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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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– ¿Protegernos de quién?

– Anda, póntela.

Anaíd no hizo más preguntas y obedeció a su madre. Efectivamente, al ponérsela apareció ante ella un altivo guerrero almorávide de nobles rasgos bereberes. Selene no podía verlo y Anaíd le interpeló:

– Bienvenido. Has respondido rápido a mi llamada.

Se sorprendió de hallarse en aquel lugar.

– Mis respetos, señora. ¿En qué siglo estamos?

– El veintiuno.

– ¿He sido convocado tras un milenio de inactividad guerrera?

– Te necesito.

– A su servicio, mi señora. Ardo en deseos de conquistar una taifa en estas fértiles tierras de Levante.

Anaíd se asustó de su impetuosidad y, tal como le había indicado Selene, se propuso impresionarlo.

– Soy Anaíd, tu reina. ¿Cuál es tu nombre?

El curtido guerrero la estudió con desenfado.

– Yusuf Ben Tashfin, victorioso jefe de las batallas de Sagrajes y Zalkaqa, de la tribu guerrera Sahanga que puebla los territorios del Sahara, emir de Al-Andalus y vencedor de Aledo.

Anaíd se vio obligada a situarlo en la realidad.

– Han sucedido muchas cosas desde la conquista de Al-Andalus.

– Lo supongo.

– Estoy en peligro. Ha sido una suerte topar con un guerrero como tú.

Ben Tashfin se creció como un pavo real.

– ¿Debo suponer también que me deseáis como estratega y jefe de vuestra tropa?

Anaíd suspiró y meditó. No había considerado esa posibilidad, pero no le pareció descabellado. Intentó imprimir un tono duro a su voz. El que utilizaban en las películas de soldados.

– ¿Con qué fuerzas contamos, Ben Tashfin?

– ¿Curtidos almorávides?

Anaíd asintió. Por probar no perdía nada.

– Reorganizando a mis hombres conseguiré reunir a un millar de bravos espíritus guerreros.

Anaíd se llevó las manos a la boca. Los fantasmas también podían constituir una fuerza contra las Odish. No había contemplado esa posibilidad.

– Y llevando la sortija me obedeceréis ciegamente…

Yusuf Ben Tashfin bajó respetuosamente la cabeza y se inclinó ante Anaíd.

– Sí, mi reina.

Selene interrumpió la conversación.

– Anaíd, el espíritu puede protegernos, pero tienes que saber contra quién. Pregúntale.

– ¿El qué?

Selene adelantó los pendientes y los mostró a Anaíd.

– No fue Roc quien te regaló estos pendientes.

Anaíd estaba inquieta.

– ¿Entonces?

Selene se mostró implacable.

– El que te los ha regalado es quien nos persigue. Tu espíritu nos defenderá.

Anaíd sabía pero no quería saber. Se dirigió al fantasma.

– ¿Quién me ha regalado estos pendientes?

Ben Tashfín no dudó ni un instante.

– Gunnar, mi reina. ¿Le atacamos?

Anaíd los dejó caer, anonadada. No había reparado en la coincidencia. Eran los mismos pendientes de rubíes que Gunnar regaló a Selene al cumplir dieciocho años. Formaban parte del tesoro de la granja de Islandia. Se revolvió contra su madre.

– ¿Quieres que destruya a Gunnar?

– Escúchame, Anaíd, tienes que saberlo todo, todo.

– ¿Por qué?

– Ahora no callaré hasta acabar con nuestra historia.

Anaíd se acurrucó temblando junto a su madre. Frente a la puerta, etéreo pero poderoso, Ben Tashfin montaba guardia y defendía la pequeña fortaleza.

15

La llegada de la elegida

El parto comenzó con suficiente tiempo para buscar un refugio. Las contracciones eran cada vez más fuertes, cada vez más dolorosas. Detuve el trineo y avisé a la osa. Inmediatamente se puso a cavar en la nieve y comprendí que construía una madriguera como la que ella hizo para esconder a su cachorro. La ayudé en lo posible. Di de comer a los perros, solté a Lea para que amamantara a Víctor y recogí lo imprescindible para mi parto. No quise pensar. No quise imaginar lo que podría sucederme si había complicaciones. Nadie podría ayudarme a recolocar la cabecita de mi niña o a empujar o coserme en caso de desgarro. Daba lo mismo; las contracciones eran tan potentes y frecuentes que mi dilatación debía de estar avanzada. Y lo estaba, porque sentía unas tremendas ganas de empujar. Me contuve hasta que pude arrastrarme dentro del túnel que había cavado la osa, lo rellené de pieles, me armé de toallas y me acuclillé con las piernas temblorosas empujando con ahínco. El dolor era espantoso, sentía miles de cuchillos afilados clavándose en mi vientre y hundiéndose en mi carne. Respiraba entrecortadamente, superficialmente; el tiempo entre contracción y contracción era tan breve que no me daba tiempo a reponerme. Echaba de menos una mano a la que sujetarme, una voz acariciante que me animase, una palmada en mi espalda que me felicitase por mi valor. Me rompía, noté cómo me rompía a pedazos y mi cuerpo se desgarraba.

Yo misma, con mis manos, recogí al bebé que salía de mi cuerpo. Y por fin lo conseguí.

Diana nació perfectamente. Bajo su capa de grasa blanca, que no limpié porque la protegía del frío y las infecciones, era una niña preciosa. La envolví en las pieles y la apreté junto a mi pecho. Diana existía, Diana no era una invención. La abracé con fuerza. Conté sus deditos, contemplé sus pupilas asombradas y me extasié por la perfección de sus orejitas, su naricilla y sus ojos de un azul intenso. Golpeé sus nalgas para que rompiese el llanto. Movió sus pequeños brazos, agitó sus manos y golpeó mi nariz.

Diana estaba viva y lloró con voz potente. Al acercarla a mí golpeó su cabecita una vez y otra contra mi pecho con la boca entreabierta hasta que se agarró a mi pezón y chupó ávidamente. Yo misma corté el cordón umbilical con mi ulú y lo enrosqué en su ombligo. Luego, expulsé la placenta y caí en un profundo sopor que nada ni nadie interrumpió.

La cueva era cálida, pero necesitaba comida y agua. Salí al cabo de un día arrastrándome y llevando a mi hija conmigo y, al sacar la cabeza fuera de la madriguera, asistí a un espectáculo bellísimo. Un brillante cometa con la cola más larga y esbelta que había visto jamás surcó los cielos y dio la bienvenida a Diana a este mundo.

Diana pareció agradecer la ofrenda de la estrella con una sonrisa, aunque probablemente sólo me lo pareció; un bebé de un día no sabe sonreír y sus ojillos son ciegos. ¿Era casual? ¿O se trataba del cometa del que hablaba la profecía? No había pensado en ello. No me había preguntado por la naturaleza de Diana ni observé ninguna diferencia en ella. Me tranquilizó comprobar que era un bebé sano y precioso, nada más.

Subí al trineo muy debilitada y sentada en el pescante comí pescado seco y derretí nieve, pero no era suficiente. Tenía fiebre, estaba enfebrecida otra vez y casi no pude alcanzar el botiquín de las medicinas. No podía enfermar en esos momentos. No podía. Diana me necesitaba. Tomé un antibiótico y me tendí sobre el trineo, sin fuerzas para dirigirlo. Lea lamió mi mano y me recordó que tenía que atarla para dirigir el tiro. Lo hice a duras penas. Y cuando el trineo se puso en marcha, me desvanecí.

Desperté horas más tarde. Aruk estaba a mi lado contemplándome, pero parecía evanescente, a punto de desaparecer. Hasta su voz flaqueaba.

– Selene, Selene, escucha: tienes que hacer un esfuerzo.

Yo no podía. Estaba al límite de mi resistencia.

– Selene, coge las pieles y a la niña y entra en la cueva. La osa te cuidará.

– ¿Y los perros? -musité.

– Suéltalos -me indicó Aruk.

Creo que así lo hice. Con mi pequeña asida al pecho y llevando conmigo lo que pude, penetré en la cavidad, esta vez más grande y más cómoda, del refugio de la osa. Allí nos recibió con grandes muestras de alegría la pequeña osezna. Se restregó contra mí con su cálida piel y lamió mis manos. Su calor y su afecto me tranquilizaron, pero no me ayudaron a vencer la fiebre.

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