y la dársena. Era allí donde Rebus había esperado a que salieran Cafferty y Andropov la noche que los siguió hasta Granton. Trataba de recordar si en el canal había videovigilancia; pero se imaginaba que no, aunque quizás habría cámaras fuera del local de vinos; que él no las hubiera advertido no significaba que no existieran. No era probable que le hubieran visto rondar por allí, pero nunca se sabe. No pasaba mucha gente de noche por el puente levadizo de Leamington, pero algún peatón lo cruzaba. Borrachos con su botella y gente joven que iban de un lado a otro buscando marcha. ¿Habría visto alguien algo? ¿A alguien alejándose a la carrera? Los pisos de Leamington Road donde él había aparcado el coche la primera noche… si un vecino había mirado por la ventana en el momento preciso…
– Creo que estoy incriminado, Shug -dijo Rebus cuando el coche hizo un giro cerrado a la derecha en la rotonda hacia Gardner’s Crescent y puso a continuación el intermitente en el siguiente semáforo para tomar por Morrison Street. Circulaban por la zona de calles de dirección única y tendrían que girar dos veces más a la derecha para llegar a la sede de la división C.
– Muchos deben de pensar -dijo Davidson-, que quien golpeó a Cafferty merece una medalla -hizo una pausa mirando a Rebus-. Para que lo sepas, yo no me cuento entre ellos.
– Yo no fui, Shug.
– Entones, no tienes por qué preocuparte, ¿no? Somos policías, John, y sabemos que el inocente siempre queda libre.
A continuación guardaron silencio hasta que el coche patrulla se detuvo ante la comisaría. No había periodistas, y Rebus dio gracias al cielo; pero al entrar vio en el vestíbulo a Derek Starr hablando en voz baja con Calum Stone.
– Hace buen día para un linchamiento -les dijo Rebus y, como Davidson no se detuvo, él le siguió.