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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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La dama se quedó sorprendida por mi reacción. Y rió.

– Eres más salvaje de lo que creía, Selene.

No quise dejarme seducir por su voz melodiosa ni por sus palabras halagadoras. Las Odish eran unas embaucadoras. Seducían a sus víctimas y luego las devoraban.

– Mientras me quede una gota de sangre defenderé a mi hija.

– Ya lo has hecho, igual que yo.

– ¿Tú?

– Sí. Yo os he defendido a las dos de los múltiples ataques de Baalat. Tú misma lo acabas de comprobar.

– ¿La beluga? ¿La inuit muerta?

La dama asintió.

– Efectivamente. Baalat deseaba poseerte y no lo consiguió. Desde que pusiste los pies en mis dominios te he salvaguardado. ¿Acaso te ha molestado Baalat? Dime, ¿no te extrañó que dejase de perseguirte?

– ¿Pretendes decir que Baalat continuó con su empeño aquí en el Ártico?

– Naturalmente. Para eso renació. Por eso conjuró su inmenso poder que le permitió reencarnarse en diversos seres sin voluntad. Pero tú se lo impediste.

Me quedé anonadada.

– ¿Yo?

La dama de hielo me palpó desde la distancia con sus frías manos. Noté su caricia helada.

– Sí, tú, Selene. Tu fuerza es inmensa, tu voluntad de sobrevivir también. Por eso interferiste en mis planes y torciste la profecía a tu antojo.

Me indignó su acusación.

– ¡Eso no! Tú nos utilizaste, a Meritxell y a mí. Tú usaste a tu hijo para enamorarnos y conseguir tu propósito de concebir a la elegida.

La carcajada de la dama de hielo resonó por todas las cavidades huecas de la gruta llevando el eco de su risa hasta las profundidades del lago.

– ¿De verdad crees eso? ¿Gunnar no te dijo la verdad?

No quise escucharla. Para las Odish la verdad es un supuesto remoto. Confunden, mienten, embaucan a sus víctimas, me repetía. Fingí atender a sus explicaciones, pero no me permití creerla.

Sin embargo, la dulce voz de la dama blanca me envolvió.

– Gunnar, en efecto, cumplía mis órdenes. Sus órdenes eran enamorar en secreto a Meritxell, la madre de la elegida de la profecía, según todos los indicios, y traerla hasta aquí embarazada. Pero apareciste tú. Y Gunnar, mi hijo, me desobedeció. A pesar de mis órdenes, se negó a continuar adelante con lo previsto y cedió a tu fuerza, a tu pasión. Y Meritxell murió.

– ¡Eso no es cierto! -grité.

Pero ella continuó hablando.

– Enhorabuena, Selene. Puede más el amor de una mujer que el poder de una madre. Gunnar ignoraba tu estado y por eso era feliz contigo. Su desgracia comenzó en el momento en que le informé de tu embarazo y de que tu hija, su hija, era la elegida. Ya en Islandia, intentó disuadirte de venir hasta mí. Y en Groenlandia, a pesar de que mi presión fue constante, se negó a entregarte y comenzó a regatearme las condiciones para acceder a mi nieta una vez nacida.

Por un momento, sólo por un momento de ese discurso disparatado, me emocioné. Fue cuando recordé que Gunnar insistió para que yo no lo acompañase. Pero enseguida desestimé la sinceridad de su acción. Era una argucia, una treta para que yo confiase en él ciegamente y me dejase conducir hasta esta gruta fría, ante la mirada acerada y sin sentimientos de la poderosa dama blanca.

– ¿Gunnar cree que hemos muerto?

La dama suspiró.

– Pobre Gunnar, pobre hijo mío. Cuando se recuperó de sus heridas, sólo tenía una obsesión: matar a esa osa y vengar vuestra muerte.

– ¿Por qué no le sacaste de su error? Tú sabías la verdad.

– Prefiero que esté confundido. Su apasionamiento por ti me ha desbordado.

Me asombró su frialdad y su cálculo. Y sin embargo, la señora sonreía a Diana con dulzura y Diana le correspondía alargando sus bracitos hacia ella.

Me negué a consentir su abrazo.

– ¡No la toques!

Eso la ofendió y respondió con dureza.

– ¡No me niegues a mi nieta, Selene! Tengo derecho a ella. Sin mí moriría inmediatamente.

Pero yo estaba rabiosa e indignada.

– Aléjate.

– ¿No me crees?

La gran hechicera intentaba convencerme de su bondad, pero cambió de opinión y frunció el ceño.

– Está bien. Desapareceré. Veremos el tiempo que consigues mantener con vida a tu pequeña.

Un simple parpadeo y la figura se desvaneció. Y con ella se fueron la luz y la calidez.

Tras unos instantes de silencio comencé a notar la presencia de un animal amenazador. Sobre el hielo resbalaban pisadas sigilosas y sentía aproximarse una respiración, cada vez más cercana. Diana pateaba mis flancos acusando el nerviosismo y yo, sin dejar de fijar la vista a mi alrededor, blandí mi ulú en el aire girando bruscamente para ahuyentar el peligro que me rondaba, cada vez en un círculo más próximo, más asfixiante. Era víctima del acoso de un depredador que iba estrechando su cerco en torno a mí, de eso estaba segura. Sentía su presencia y notaba cómo se preparaba para el salto. De pronto un movimiento rápido y dos ojillos rojizos brillando en la oscuridad se clavaron en mis retinas y me apresaron la voluntad unos instantes.

Alcé mi ulú dispuesta a desgarrar a mi atacante y creyendo, estúpidamente, que transformaría a mi oponente en un bloque de hielo como antes. Sin embargo, ante mi sorpresa la bestia, que no era otra que un lobo ártico, aulló de dolor por la herida, pero se revolvió con saña evitando atacarme a mí y buscando mi espalda, de donde pendía Diana.

Baalat era miserable. Me obligaba a luchar contra mi propia especie, los lobos, a sentir odio contra mi tótem, a romper un tabú que había respetado desde niña. Los lobos eran mis amigos y ahora Baalat, la monstruosa Baalat, se había convertido en uno de ellos.

El llanto de Diana me puso en alerta y salté, pero ante mi desesperación sentí cómo la bestia había saltado segundos antes y había agarrado a mi hija. La tenía sujeta por los dientes y, si me movía con brusquedad, podía arrancarle la carne… Sentí tal impotencia… Moví la mano hacía atrás, ataqué a ciegas, volví a dar en el blanco y esa vez hundí mi ulú en el hocico del animal. El dolor debió de ser espantoso, como lo fue su aullido, sus convulsiones y su rabia, pues soltó a su presa, que es lo que yo quería y se revolvió contra mí.

En el momento en que abrió su boca para cercenar la mano con que yo sujetaba el ulú y engullirla como una golosina se produjo el milagro. El enorme lobo ártico quedó convertido en un bloque de hielo inmóvil. Y ahora sí fui consciente de que la dama de hielo, y no mi ulú, acababa de salvar mi vida y la de Diana. Ella era la artífice de la magia que me protegía.

Me dejé caer sudando y temblando por el esfuerzo mientras, con desesperación, arrancaba la ropa de las piernas de mi niña y buscaba la posible herida que le había causado la bestia; por suerte no la encontré. Fue un alivio comprobar que los dientes se habían hundido en la piel de foca que la protegía y no habían llegado siquiera a rozar su carnecita rosada.

De nuevo se hizo la luz y la presencia tranquilizadora y serena de la dama cambió mi perspectiva de hacía unos minutos.

– ¿Y bien, Selene? ¿Ahora me crees?

– Gracias -musité.

– Ésa es Baalat. Está desesperada y es capaz de probarlo todo con tal de destruir a la elegida.

– ¿Destruirla? -repetí, horrorizada.

– Naturalmente. Tú ya no le interesas. Ahora que ha nacido la elegida, desea destruirla porque no es su hija. Ésa es su única obsesión.

Abracé con más fuerza a Diana. El peligro era mayor del que yo creía.

– ¿Y tú? ¿Qué pretendes?

La dama de hielo rió satisfecha.

– Es mi nieta. Deseo conocerla y quererla. Lleva mi sangre.

Hubiera querido negarlo, pero sentí que era cierto, tan cierto como que los ojos de Diana eran los de su abuela. Ojos de cielo acerado.

– ¿Y luego?

La dama me miró con curiosidad.

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