Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
Corrió entonces pasillo adentro y bajó los pocos peldaños que la separaban de la oficina donde el doctor Rodríguez se afanaba en analizar los resultados de sus investigaciones. Había llegado sobre las cinco de la mañana, incapaz de dormir más, y había estado intentando aislar el agente patógeno que había encontrado, pero sin mucho éxito.
– D-Doctor… -dijo. Su propia voz le sonó desconocida, más aguda y trémula de lo normal.
El doctor Rodríguez levantó la vista hacia ella, mirándola por encima de sus gafas. Carmen estaba blanca como una pared encalada y rápidamente supo que algo estaba mal, definitivamente mal.
– ¿Qué ocurre, Carmen?
– Los… los… están aquí mismo…
El doctor Rodríguez pestañeó, intentando descifrar sus palabras.
– ¿Qué…?
Pero entonces, una algarabía tremenda de cristales rotos llegó hasta sus oídos. Por la intensidad del ruido, estaba claro que se trataba de los ventanales de acceso a la enfermería.
– Jesús… -dijo el doctor Rodríguez, súbitamente lívido.
– Han entrado, doctor… -susurró Carmen.
– ¿Son muchos?
– Muchos…
– Vamos… -dijo Rodríguez resueltamente-. Tenemos que empujar la cama de Jaime y llevarla donde está Dozer, sólo así podemos asegurar que podremos resistir un tiempo, hasta que alguien venga por nosotros.
Se pusieron rápidamente en marcha, confiando en que tuvieran aún un par de minutos hasta que los zombis llegaran hasta ellos. Jaime dormitaba todavía cuando llegaron; le habían dado codeína la noche anterior porque acusaba un fuerte dolor en el pecho. Cuando empezaron a empujar la cama fuera de la habitación, agradecieron que ésta tuviera ruedas; en pocos segundos llegaban junto a Dozer y cerraban la puerta doble tras ellos.
– ¿Qué… ocurre? -preguntó Dozer.
– Carmen dice que los zombis han entrado. Hemos escuchado cómo rompían el cristal de la entrada, pueden llegar en cualquier momento…
Dozer pestañeó, intentando asimilar la información. En unos pocos segundos, su mente le proporcionó una fugaz composición con los rostros de casi todos los miembros de la Comunidad, oscurecidos por un tinte opaco de color rojo intenso. Al volver a hablar, descubrió que tenía la boca totalmente seca.
– Doctor, ¿no tiene algún arma aquí? Rodríguez negó con la cabeza.
– Bien, ése es un error que quizá paguemos caro… Tenemos que bloquear la puerta… -Miró alrededor. Había un pequeño armario con medicamentos, pero no parecía demasiado pesado; sin embargo, no tenían otra cosa más que eso y las propias camas, que para colmo de males estaban dotadas de ruedas-. ¿Pueden empujar ambas camas contra la puerta?
– Sí…
De repente, escucharon un ruido indeterminado tras la puerta. Carmen dio un pequeño salto sobre sus pies. Dozer se llevó un dedo a los labios, pidiéndoles a todos silencio. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono de voz susurrante, tan bajo como pudo.
– Doctor, empujen las camas… pero despacio… si no saben que estamos aquí, ni siquiera se interesarán por la puerta.
El doctor y Carmen comenzaron a empujar la cama de Dozer con todo el cuidado que les fue posible, y se aseguraron que quedara bien pegada a la puerta doble. Luego, con la misma cautela, hicieron lo propio con la cama de Jaime.
– ¿Se pueden trabar las ruedas?
El doctor se agachó, y descubrió con gratitud que las ruedas tenían un seguro para evitar su movimiento cuando no se deseaba. Accionó los seguros de todas las ruedas y se incorporó, levantando el pulgar.
– Bien… bien…
Se quedaron todos en silencio, mirando las puertas blancas y concentrados sólo en escuchar. A lo lejos se intuía un rumor incesante de agua cayendo, pero eso era todo; si había zombis ahí fuera, no podían asegurarlo. Carmen, sin apenas proponérselo, se acercó al doctor y se abrazó a su cintura. Temblaba como una hoja al viento.
XXXVI
En el edificio principal, José municionaba ya el segundo cargador. Las escaleras eran testimonio de una barbarie que había escapado ya de toda mesura: cuerpos sin vida se encontraban desparramados en todas las posturas, apilados en una amalgama monstruosa de brazos y piernas. Pero aun así continuaban llegando.
Habían bajado los colchones a media altura para que Susana pudiera abrir fuego sobre ellos. A partir de ese momento, tuvieron un poco más de respiro.
Aranda lo vio claro.
– ¡Hay que avanzar! -les gritaba, ayudando a los hombres que sujetaban los somieres, pero el estrépito de los fusiles en acción no permitía que su voz llegase hasta José. Por fin, pasó entre los brazos del hombre que estaba a su izquierda y pudo acercarse-. ¡José! ¡José! ¡Hay que avanzar!
– ¡¿Qué?! -chilló José, inclinándose un poco para acercar la cabeza.
– ¡Que tenemos que avanzar! ¡Nos quedaremos sin munición, José! -Hacía señas con la mano extendida indicando las escaleras hacia abajo.
José asintió con rapidez y realizó un gesto similar a Susana, que tenía siempre un ojo puesto en él. Susana levantó una mano en señal de que había captado el mensaje.
– ¡Adelante, poco a poco, empujad! -gritó Aranda a los hombres que tenía a su lado. Entonces avanzaron todos a una, paso a paso, sujetando con fuerza los colchones y somieres. Costaba un gran esfuerzo, y al poco tiempo se encontraron con el problema añadido de tener que pasar por encima de los primeros cuerpos caídos. Uno de los hombres empezó a chillar mientras miraba al suelo: una alfombra dantesca como no la habían visto nunca. La sensación fue horrorosa: pisaban carne blanda, semidescompuesta, que a menudo cedía bajo su peso y se quebraba con un sonido viscoso; o se enfrentaban a la visión enloquecedora de una mano sacudida por espasmos residuales de un sistema nervioso que aún estaba estimulado por el agente patógeno que había provocado la infección zombi.
– ¡No miréis abajo! -chillaba Aranda-. ¡Avanzad, AVANZAD! Pero no se enfrentaban sólo a las imágenes entrecortadas que les ofrecía el resplandor de los disparos, sino al olor: un olor intenso a podredumbre que les invadía completamente. Se les cerraba la glotis sin que pudiesen evitarlo, como si alguien hubiese vaciado todo el oxígeno del edificio. Uno de los hombres no pudo más y vomitó con violencia, contrayéndose por la fenomenal arcada.
– ¡NO! -chilló Aranda.
El colchón cedió entonces por ese lado y se desestabilizó. Un par de brazos delgados y fibrosos de dedos largos y crispados aparecieron por encima de éste, forzándoles a bajarlo. Su cara estaba contraída por las innumerables arrugas que una expresión de descomunal furia dibujaba en ella.