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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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De pronto, Moses gritó "¡ALLÍ!", y Aranda se volvió, para verlo de pie sobre una pila de cuerpos abatidos, con el brazo estirado señalando algún punto del fondo de la sala.

– ¡PÁSAME LA PISTOLA! -pidió Moses, sin dejar de mirar.

Entonces, un pequeño trozo de pared situado detrás de Moses, del tamaño de una pelota de golf, saltó por los aires. "Jesús, le está disparando…", pensó Aranda, pero Moses permaneció impasible sin apartar la mirada, con un dedo acusador extendido, y la otra mano demandando el arma.

Aranda le lanzó la pistola y Moses la cogió sin mirarla, se la llevó al frente, la sujetó con ambas manos e hizo tres disparos rápidos. Juan miró al frente, intentando discernir algo entre los rostros abominables de los espectros que seguían intentando llegar hasta ellos. Por fin, vio a una figura correr en dirección al exterior; vestía de negro y sus cabellos blancos subían y bajaban al unísono, como un alga podrida bajo el sol. Era la primera vez que tenía contacto visual directo con él, y repentinamente sintió una inusitada sensación de repulsa que le recorrió como un escalofrío.

– ¡ESCAPA! -gritó Aranda.

Moses siguió su trayectoria, manteniendo la pistola en ángulo directo, y apretó el gatillo un par de veces más. Uno de los disparos le acertó a un espectro que se puso en medio, hundiéndole el hueso entre los ojos y revelando una mucosidad negruzca y reseca. La segunda bala se perdió sin alcanzar ningún objetivo.

El Padre Isidro cruzó a través del ventanal roto, pasando entre los espectros que pugnaban por entrar, y salió al exterior. Moses gritó, con los músculos del cuello hinchados como cables que fuesen a romperse. Parecía a punto de saltar para salir en su persecución, pero Aranda sabía que eso constituía un suicidio garantizado, así que se acercó a él, temiendo lo peor. Pero Moses no saltó, devolvió la pistola a Juan y avanzó por detrás de los tiradores en dirección al almacén.

XXXIX

En el exterior, Peter se debatía intentando decidir cómo podía llevar a cabo alguna acción que representase una diferencia en la contienda. Estaba sumido en esos pensamientos cuando, de pronto, vio una figura saliendo del edificio, pasando entre los muertos vivientes con ojos despavoridos, animales. Era increíblemente delgado, y como resultado su rostro tenía un aspecto cadavérico: pálido y anguloso, con grandes dientes perfectos asomando en su boca entreabierta. A la altura de la garganta le asomaba un alzacuellos manchado de sangre.

Entonces se sobresaltó… era él, el cura que habían estado buscando, intentando capturar. Se quedó petrificado, intentando decidir qué hacer a continuación. Tuvo el irrefrenable deseo de encañonarle y desparramar el contenido de su enfermiza cabeza por la pared, pero sabía que existía la posibilidad de que fallase, ¿y entonces qué? El cura llevaba una pistola en la mano… ¿y si él no era tan mal tirador?

Estaba entregado a esos pensamientos cuando el sacerdote giró bruscamente a la izquierda y comenzó a correr, pegado a la pared. Peter lo vio alejarse unos metros y se lanzó en su persecución, buscando su oportunidad.

El cura continuó su avance sin detenerse ni mirar atrás. Había zombis también por allí, y éstos empezaron a preocupar a Peter; estaban alejados de la zona de los disparos y el ruido de éstos no les atraían tanto. Algunas miradas vacías empezaban a fijarse en él, como intentando comprender si la figura encapuchada era uno de ellos o no.

Por fin, tras recorrer un buen trecho, el Padre Isidro encontró una puerta de cristal rota y se metió por ella, con la pistola por delante. Peter se sobresaltó: era la enfermería, y sabía demasiado bien que, al menos, tenía que haber allí tres personas: Dozer, Jaime y algún encargado de vigilar que estaban atendidos.

Aceleró el paso.

En recepción, un asfixiante sentimiento de impotencia se apoderaba de Moses. El odiado sacerdote había escapado, impune, y mientras tanto ellos apenas habían conseguido avanzar hacia la puerta. José le preocupaba también; estaba lívido, sudaba copiosamente y pestañeaba sin tregua, sobrellevando el agotamiento que soportaba con estoicismo. Algunos de los que esperaban en las escaleras o los rellanos superiores habían bajado más colchones y hasta puertas que habían arrancado de sus goznes, y gracias a ellos el grupo se mantenía con cierta coherencia.

Moses se acercó a Aranda, quien había cogido un fusil y estaba haciendo lo posible por frenar los ataques de los zombis. Tuvo que golpearle varias veces en el hombro para atraer su atención.

– ¡Tienes que organizarlos, Juan!

– ¿Qué? -preguntó éste, haciendo un gesto de no entender. Se acercó más a su oreja.

– ¡Tienes que organizar a los hombres, Juan! ¡No aguantaremos mucho más! ¡Hay que avanzar!

Juan miró alrededor. Vio caras asustadas, vio manos temblorosas… vio disparos que daban en el techo, o se perdían en el aire impregnado del olor dulzón de la putrefacción. Vio ojos que bizqueaban tras una máscara de terror contenida, y vio que, efectivamente, era cuestión de tiempo que los espectros acabaran mordiendo a alguien, y luego a alguien más, y si esos dos resultaban ser José o Uriguen, que Dios se apiadase de sus almas.

Aranda asintió, le pasó el fusil con gesto marcial, contundente, y se fue hacia atrás para hablar con unos y con otros. Se acercaba a sus oídos y les hablaba, ahora señalando al exterior, ahora cerrando un puño. Cuando terminaba, una pequeña chispa de esperanza parecía empezar a brillar en los ojos de los que le escuchaban.

Mientras Aranda trazaba planes de reconquista, Peter se enfrentaba prudentemente a la boca oscura que era la entrada de la enfermería. La oficina estaba vacía, si bien los cristales de la puerta ya estaban rotos antes de que el sacerdote la cruzase; se dijo que era de suponer que podía haber al menos algunos zombis ahí dentro. Miró hacia atrás y vio que algunos de los espectros le estaban mirando y empezaban a dar pasos dubitativos hacia él, así que se deslizó al interior para apartarse de su línea de visión. Quedó apoyado contra la pared, enterrado en la sombras de la esquina.

Intentó concentrarse en el silencio que parecía dominar la enfermería; buscaba algún ruido que le ayudase a descubrir qué estaba pasando. Rogaba a Dios que aún hubiese tiempo, que Dozer y los demás siguieran vivos, y se obligó a dar pasos silenciosos hacia las habitaciones del fondo, con el rifle preparado. Los zombis eran una cosa, y un tipo armado con una pistola otra, pero el hecho de que pudiera encontrarse con ambos le inquietaba sobremanera: no se atrevió a llamarlos desde donde estaba por si alertaba a alguno de estos últimos.

Llegó hasta el corredor sumido en penumbras intentando tranquilizar su propia respiración, que se le antojaba aparatosa y descontrolada. La puerta de la izquierda estaba abierta y los corredores que se alejaban hacia el fondo y al despacho del doctor Rodríguez, vacíos y oscuros, por lo menos hasta donde podía ver. Peter probó el interruptor de la luz que tenía a mano, pero no funcionó.

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Главный герой
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