El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– Eres impaciente, Selene. Luego…, ya se verá.
– ¿Qué se verá?
– Se verá quién la cría, quién la educa y cómo, bajo qué preceptos aprende a asumir su importante papel.
Por una parte me tranquilicé, la dama de hielo estaba en lo cierto y ella había salido triunfante de su propósito: Diana era sangre de su sangre y era la garantía para perpetuar su vida, su ascendente y su poder. Le convenía mantener con vida a Diana. Hasta aquí nuestros intereses eran los mismos. Coyunturalmente era mi aliada.
Ahora bien, yo era una Omar y ella era una Odish y ése era un abismo insalvable.
– Pero tengo un problema, Selene. Lo tenemos las dos.
Me sorprendió que reconociese alguna flaqueza. ¿Otra treta para conmoverme?
– ¿Cuál?
– Baalat me debilita. Uso mi magia constantemente para defender a Diana, pero eso no puede perpetuarse eternamente.
Sentí un escalofrío. La comprendía. Yo no podría soportar el ataque continuo y destructivo de Baalat.
– ¿Hay alguna forma de destruir definitivamente a Baalat? -pregunté.
La dama de hielo suspiró.
– Sí, pero en las circunstancias actuales no puedo asumirla.
Me picó la curiosidad.
– ¿Cuál es?
– Descender al territorio de los muertos y suplicar a los espíritus que intercedan para impedir su nigromancia.
– ¿Los espíritus?
– Los espíritus están indignados, o deberían estarlo. Baalat ha traicionado su principio según el cual los muertos no retornan al mundo de los vivos.
Me temblaron las piernas tan sólo de imaginar el mundo de los muertos.
– ¿Y por qué no lo has hecho? Tú puedes recorrer el camino de los muertos.
– Eso supone abandonar momentáneamente la protección de Diana.
Comprendí vagamente su insinuación.
– ¿Me estás diciendo que, si desapareces aunque sea un minuto, Baalat aprovechará esa ocasión para destruir a Diana?
La dama de hielo sonrió.
– Efectivamente. Me has comprendido. En tres ocasiones he bajado la guardia y ya has visto cuál ha sido su rapidez.
Me estremecí. Las exhibiciones de fuerza de que había hecho gala la dama de hielo no eran ninguna bravuconería. Eran ejemplos de lo que sucedía si dejaba de velar por mí. Baalat detectaba su ausencia y asumía la primera forma material que sirviese a su propósito destructor. Ya no estaba preocupada por su sutileza. Era simple y le interesaba su eficacia. Quería matar a Diana.
– ¿Puedo yo luchar contra Baalat?
– Ya lo he probado.
Me sentí utilizada vilmente. Había sido un pelele en sus manos, una vez más.
– ¿Así que has permitido su transformación en beluga, en inuit muerta y en lobo para probar mis reflejos y mis aptitudes para la lucha?
– Sí.
Su respuesta firme, clara y sucinta me dejó sin argumentos.
– ¿Y…?
– Te queda mucho por aprender.
Se trataba de defender la vida de mi hija. No podía depender siempre del poder de otra Odish, necesitaba ser yo misma quien la protegiese.
– Aprenderé.
– Me gusta eso. Eres tozuda y valiente. Lo probaremos.
Y así fue cómo una Odish me enseñó a luchar contra otra Odish. Y sus enseñanzas me fueron tan útiles que más tarde me permitirían resistir la dura prueba de mi encierro entre las Odish. Aprendí a salvaguardarme de la inspección de sus garras hurgando en mi interior. Aprendí a resistir su mirada. Aprendí a blandir el ulú con más rapidez y a herir en sus partes vulnerables, y aprendí a conjurar hechizos de lucha que ralentizaban los movimientos de la contraria y activaban mi eficacia.
Sin embargo, a pesar de mi juventud, mi fuerza y mi dureza, perdí el combate que libré contra Baalat convertida en osa y a punto estuve de perder la vida, que salvé gracias a la oportuna intervención de la dama de hielo.
– Lo siento.
Fue lo único que pude pronunciar cuando, exhausta y con la pierna herida por un zarpazo, reconocí que no había sido suficientemente rápida para paralizar a la osa. Y una vez más sobrevivía gracias a la dama blanca que la había aprisionado en un bloque de hielo conjurado por su poder.
La dama estaba más pálida que habitualmente.
– Yo no puedo defenderla eternamente. Siento mi debilidad. He permanecido recluida en los hielos muchos siglos. Sólo rompí mi aislamiento con el nacimiento de Gunnar y durante su infancia.
– ¿Qué propones?
– La única alternativa es descender al mundo de los muertos, convocar su poder y prohibir a Baalat su resurrección.
Una idea comenzó a rondarme.
– ¿Los muertos son realmente los únicos que tienen la potestad de impedirle regresar?
– Sí, su fuerza es inmensa. Los vivos la subestimamos. Cualquiera que haya descendido a las profundidades lo sabe.
Las piernas me flaqueaban. La dama de hielo hablaba del Camino de Om, el camino que conduce a las sombras de los que ya no están, el camino que lleva a las oquedades del tiempo y el espacio, allí donde la materia no existe, los cuerpos se han diluido en la nada y reinan las sombras. El mundo de la oscuridad.
– Yo iré.
La dama de hielo no esperaba mi ofrecimiento, probablemente ni siquiera había barajado esa posibilidad.
– ¿Tú?
– Sí, yo. Voy a defender a mi hija. Soy su madre y eso me dará fuerzas.
– No, Selene, ninguna Omar ha descendido nunca hasta las profundidades.
– Pues yo seré la primera.
Y aunque lo decía, no quería pensar en ello. Simplemente era la única posibilidad de salvar a Diana.
La dama estaba atónita.
– ¿Me confiarás a tu hija mientras tanto?
No dudé. Era la única persona que tenía el poder de protegerla. Cogí a la pequeña Diana dormida y la deposité en los brazos de su abuela.
La contempló con arrobo, dulcificó su mirada y en su rostro se perfiló un gesto de piedad. La meció suavemente y entonó una cancioncilla en sus oídos.
¿Qué estaba haciendo? ¿Había entregado mi hija a las Odish? ¿Me había vuelto loca?
No. La locura existía, pero pululaba fuera de esa sala. La locura vivía en la oscuridad desde la que Baalat acechaba a su tierna presa.
Hasta que yo no conjurase el poder de los muertos contra la dama oscura, mi niña, mi pequeña, estaría amenazada de muerte.
Amamanté a Diana antes de marchar. Acepté los manjares que la dama de hielo me ofreció, bebí del néctar de su copa y escuché sus consejos para sobrevivir al horror de la muerte y regresar con los vivos.
Si fracasaba, si no regresaba, mi hija sería una Odish que destruiría a las Omar.
Por ese motivo tenía que volver sana y salva del Camino de Om.
Antes de penetrar en la oquedad de los mundos, pregunté a la dama de hielo.
– ¿Cuál es tu nombre?
Me sonrió.
– Cristine, llámame Cristine.
Y con la voz rota por el llanto, sólo pude decir:
– Cuídala, Cristine, cuídala mucho.
Y me hundí en las profundidades del horror sin más ayuda que mi ulú.
17
Sobre el Camino de Om y las turbias experiencias que allí viví hasta llegar al mundo de los muertos no me quedan casi recuerdos. Los borré para poder sobrevivir. Y si me queda alguno, prefiero no hablar de él. Es probable que mi memoria lo haya transformado y seria mentiroso. Y seguramente, en mi deseo por olvidarlo, lo haya confundido con sagas, leyendas y mitos que relatan más poéticamente el viaje que recorrí.
Porque hasta para las brujas Omar, mortales al fin y al cabo, nuestra capacidad de comprensión de determinados fenómenos se acaba allá donde termina nuestro mundo, el mundo de los vivos. Una vez que se inicia el camino hacia el mundo de los muertos, todo resulta absurdo e inaprensible.
Si no podemos aceptar que el fuego y su poder para quemar nazca de las aguas, no podremos abrir nuestros sentidos para ver y comprender a los que ya no existen.