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La música del Adiós

Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:

Otoño, Edimburgo, hacia el final de la carrera del inspector John Rebus, que intenta cerrar alguno de los casos pendientes antes de jubilarse, cuando aparece muerto joven poeta ruso, al parecer a causa de un atraco que ha salido mal. Como por casualidad, una delegación comercial rusa que intenta de hacer negocios en Escocia visita la ciudad, y políticos y banqueros se muestran decididos a que el caso sea rápidamente cerrado y sin ambigüedades. Pero cuanto más indagan Rebus y su colega, la sargento Siobhan Clarke, más convencidos están de que no se trata de una simple agresión; más aún al producirse un segundo y repugnante homicidio.
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
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– ¿La sargento Clarke? -dijo Jim Bakewell estrechando la mano de Siobhan, al tiempo que ella le preguntaba si quería tomar algo-. Podíamos ir con su café a mi despacho -fue su respuesta.

– Sí, pero ya que estamos aquí…

Bakewell lanzó un suspiro y se sentó, ajustándose las gafas. Llevaba un traje de tweed y una corbata que también parecía de tweed con camisa a cuadros.

– Seré breve, señor -dijo Clarke-. Quiero hacerle un par de preguntas sobre Alexander Todorov.

– Ha sido una muerte lamentable -comentó Bakewell mientras se estiraba la raya del pantalón.

– ¿Estuvo usted con él en el programa Question Time?

– Correcto.

– ¿Puede decirme qué impresión general le causó?

Bakewell tenía unos ojos azul lechoso. Antes de contestar, saludó con la cabeza a un adulador que pasó a su lado.

– Yo llegué tarde por culpa del tráfico y apenas tuve tiempo de darle la mano antes de que nos recibieran. Él no quiso que le maquillasen, eso sí que lo recuerdo -dijo quitándose las gafas y poniéndose a limpiarlas con el pañuelo-. Me pareció muy brusco con todo el mundo, pero ante las cámaras se comportó bien.

Volvió a ponerse las gafas y guardó el pañuelo en un bolsillo del pantalón.

– ¿Y después? -preguntó Clarke.

– Si no recuerdo mal se largó. Allí no se queda nadie hablando con los demás.

– ¿Por no confraternizar con el enemigo? -aventuró Clarke.

– Sí, algo parecido.

– ¿Es así como considera a Megan MacFarlane?

– Megan es encantadora…

– ¿Pero no van de visita uno a casa del otro?

– Realmente, no -respondió Bakewell con una tenue sonrisa.

– La señorita MacFarlane cree que el SNP ganará las elecciones en mayo.

– Eso es absurdo.

– ¿No cree usted que Escocia quiere darle a Tony Blair un rapapolvo por lo de Irak?

– No existen deseos de independencia -respondió Bakewell bruscamente.

– ¿Ni deseos de Trident?

– Los laboristas ganarán en mayo, sargento. No pierda el sueño por nosotros.

Clarke reflexionó un instante.

– ¿Y qué me dice de la última vez que le vio?

– No sé si la entiendo.

– La noche en que asesinaron al señor Todorov, él estuvo tomando una copa en el hotel Caledonian, y usted también estuvo allí, señor Bakewell.

– ¿Ah, sí? -replicó Bakewell frunciendo el ceño como tratando de recordar.

– Estuvo sentado en uno de los compartimentos con un industrial llamado Sergei Andropov.

– ¿Fue esa misma noche? -preguntó, aguardando a que Clarke asintiera con la cabeza-. Bien, la creo.

– El señor Andropov y el señor Todorov se conocían de niños.

– No lo sabía.

– ¿No vio a Todorov en la barra?

– No.

– Le invitó a una copa un gángster de Edimburgo llamado Morris Gerald Cafferty.

– El señor Cafferty vino a nuestra mesa, pero él solo.

– ¿Le conocía de antes?

– No.

– ¿Pero sabía de su reputación?

– Sabía que era… bueno, «gángster» tal vez sea mucho decir, sargento. Ahora se ha rehabilitado -el político hizo una pausa-. A menos que tengan pruebas de lo contrario.

– ¿De qué hablaron ustedes tres?

– De negocios… del ambiente comercial -contestó Bakewell encogiéndose de hombros-. De nada apasionante.

– ¿Y cuando Cafferty se sentó a su mesa, no mencionó a Alexander Todorov?

– No, que yo recuerde.

– ¿A qué hora se fue usted del bar, señor?

Bakewell infló los carrillos y expulsó aire esforzándose por recordar.

– A las once y cuarto… más o menos.

– ¿Andropov y Cafferty se quedaron allí?

– Sí.

Clarke hizo una pausa, pensando.

– ¿Le pareció que Cafferty conocía bien al señor Andropov?

– No sabría decirle.

– ¿Pero no era la primera vez que se veían?

– La empresa del señor Cafferty actúa en representación del señor Andropov en algunos proyectos de desarrollo.

– ¿Por qué eligió a Cafferty?

Bakewell rió irritado.

– Pregúnteselo a él.

– Le estoy preguntando a usted, señor.

– Me da la impresión de que está dando palos de ciego, sargento, y no con mucha sutileza. Como ministro de Fomento mi trabajo me obliga a hablar de las posibilidades de desarrollo con hombres de negocios de cierto calibre.

– ¿Por lo que iría acompañado de sus asesores? -Clarke observó cómo Bakewell trataba de encontrar una respuesta-. Si acudió allí de manera oficial -insistió-, supongo que iría con su equipo de asesores.

– Era una reunión oficiosa -espetó el político.

– ¿Es eso algo generalizado, señor, en su línea de trabajo?

Bakewell estaba a punto de protestar, o de largarse; ya tenía las manos apoyadas en las rodillas, dispuesto a ponerse en pie, pero se acercó una mujer que se dirigió a él.

– Jim, ¿dónde te has metido? -dijo Megan MacFarlane, volviéndose hacia Clarke-. Ah, es usted.

– Me está interrogando sobre Alexander Todorov y Sergei Andropov -dijo Bakewell.

MacFarlane miró enfurecida a Clarke como dispuesta al ataque, pero ella no le dio la oportunidad.

– Me alegro de verla, señorita MacFarlane -dijo-. Quería preguntarle algo sobre Charles Riordan.

– ¿Quién?

– El que hizo unas grabaciones con su comité para una instalación.

– ¿Se refiere al proyecto de Roddy Denholm? -preguntó MacFarlane con interés-. ¿Qué quiere saber?

– El señor Riordan era amigo de Alexander Todorov y ahora los dos están muertos.

Pero el intento de Clarke por distraer la atención de MacFarlane no sirvió de nada, y vio que la diputada apuntaba con un dedo hacia Rebus.

– ¿Qué hace éste acechando aquí? -inquirió.

Bakewell se volvió hacia Rebus, pero no sabía quién era.

– Yo no le conozco -dijo.

– Es su jefe -dijo MacFarlane-. Jim, me da la impresión de que esta conversación privada no lo es tanto.

Bakewell cambió su expresión de sorpresa por la de cólera.

– ¿Es cierto? -preguntó a Clarke, pero fue MacFarlane quien tomó de nuevo la palabra con verdadera fruición.

– Además, creo que está suspendido de servicio hasta la jubilación -comentó.

– ¿Y cómo se ha enterado, señorita MacFarlane? -preguntó Rebus.

– Tuve ayer una entrevista con su jefe de policía y mencionó su nombre. A Corbyn no le va a gustar mucho esto -añadió con una especie de chasquido de la lengua.

– Esto es intolerable -farfulló Bakewell, poniéndose en pie.

– Yo tengo el número de James Corbyn si te hace falta -dijo MacFarlane a su colega parlamentario tendiéndole el móvil. Su ayudante, Roddy Liddle, apareció a su lado cargado con archivadores y carpetas.

– ¡Intolerable! -repitió Bakewell, haciendo que algunas cabezas se volvieran.

Dos guardianes de seguridad mostraron cierto interés.

– ¿Nos vamos? -dijo Clarke a Rebus.

Aún le quedaba algo de café, pero pensó que la cortesía le obligaba a acompañarla en su digna retirada hacia la salida.

Capítulo 38

– ¿Adonde vamos ahora? -preguntó Rebus mientras la llevaba a Gayfield Square.

– A hablar con el chófer de Stahov, supongo.

– ¿Crees que el consulado accederá?

– ¿Se te ocurre algo mejor?

Él se encogió de hombros.

– Quizá sea más fácil abordarle en la calle.

– ¿Y si no habla inglés?

– Creo que sí lo habla -respondió Rebus recordando los coches aparcados junto al canal y al guardaespaldas de Cafferty charlando con el chófer de Andropov-. Y si no lo habla, tú y yo conocemos a una traductora -añadió señalando hacia el asiento trasero donde estaba el CD-. Y me debe un favor.

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