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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Pero Susana no tardó en girar el fusil e impactarle en mitad de la cara. Cayó hacia atrás, empujado por la inercia del disparo, con el rostro tornado en una confusión aberrante de sangre y carne, y los brazos aún estirados y circundados de músculos en tensión.

Escalón a escalón, consiguieron avanzar hasta el recodo de la escalera, última fase antes del tramo de peldaños que les conduciría a la recepción. Allí, la luz del día, aunque gris y apagada, les permitía ver un poco lo que estaban haciendo, y gracias a ello los disparos volvieron a ser certeros. José, no obstante, acusaba sobremanera la falta de sueño; el fusil le pesaba más de la cuenta, y notaba los brazos temblorosos debido al esfuerzo. También sudaba demasiado, y le picaba la cara por efecto de las toxinas que no había liberado con el sueño, pero se concentraba en disparar y no fallar. Sabía que la supervivencia de al menos una veintena de personas dependía de él.

Blam. Blam.

Por fin, al caer desmañado hacia un lado, uno de los cuerpos reveló a su espalda la sala diáfana de la recepción.

– ¡Vamos! -exclamaba Aranda, empujando los somieres un último tramo-. ¡Ahora!

A medida que entraban en la sala, se abrieron los flancos a izquierda y derecha, y José y Susana los tomaron con prontitud, abriendo fuego sobre los espectros que se arracimaban allí.

Continuamente, Aranda intentaba asomarse por encima de los somieres para mirar a su izquierda, hasta que por fin divisó lo que buscaba. Era la puerta que conducía al almacén donde guardaban los suministros: el resto de las armas, los frontales, las linternas, los chalecos de la policía… todo. Dando gracias al Señor por los pequeños favores, Aranda constató que estaba todavía cerrada.

– ¡Hacia la derecha! ¡Al almacén, al almacén!

Susana tomó tierra con la rodilla para garantizar mejor precisión en sus disparos.

– ¡José! ¡La puerta del almacén!

– ¡Entendido!

Montaron un flanco de protección para permitir el paso del resto de los supervivientes, que avanzaron a sus espaldas. Fueron momentos muy intensos, que demandaban de los dos tiradores unos reflejos exacerbados. Todos los cristales de la pared estaban rotos, y los espectros irrumpían por ellos como un torrente.

Cuando el tramo que les separaba de la puerta del almacén estuvo expedito, Aranda se precipitó hacia ella con rapidez. Por un segundo le sobrevino la imagen de un rostro descompuesto precipitándose hacia él al abrir la puerta, pero no ocurrió nada de eso. El almacén estaba tan despoblado y oscuro como cabía esperarse.

– ¡Uriguen, cabrón! -gritó José mientras seguía descargando contra los zombis.

– ¡Ya casi estoy! -le respondió Uriguen, que entraba en el almacén a recoger su fusil. Aranda había cogido algunos más y los distribuía entre los otros supervivientes; ya no importaba si sabían disparar o no, cualquier ayuda resultaría inestimable.

– Dios mío… vamos a conseguirlo… -decía uno de los hombres con lágrimas en los ojos mientras observaba cómo era derribado un espectro tras otro.

Pero entonces, Susana cayó hacia atrás, como si le hubieran propinado un fenomenal empujón. Su espalda golpeó contra el suelo, y el fusil cayó a un lado, rebotó sobre la culata y quedó tendido, inerte e inútil.

– ¡SUSANA! -gritó José. Un coro de exclamaciones de sorpresa y miedo se extendió entre el resto del grupo que esperaba detrás y distribuido entre las escaleras y el almacén.

José avanzó lateralmente hacia Susana, sin dejar de disparar. Su mirada cambiaba constantemente entre ella y los atacantes. También Aranda corrió hacia ella. Mientras lo harían, Susana hizo un amago de incorporarse, pero se rindió casi inmediatamente, llevándose una mano al pecho.

Aranda llegó primero, arrodillándose a su lado sin saber qué le ocurría. Pero cuando le cogió de la mano fue del todo evidente: una aparatosa mancha de sangre teñía la zona de la clavícula izquierda.

Juan la miró, sin comprender, pero cuando ella le devolvió la mirada y le apretó la mano, lo comprendió todo. Le habían disparado, y sabía muy bien quién había sido. Se giró, con el rostro rojo de rabia, buscando entre los zombis y más allá de ellos.

– ¡¿Qué ha pasado?! -preguntó José.

Otro hombre se acercó a Susana y pasó la mano por debajo de su cuerpo, tanteando con cuidado. Por fin, exhaló un suspiro de alivio.

– Tiene orificio de salida, gracias a Dios. ¡Hay que taponar la herida!

Para entonces, Uriguen se había apostado ya junto a José y estaba disparando con toda la rapidez que le era posible. Otros tres hombres hacían lo mismo, pero sus disparos eran erráticos y demasiado espaciados como para resultar de ayuda.

Mientras Susana era atendida, Juan se puso de pie, buscando frenético al sacerdote entre las filas de los muertos vivientes. Moses, que lo había visto todo desde su posición en la escalera, también había adivinado que el cura había disparado contra Susana y buscaba su rostro con desesperación. Sentía que el tiempo se agotaba. Si el cura conseguía eliminar también a José, la situación se comprometería terriblemente. "Dónde estás, hijo de puta", se repetía mentalmente. Se erguía cuanto le era posible, por encima de la horripilante amalgama de cadáveres, tratando de ver el fondo de la sala. Un pequeño reloj mental marcaba el paso del tiempo con redobles de campana. El segundero tenía forma de guadaña.

XXXVII

La sala de enfermería era una tumba, lúgubre y silenciosa. La luz se había ido, pero no estaban totalmente a oscuras; la claridad se esparcía por un pequeño ventanuco que se abría en la pared, cerca del techo.

Nadie decía nada. Jaime aún dormía plácidamente, respirando con regularidad. Carmen se concentraba en esa rítmica cadencia para intentar no pensar en su situación actual. De vez en cuando, se escuchaba un ruido tras la puerta, aunque nunca eran capaces de determinar de qué se trataba.

Mientras esperaban, el doctor Rodríguez se embarcaba en sombríos pensamientos. Por un lado se preguntaba cómo estarían los demás, si estarían también amenazados o habrían controlado la situación. Tenía gran fe en que así fuera; ya había visto a los chicos en acción y resultaban todo un espectáculo para la vista. Por otro lado, no podía parar de pensar en la cacería nocturna: ¿Habrían conseguido capturar al misterioso sacerdote? ¿Habían conseguido volver siquiera? ¿Estaría relacionado eso con el hecho de que ahora había zombis dentro del recinto? ¿Se trataba de un ataque del sacerdote? Cuánto ansiaba analizar su sangre, su tejido celular, todos sus secretos. Si conseguían ser ignorados por los zombis, ése sería el fin de la época de terror que estaban atravesando. No necesitarían esconderse. Podrían limpiar la ciudad entera, con algo de tiempo. Recuperar el mundo entero.

Otra parte de su mente se preocupaba por su improvisado laboratorio. Tenía allí los viales con varias cepas que había podido extraer por propagación en cultivos de tejidos de los cadáveres examinados. Si se perdían, tardaría al menos una semana en extraerlos de nuevo.

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Сюжет
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