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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Para Aruk, un espíritu que puede sugerir ideas en el oído de los vivos y comunicarse con los muertos, fue fácil hacer creer a Gunnar que la osa me había devorado en su guarida, junto con su cachorro. Ésa había sido su treta ingeniosa. Y ahora Gunnar perseguía a Camilla, a la gran osa madre.

¿Para vengar mi muerte? En absoluto. Lo hacía por amor propio y para no reconocer su fracaso. Él se había propuesto velar por la niña y por mí hasta que su madre se apropiara de nuestras vidas. Y había fallado. No, Gunnar no quería la piel de la osa para hacerle pagar mi muerte. Él odiaba a la osa blanca de mucho antes. Los dos se odiaban y yo no había nacido todavía cuando tuvieron su último encuentro.

Sarmik, rauda, estaba empaquetando mis cosas. Los inuits cazadores eran ligeros y silenciosos. Levantaban su campamento en un abrir y cerrar de ojos y recorrían grandes distancias en pos de sus fresas. Si quería huir de Gunnar, tenía que comportarme como una cazadora inuit.

Recogí a Diana, pero Sarmik la retuvo.

– No, déjala con nosotros, la cuidaremos. Aquí estará protegida.

– La reconocerá.

– Teñiré su pelo de negro.

– Necesita mi leche.

– Mi hija Kaalat tiene leche, está amamantando a su niña.

Reconocía que la idea de la vieja Sarmik era razonable. Diana era muy pequeña y con ella la huida se ralentizaba, pero si la dejaba atrás nada tendría sentido. Y temía que, a pesar de la treta, Gunnar intuyese su presencia y que sus ojos azules la delatasen. Era su padre, era un brujo.

– No puedo dejarla.

Y la vieja Sarmik me comprendió. Puso a la pequeña Diana en mis brazos y me señaló el Norte.

– La dama de hielo acecha. Vio el cometa y sabe que Diana ha nacido. Te espera para arrebatártela.

– ¿Cómo lo sabes?

La vieja Sarmik sonrió con una sonrisa desdentada.

– Lo sé porque he detenido su llamada. Te he protegido. Has estado bajo mi protección y la de la osa.

Me sentí como un ratón atrapado por dos gatos.

– ¿Hacia dónde voy entonces? ¿Dónde puedo ir?

– Hacia el sur. No esperaremos al coven. Kaalat te acompañará.

Me negué. No quería poner la vida de nadie en peligro y mucho menos la de una joven Omar con un bebé.

– No puedo aceptar. No quiero que Kaalat se arriesgue.

Pero Sarmik se irguió como una leona herida.

– Kaalat daría su vida y la de su hija por la elegida de la profecía. Ella es lo más importante, ella nos salvará por siempre jamás de la dama de hielo. Kaalat se siente orgullosa de entrar en la profecía y proteger a la elegida.

Callé. Rechazar una ayuda tan sincera era tan ofensivo como rechazar su hospitalidad, algo incomprensible para un occidental, pero una cuestión de principios para una inuit.

Cargamos mi trineo y Sarmik ató tres perros en el tiro y colocó a Lea de líder. Kaalat, una joven inuit que llevaba en sus brazos a la pequeña Sarmik, se presentó sonriente y dispuesta a partir. Como equipaje, solamente un pequeño hatillo.

– Deméter ha alertado al clan de la foca. Yo te acercaré hasta ellas, que te llevarán a un lugar seguro.

Sólo pude abrazar a la vieja Sarmik y agradecerle que me regalase lo mejor que tenía: su hija y su nieta.

– Yo no puedo acompañarte en este viaje, estoy vieja y quiero dejarme morir, porque ya he tenido a la elegida en mis manos. Mientras escapáis, yo guiaré a la madre osa para engañar al cazador blanco.

Comprendí que a lo mejor no veía nunca más a la gran madre osa, la generosa Camilla, a quien debía la vida. Y al instante oí su inconfundible rugido. Alcé los ojos y alcancé a ver por última vez la silueta de la osa blanca recortada contra la inmensidad del desierto helado.

Me despedí silenciosamente y Kaalat, mucho más ducha que yo en estas tareas, tomó las riendas del trineo y dio la orden de partir a los perros. No me volví para decir adiós a la anciana Sarmik. Daba mala suerte mirar atrás. Únicamente dirigiría mi mirada hacia delante, siempre adelante.

Los perros estaban descansados y bien alimentados. El tiempo era claro y el hielo estaba en buenas condiciones y, sin embargo, no avanzábamos.

Kaalat y yo nos dimos cuenta el tercer día al pasar por segunda vez junto a la misma grieta que se abría a la vera de un inmenso lago.

Habíamos dado una vuelta completa y regresábamos al mismo lugar.

Kaalat detuvo el trineo y se pasó ambas manos por la cara. No hacía falta que dijese nada. Hacía mucho rato que yo ya sabía que ELLA nos había atrapado. Había sentido su presencia desde el momento en que abandonamos la protección del campamento. Nos apresó con su garra fría tan pronto como el trineo se puso en marcha, y se hizo más y más potente después de saber que Gunnar había matado a la osa blanca.

Eso ocurrió la segunda noche. Aún no dormíamos y, de pronto, Kaalat y yo notamos el dolor intenso de la bala hundiéndose en nuestra propia carne, pero callamos abrumadas por la revelación. Fue la pequeña Diana, aquejada de la misma certeza, quien comenzó a llorar con desconsuelo y nos unió a las tres en un abrazo triste.

A partir de ese momento no vislumbré muchas esperanzas para escapar al poder de la Odish. Gunnar había matado a la madre osa y la vieja Sarmik, tal como anunció, no querría sobreviviría. Nadie nos protegía y estábamos a merced de la dama de hielo.

Kaalat aguantó como pudo su sonrisa hasta que confirmó lo que sospechaba. No íbamos al Sur.

– No puedo continuar. A pesar de que conduzco el trineo al Sur, vuelve a regresar al Norte.

– Lo sé -respondí.

– No me había ocurrido nunca -la joven inuit estaba consternada.

– No es culpa tuya, es la dama de hielo -corroboré.

Kaalat palideció. Aunque lo sospechaba, el mismo nombre de la Odish la paralizaba de miedo. Desde niña había oído las historias terroríficas sobre la dama de hielo que había reinado en ese territorio durante milenios. Se aferró a su pequeña.

– Hace mucho, mucho tiempo los inuits le ofrecían a sus hijas mayores al nacer -me explicó con lágrimas en los ojos-. Dejaban a sus pequeñas recién nacidas, desnudas, fuera de sus iglús y así aplacaban la ira de la dama.

– De eso hace mucho -repliqué sin tenerlas todas conmigo.

Pero Kaalat abrazó a su hijita.

– Quiere a nuestras niñas.

Me dio pena. Me dio mucha pena. La tranquilicé diciéndole la verdad, aunque la verdad fuese muy difícil, para mí.

– Sólo quiere a la elegida, a mi hija Diana. Déjame aquí y vuelve a tu casa.

– No puedo.

– Claro que puedes.

Kaalat me escuchaba y al mismo tiempo no quería escucharme.

– No puedo dejarte sola. Me comprometí a acompañarte y lo haré.

Detrás de nosotras, en el trineo, las pequeñas Diana y Sarmik reían indiferentes a su suerte y al dilema de sus madres.

Tenía que tomar una decisión. Ofrecí mi Diana a Kaalat y tomé a su hijita Sarmik y comencé a amamantarla. Kaalat entendió e hizo lo mismo. Sonreímos a las pequeñas que habían intercambiado a sus madres y que, sin saberlo, serían para siempre hermanas de leche. Ése era un pacto de hermandad que practicábamos las Omar. Sarmik y Diana serían fuertes y valientes, puesto que sus vidas quedaban vinculadas y su voluntad duplicada. La loba y la osa unidas eran mucho más poderosas que en solitario.

Una vez saciadas y goteando leche de sus boquitas, nos devolvimos a nuestras hijas y yo, con Diana en mis brazos, descendí del trineo y acaricié el pelaje de Lea. A su oído, muy quedamente, susurré:

– Llévalas a casa.

Lea lamió la cara de Diana, mordisqueó mi mano y arrastró el trineo bruscamente a pesar de las protestas de Kaalat.

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