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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Salí al exterior bien abrigada y solté a Narvik, el asesino. No lo quería en mi trineo, no quería llevármelo conmigo y lo azucé para que escapase. Luego, con mucha paciencia y dejando muy claro que yo era la autoridad, trajiné para preparar el trineo y colocar a los perros en el tiro. No era fácil. Intentaban agredirme, pero les enseñaba el látigo y les increpaba con ladridos autoritarios que los dejaban tan sorprendidos que acabaron por obedecerme. Cargué el trineo con provisiones, ropa y medicinas, y reservé el liderazgo del tiro para Lea.

Por último me encerré en la cabaña con el perrillo y aguardé pacientemente el regreso de Lea. Sabía que volvería. Lo sabía.

Y esperé una hora, dos, tres. Me adormecí hasta que me despertaron los ladridos de los perros. Alguien se acercaba. Escuché con atención. No reconocía a Lea, ni oía el gruñido de la osa. Me angustié. Tuve una contracción súbita, un palpito de que las cosas podían empeorar, y mientras contenía el incipiente dolor respirando pausadamente y con las manos en mi enorme vientre, se abrió la puerta con brusquedad.

Era Gunnar.

Su semblante era sombrío. En su mano llevaba el rifle, estaba humeante y caliente. Sudé de miedo. ¿Había matado a la osa? Gunnar dio un paso en mi dirección y me señaló con su dedo.

– ¿Adónde te crees que vas?

No contesté porque me quedé embobada contemplando su dedo índice, el que me señalaba y me acusaba. Estaba ornamentado con la sortija de esmeraldas. Lo lucía él y, en cambio, no había ningún espíritu solícito sirviéndolo. Eso significaba que su poder era limitado, que su capacidad de convocar a Aruk no era la misma que tenía yo o su propia madre.

Me envalentoné a pesar de mi situación desesperada. Probaría algún recurso.

– Iba a buscarte, Gunnar. ¡Estoy de parto, necesito ayuda!

Lo desconcerté.

– ¿Y la perra Lucy? ¿Por qué no la soltaste?

– Solté a Narvik. Lucy no se movía del campamento, estaba asustada por lo que había pasado…

– ¿Qué ha pasado?

– Narvik devoró a los cachorros de Lea. Éste es el único superviviente.

Y Gunnar reparó en el pequeñín que daba muestras de inquietud. Hacía más de tres horas que su madre había desaparecido y necesitaba su ración de leche.

– ¿Y Lea?

– Quedó malherida, huyó.

Gunnar no tragó.

– ¿Y dejó aquí a su cachorro?

Ya era demasiado tarde para rectificar. Podría haber dicho que había muerto, pero asentí, y Gunnar no me creyó. ¡Tonta de mí! Sabía como Gunnar que Lea no abandonaría a su cachorro vivo.

– ¡Me engañas! ¿Dónde ibas? -y me sujetó una muñeca.

Tragué saliva. Gunnar era fuerte, poderoso, tenía músculos de acero y, si quería, podía retorcerme los brazos y hacerme crujir los huesos con un simple gesto.

– A buscarte -dije sin convencimiento.

– ¡Mentira! -gruñó Gunnar rabioso.

– Me haces daño -musité.

– Tú también me haces daño, Selene, mucho daño.

Su tono de voz y el dramatismo que imprimía a su dureza me asustaron más que su fuerza.

– Por favor, déjame -supliqué.

Y el miedo empezó a invadirme como un cosquilleo. El miedo a su falta de compasión, el miedo a su maldad, el miedo a sus turbias maquinaciones y a su supuesta afición por la sangre, como el sangriento hocico de Narvik.

Gunnar movió su cabeza con aflicción.

– No puedo dejarte, Selene, ya no, no te dejaré. Si te escapas, lo estropearás todo.

– Soy tu prisionera -exploté, y como siempre me arrepentí enseguida de haberlo dicho.

Se encolerizó.

– ¡Estúpida! No eres mi prisionera. Mientras estés conmigo, estarás segura, soy tu única baza, Selene. ¿No te das cuenta?

Quise llorar, pero me di cuenta de que el miedo también impedía las lágrimas. Estaba paralizada.

– Déjame marchar.

Gunnar me retorció un poco más la muñeca.

– Me he portado bien contigo, Selene, te he cuidado, te he protegido, ¿y me lo pagas así? Eres una desagradecida.

Había algo extraño en su voz, un lamento, un sufrimiento que yo no podía ni quería asumir.

– Yo te quiero, Selene, más de lo que imaginas.

Intenté no contribuir a su violencia, intenté tranquilizarlo.

– Yo también te quiero, Gunnar, te quiero.

Pero no soltó mi muñeca.

– No es verdad, me mientes, no sabes lo que es querer. No tienes ni idea. Eres egoísta, inmediata y caprichosa. Sólo piensas en ti.

– Lo siento.

– Yo también, porque a lo mejor ya no tengo tiempo de enseñártelo.

El miedo me surgió a borbotones, me atenazó las piernas y agudizó mi vista. Clavé mis ojos en su anillo. Si pudiese alcanzarlo. Todo era tan sencillo y complicado a la vez… Tenía el anillo allí, a la vista, a Lea buscando a la osa, a Gunnar, amenazante ante mí. Tenía que conseguir el anillo. Y extendí mi mano para atrapar la suya, la que sujetaba mi muñeca. Toqué el anillo, lo froté con fuerza y determinación, y Gunnar me soltó…, porque en ese mismo instante la puerta se abrió violentamente.

La enorme osa se alzó sobre sus patas traseras mostrando todo su poderío y, sin mediar palabra, se abalanzó sobre el sorprendido Gunnar.

Reaccioné antes de que acabara con él. Le pedí que se detuviera cuando estaba a punto de partirle la espalda. Gunnar, inconsciente, estaba malherido por los zarpazos y tenía fracturados los brazos y algunas costillas. Pero no podía curarlo, no podía compadecerme, no podía hacer más de lo que hice: salvarle la vida.

Hurté la sortija de su dedo y la dejé resbalar en mi índice mientras ataba a Lea al trineo, envolvía al cachorrillo en una manta y azuzaba al tiro para que se pusiera en marcha tras la osa que guiaba la extraña expedición. Aruk, el leal inuit, viajaba junto a mí.

– ¿Me protegerás, Aruk?

El espíritu estaba confundido.

– Me dejas admirado, tienes mucho coraje.

– El coraje no me servirá de nada si la dama de hielo me caza. No tengo mi vara ni mi atame y el parto debilitará mis fuerzas.

Aruk sonrió.

– Me tienes a mí.

– ¿Qué puedes hacer?

Aruk miró atrás y comprobó las huellas que nuestro trineo dejaba tras de sí.

– Necesitas invisibilidad para tener a tu hija y protegerla. Velaré por vuestra invisibilidad.

Y tras nuestras huellas la niebla espesa cubrió la nieve y fundió nuestro rastro. El trineo, los perros y yo penetramos en un territorio mágico y viajamos durante días y noches tras la incansable osa. Nos deteníamos a comer y a reponer fuerzas y yo llegué a olvidar hasta mi embarazo.

Diana se encargó de recordármelo.

* * *

Selene se detuvo y se llevó la mano al pecho sin quitar los ojos de Anaíd. Durante el tiempo que duró su relato, la inquietud la había ido atenazando. La corazonada que acababa de sentir le confirmaba que el peligro se había ido aproximando. Estaban rodeadas.

– Tenemos que hacer algo. ¿Lo sientes, verdad?

Anaíd apenas podía hablar. Sentía, lo mismo que su madre, una amenaza incierta.

Selene abrió con cuidado su bolso y entregó una cajita a Anaíd.

– Esperaba regalártela al final de esta historia, pero será mejor que la estrenes ya.

Anaíd, asombrada, sacó la sortija de esmeraldas.

– ¡Es la sortija mágica! -exclamó.

Selene miró hacia la puerta. Suspiró y confió en su intuición.

– Tienes que pedir ayuda a los espíritus. Son los únicos que pueden ayudarnos.

– ¿Por qué yo?

– Es tuya. Es tu sortija. Eres la única que puede usarla.

– ¿Tú no?

– Ya no. Enseguida lo comprenderás.

– ¿Y qué quieres que haga?

– En cuanto te pongas la sortija, aparecerá un espíritu protector dispuesto a servirte. Tal vez crea que eres una Odish. No le desmientas. Actúa con arrogancia y ordena que nos proteja.

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