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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Las personas sepultan sus deseos durante años y años, se tragan los insultos, y de pronto estallan -explicó Dalit con gesto lánguido-. Una vez tuvimos una vecina… De pronto, un día, sin previo aviso, cuando ya todo el mundo había dejado de pensar en ella como en un ser humano, cuando sólo se dedicaba a cocinar, a limpiar y a sentarse a remendar ropa delante de la tele por la noche, un día se puso en marcha y…

– ¿Cuándo vas a ver a Shorer? -le preguntó Balilty a Michael.

– Hoy mismo, si su hija no se pone de parto -dijo Michael, cabeceando, a la vez que emitía un suspiro inaudible-. O si da a luz y todo sale bien. Tengo que llamarlo por teléfono.

– Tenemos que encontrar al socio de la tienda de música, ése del que nos hablaste -dijo Tzilla.

Michael asintió con la cabeza.

– No era un socio, sino un empleado -explicó, y dirigió una mirada interrogante a Balilty.

– ¿Qué hizo esa vecina tuya? -le preguntó Tzilla a Dalit.

– Se escapó de casa -repuso Dalit a la vez que engullía el último trozo de su bocadillo-, con todos los ahorros de la familia. Su marido la estuvo buscando durante muchos años.

– Estamos buscándolo -dijo Balilty, y se encogió de hombros-. No es fácil dar con alguien que vive solo y no habla con los vecinos. Todas las personas implicadas en este caso son especiales, diferentes. ¡Artistas! -infló los carrillos-. Pero este viejo ni siquiera es artista. Su piso está cerrado a cal y canto, como si llevara años deshabitado.

– Desapareció hace bastante tiempo -dijo Michael, y oyó en un eco la voz de Nita exigiendo que le comunicaran la noticia a Herzl-. Hace meses que nadie sabe nada de él.

– Tampoco asistió al entierro del padre -dijo Balilty-. Estuvimos muy atentos.

– Y tenía la llave de casa de Van Gelden -interpuso Eli-, del padre, quiero decir.

– Es fundamental encontrarlo -concluyó Balilty.

– ¿Quién se va a encargar de eso? -preguntó Zippo.

– Tú -repuso Balilty-. A partir de ahora, es tarea tuya. Dalit te dará todos los datos.

– Localizar el cuadro va a ser imposible -en la voz de Tzilla sonó una nota desesperada-. Puede que ni siquiera lo hayan sacado del país. Podría estar en cualquier sitio, incluso en el armario del empleado ese, Herzl.

– No sabemos nada con seguridad -masculló Eli-. Apenas tenemos datos. Podría ser al contrario. No hemos hablado con suficientes personas. Aún no hemos recibido el informe oficial del laboratorio.

– ¿Qué significa que puede ser al contrario? -preguntó Dalit a la vez que se enderezaba.

Eli Bahar bajó sus largas pestañas.

– Nada especial -repuso, enjugándose la cara-. Se me ha ocurrido otra posibilidad; que alguien supiera que Gabriel estaba al tanto de lo del cuadro, del robo y el asesinato, y que el culpable se haya puesto nervioso y haya querido eliminarlo… Pero aún no tenemos datos de los que se pueda deducir eso.

– ¿Y llegó a encontrarla el marido? -le preguntó Tzilla a Dalit de un lado a otro de la mesa.

– En Bogotá, ni más ni menos -repuso Dalit a la vez que recogía las miguitas en el envoltorio del bocadillo-. Había montado un taller de costura, con empleadas a su cargo. Se había convertido en una señora.

Por el aire distraído con que Balilty asignó y explicó las tareas; por la pregunta: «¿Y yo qué, qué quieres que haga?», planteada por Dalit, y por su gesto de desencanto al recibir la respuesta de Balilty: «Tienes que volver ahí, ahora mismo, no podemos dejar solos a los Van Gelden tanto tiempo»; por la flagrante candidez de los esfuerzos de Balilty por aplacar a Dalit elogiando su capacidad para escuchar, con la que lograría que «el maestro y su hermana hablasen»… por todo esto, Michael tuvo la impresión de que la reunión se desintegraba, se agotaba sin que se hubiera llegado a ninguna conclusión. Al oír que llamaban a la puerta, supo que había llegado el final.

– Ahí fuera está una tal Ruth Mashiah que pregunta por usted -le dijo a Michael desde la puerta un policía uniformado-. Dice que han requerido su presencia y la de su marido.

Michael echó una ojeada a Balilty.

– ¿Nos encargamos los dos del asunto? -preguntó Balilty.

– ¿Por qué no?

– Cuatro ojos ven más que dos -dijo Balilty mientras se levantaba despacio de la cabecera de la mesa-. ¿Ha traído el pasaporte del marido? -preguntó al policía, quien indicó con una mueca que no tenía ni idea.

– Está lleno de periodistas -dijo el policía de uniforme-, cámaras de televisión, reporteros, de todo. Uno ha pasado aquí toda la noche.

– Esto de que la inspección tenga tan ocupado al comisario nos está dando muchos quebraderos de cabeza. Si él estuviera aquí ya habría concedido una rueda de prensa. ¿Te encargas tú de hablar con ellos? -le preguntó Balilty a Michael.

– Ni lo sueñes -repuso Michael con gesto horrorizado.

– ¿Entonces me toca a mí? -preguntó Balilty sin el menor entusiasmo-. Hablar con la prensa no se me da bien, y, además, no quiero ver mi cara en todos los periódicos -barbotó. Su mirada vagó por la mesa y fue a posarse en Dalit. Se detuvo y tensó los labios con aire pensativo.

– Tiene que ser alguien con mucha experiencia -se apresuró a señalar Michael.

– Bahar, ¿te haces tú cargo de la prensa? -preguntó Balilty.

– No es el procedimiento regular -se quejó Eli Bahar-. Por lo general es responsabilidad del jefe del equipo.

– ¿Quién lo ha dicho? -le espetó Balilty-. Podemos tomar nuestras propias decisiones sobre los procedimientos. ¿Te haces cargo o no?

Eli se levantó sin despegar los labios.

– Dígales que esperen fuera, a la entrada -le ordenó al policía uniformado.

Pero no esperaron fuera. Las cámaras se dispararon en cuanto se abrió la puerta, un fogonazo cegó por un instante a Michael, quien desvió la cara mientras se abría paso a codazos entre la muchedumbre, sintiendo una quemazón en el pecho y la certidumbre cada vez más clara de que todo iba a salir a la luz, incluida la cuestión de la niña. Balilty lo siguió con expresión severa, ambos sordos a las preguntas con las que los bombardeaban, y, sin prestar atención a los gritos de «¡El público tiene derecho a informarse!» y «¡Es un director de fama mundial!», llegaron al despacho del fondo del pasillo donde Izzy Mashiah esperaba a que su ex mujer llegase con su pasaporte.

Durante su interrogatorio, que concluyó a las cuatro de la mañana, Izzy había dicho que su ex mujer tenía una llave de su casa. Su manera de hablar con ella por teléfono, murmurando por el auricular, la cabeza inclinada y de espaldas a Michael, aparentando estar solo, indicó a éste que se apreciaban y compartían una responsabilidad mutua. «Somos muy amigos», había explicado Izzy Mashiah cuando se empeñó en llamarla y despertarla una hora después de que terminara el interrogatorio, para que no se enterase de la muerte de Gabriel van Gelden por los periódicos o las noticias de las seis de la mañana, que siempre escuchaba compulsivamente. Michael le hizo una seña a mitad de la conversación, Izzy levantó la cabeza, dijo: «Perdóname un momento», escuchó a Michael y repitió por el teléfono la petición de que le trajera el pasaporte.

– No sé para qué -le oyó decir Michael en voz muy alta, indignada, para que él lo oyera bien-. Si lo quieren, por algo será. Eso lo sabes tú -dijo con énfasis-, pero ellos no. ¿Por qué iban a saberlo?

Izzy habló de otros temas con su ex mujer, mencionó a una tal Irit, a quien debían comunicarle con delicadeza la muerte de Gabi.

– ¿Quién es Irit? -preguntó Michael cuando Izzy colgó, la mano oscilando sobre el aparato como si estuviera a punto de marcar de nuevo.

– Mi hija -dijo Izzy, y se cruzó de brazos como para demostrar su resignación ante la perspectiva de pasarse las horas en espera de la llegada de su ex mujer y de su pasaporte.

Ahora Michael escudriñaba a la mujer menuda que los miró a los ojos, primero a él y luego a Balilty. Tenía unos ojos castaños pequeños y rasgados, enmarcados por arrugados párpados que pugnaban por mantenerse abiertos, y rodeados de un entramado de finas arrugas. Éstas cubrían también sus mejillas, moteadas de pecas, que salpicaban profusamente su naricilla. Todo en ella era pequeño y arrugado, salvo una zona lisa en torno a su boca. Tenía el pelo castaño claro, corto y rizado, entreverado de gris. Sus apergaminadas manos, punteadas por manchitas de un marrón dorado, descansaban sobre la mesa metálica del despacho, y sus dedos, finos y cortos, de uñas pálidas y aplastadas, tamborileaban sobre ella como sobre un teclado.

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