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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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– Selene, hija de Deméter, sé bienvenida entre nosotros. Como matriarca del clan de la osa, te doy la bienvenida a ti y a tu hija.

Y tendió los brazos para que depositara en ellos a Diana.

La anciana retiró la capucha que cubría la cabeza de la niña y sonrió con una sonrisa desdentada y hermosa. Al contacto con la luz, la pelusa incipiente que asomaba en la cabecita de Diana tenía la tonalidad rojiza de las puestas de sol.

Abrí los ojos asombrada. No había comprobado por mí misma la certeza del color de su pelo. Era rojo, como el fuego, como la sangre, como los crepúsculos mediterráneos.

Sarmik, emocionada, levantó a la pequeña en alto, besó sus pies en señal de reverencia y exclamó henchida de felicidad:

– Madre O, lo prometiste y así ha sido. El cometa anunció su nacimiento y desde entonces esperábamos con ansia a nuestra elegida. Moriré colmada, puesto que me ha sido concedido el honor de acogerla en mi familia y tenerla en mis brazos.

Dicho esto, recitó los versos de la profecía de O:

Y un día llegará la elegida, descendiente de Om.

Tendrá fuego en el cabello,

alas y escamas en la piel,

un aullido en la garganta

y la muerte en la retina.

Cabalgará el sol

y blandirá la luna.

Mentiría si dijera que no me emocioné. La devoción y el cariño con que la vieja Sarmik acogió a mi hija me conmovieron. Y me dejé cuidar por sus manos arrugadas y amorosas que lavaron mi cuerpo y mi pelo, cortaron mis uñas, untaron mi piel con aceite, me pusieron ropas limpias y me dieron de comer sopas calientes, guisados deliciosos y tazas de té.

Descansé un tiempo entre los apacibles inuits. Habían instalado sus tiendas cerca del mar y se abastecían de focas y belugas. Aprendí con ellos a pescar con múltiples anzuelos en sus líneas de pesca, a descuartizar focas y a curtir pieles. Eran seis familias con sus pequeños y por las noches nos reuníamos con una taza de té en la mano y charlábamos largas horas. Los inuits tenían la risa fácil y la mirada leal de los niños. Junto a ellos era difícil concebir la maldad o sentirse angustiado por el peligro. Por eso me encontraba tan a gusto y no me preocupaba posponer mi regreso al coven que Sarmik había convocado.

Sarmik me había pedido tiempo para reunir a las osas. La distancia que separaba un campamento de otro hacía muy difíciles sus reuniones y debíamos esperar a la próxima luna llena, para la que faltaban todavía dos semanas. En el coven se presentaría a Diana como la elegida y se nombraría una guardia fiel de osas que asegurarían nuestra protección hasta depositarme en manos del clan de la foca, más al sur, más cercano a la civilización.

Todos estábamos encantados. Diana miraba el mundo con unos ojos grandes y azules llenos de inteligencia. No tenía la mirada transparente de un bebé; la suya era una mirada adulta, sabia y esponjosa. Absorbía con la misma glotonería y avidez con la que mamaba todo cuanto veía u oía, y comenzaba muy precozmente, a sus tres meses, a emitir gorjeos. Quería comunicarse, parecía comprender las palabras humanas y permanecía atenta, muy atenta a los sonidos de los animales. Una tarde la sorprendí gruñendo con la osezna Helga. Atónita, contemplé cómo mi Diana gruñía con la misma ferocidad que la pequeña osa y recibía con júbilo las respuestas del animal.

Recordé las palabras de la profecía: «Un aullido en la garganta y la muerte en la retina». Siempre se había interpretado que la elegida pertenecería al clan de la loba y aullaría comunicándose con su tótem, el lobo, pero nunca nadie había imaginado que la elegida tuviera el poder de comunicarse y hacerse comprender por todos los animales.

Y súbitamente lo vi claro. Yo misma había poseído ese poder de Diana mientras compartí su sangre. Había podido ladrar como los perros, gruñir como los osos y hasta oír los ultrasonidos de las ballenas. Por eso cuando nació mi hija perdí esa facultad y perdí también mi comunicación con los fantasmas. ¡Claro! ¡Ya lo entendía!

Yo ya no veía a Aruk porque ahora, posiblemente, sólo lo podía ver la pequeña Diana. Yo vi a Aruk porque llevaba a Diana conmigo. El poder de comunicarse con los animales y los muertos incumbía tan sólo a la elegida. Y para corroborar esa sospecha, coloqué mi anillo de esmeraldas en el dedito de mi niña y froté la piedra.

Diana giró su cabecita a mi derecha, ahí donde no había nada, y sonrió. Estaba viendo a Aruk. Diana podía convocar a Aruk y, aunque yo no podría hablar con él, Aruk la protegería.

Me tranquilizó esa certeza. Guardé mi anillo y acuné a mi niña. Tan pequeña y tan poderosa al mismo tiempo. Deseé con todas mis fuerzas que la suya no fuese una infancia adulta. Deseé que disfrutase de la vida a cada instante y que aprendiera a reír, a correr, a nadar, a jugar y a crecer arropada por una familia y una casa. Allí mismo, en la tundra helada, se respiraba el afecto de seis familias, y la calidez de ese sentimiento suavizaba la dureza del frío aire primaveral. Eran sentimientos que sugerían el verano en ciernes. La vida resurgía y a mi alrededor todos disfrutaban del sol y la camaradería de los inuit.

Helga, curiosa y zalamera, hacía las delicias de los pequeños y junto con el cachorrillo Víctor, cada día más fuerte y travieso, se ganaron a pequeños y mayores y acabaron comiendo de todas las manos. Hasta la perra Lea hizo buenas migas con un macho cariñoso y los dos anduvieron muy atareados encargando una nueva carnada de cachorrillos para el invierno siguiente.

Camilla, la osa, vagaba cerca del campamento sin llegar a fraternizar con los humanos. Algunas noches oía su rugido llamando a su osezna Helga, que acudía presurosa a la llamada de su madre.

Y yo comía, descansaba, daba paseos bajo ese sol que me retornaba las fuerzas, y me iba enamorando, cada día más, de mi hija Diana.

Todo era plácido y demasiado hermoso para ser verdad. Un espejismo que acabó la noche del sueño.

Soñé que el trineo en el que viajábamos Diana y yo volaba entre el hielo sorteando inmensos icebergs e inclinándose peligrosamente ora a un lado ora al otro. A cada brusco viraje estaba a punto de perder el equilibrio y caer sobre el hielo resbaladizo. Escapábamos de un hombre armado con un rifle, y yo, sobre el trineo, sabía que si caíamos moriríamos.

Desperté asustada. Era una visión. Mi instinto de Omar me advertía de un peligro cercano. Me froté los ojos y lo vi todo más claro.

La vieja Sarmik entró en mi tienda y no se sorprendió al encontrarme despierta.

– Tienes que irte. Él se está acercando -musitó la vieja hechicera.

– ¿Tú también lo has visto en tu sueño? -pregunté ya definitivamente levantada.

– Está a pocas horas de aquí. No tardará en llegar.

Me asusté, tenía una premonición.

– ¿Quién es?

– El cazador blanco, rubio, alto y poderoso.

– ¡Gunnar!

Sarmik afirmó con movimientos de cabeza.

– Ése es su nombre.

Gunnar se había recuperado de sus heridas y había salido en mi búsqueda.

– ¿Me persigue?

– Persigue a la osa.

– ¿Por qué?

– Cree que ella te mató, quiere su piel blanca y la conseguirá. No cejará en su empeño hasta morir.

Entonces… Gunnar creía que la osa blanca me había llevado con ella y me había devorado, como a un perro cualquiera.

– Pero desaparecí con el trineo -objeté a la vieja Sarmik.

– Gunnar piensa que los perros huyeron con el trineo y se hundieron bajo el hielo.

Aruk me había protegido con mucha eficacia.

Intenté reconstruir los hechos. Gunnar sufrió un tremendo golpe al ser atacado por la osa. La osa se abalanzó sobre él y le hirió. Quedó inconsciente y, al despertar, la puerta había sido arrancada, algunos muebles destrozados, había rastros de sangre en el suelo de la cabaña y en la nieve las huellas de la osa. Y yo no estaba.

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