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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Se asomó a la habitación con infinito cuidado, como el que abre una cesta esperando encontrar dentro una serpiente venenosa. Primero vio las camas, deshechas pero vacías, y sólo entonces reparó en una forma de aspecto humanoide que permanecía inmóvil cerca de la pared del fondo. Sus ojos blancuzcos, que resaltaban en medio de las penumbras, se mantenían fijos en el techo. Se escondió rápidamente tras el marco de la puerta.

"Bien", se dijo, intentando mantener la serenidad, "ahí está…". Se daba perfecta cuenta de que no iba a poder cruzar hasta el otro lado sin llamar la atención del zombi, así que levantó el fusil con cuidado de no hacer ruido y empezó a asomarlo por el marco.

Cuando casi lo tuvo a tiro, un ruido atronador y violento desgarró el silencio que le rodeaba. El marco de la puerta, a escasos centímetros de su cabeza, estalló como un grano de maíz en un microondas. El zombi que estaba en la habitación dejó escapar un ruido ronco y abominable. Peter se agachó instintivamente; ¡le estaban disparando! Giró la cabeza siguiendo la fuente del sonido y lo vio… con ojos blancos y grandes como huevos taladrándole la mirada. Era el sacerdote.

Peter se lanzó al interior de la habitación en un desesperado intento de salir de su línea de tiro. Cayó encima de la cama, donde intentó darse la vuelta como pudo. No fue demasiado rápido, no obstante, y el muerto viviente se lanzó sobre él como un perro que no ha comido en una semana, con los dientes grandes y horribles asomando en su boca congelada en un grito eterno. Peter le detuvo lanzando su mano hacia la cabeza mientras sujetaba su muñeca con la otra. El fusil se deslizó a un lado y quedó bajo su espalda, fuera de todo alcance.

El Padre Isidro apareció en el umbral. Su sonrisa perfecta destacaba contra sus facciones oscurecidas por la falta de luz. Le apuntaba con el cañón de su pistola.

"Dios, oh Dios…". La mente de Peter era una vorágine de pensamientos contradictorios mientras luchaba por impedir que el zombi se le acercara. Buscaba su carne con una vehemencia animal.

– Éste -dijo el Padre Isidro, moviendo el cañón de su pistola arriba y abajo- es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados…

– ¡NO! -chilló Peter, adivinando su próximo movimiento.

En el último momento, dejó que el zombi se inclinara sobre él, y el disparo le impactó directamente en la parte superior de la espalda, cerca de la nuca. Pero el muerto viviente pareció no notar nada.

El sacerdote dio unos pasos para buscar un ángulo mejor, sin dejar de apuntarle. Peter luchaba con todas sus fuerzas, empujando su cabeza ya con ambas manos; el contacto con la piel era blando y gomoso.

Entonces, el Padre Isidro soltó un chillido agudo y cayó al suelo, dejando caer el arma. Mientras pugnaba con el zombi, sintiéndose como un escarabajo que intenta darse la vuelta sin éxito, Peter intentaba mirar hacia abajo para ver qué había ocurrido; hasta sus oídos llegaban ruidos confusos que no podía identificar.

– ¡Lo tengo! -dijo una voz debajo de la cama.

Entonces alguien tiró del zombi hacia atrás, alejándolo de él. Peter pestañeó varias veces, jadeante, intentando comprender. Era el doctor Rodríguez, que había cogido al espectro por el cuello, usando ambos brazos, y lo mantenía alejado de su cuerpo. El muerto se debatía con violencia, sacudiendo ambos brazos.

– ¿Qué…? -musitó Peter, sin comprender.

– ¡SUÉLTAME, PERRO HIJO DE SATANÁS! -bramó el sacerdote detrás suya.

Peter se giró, asomándose por el borde de la cama. Allí estaba Dozer; tenía al párroco debajo de su cuerpo y le sujetaba los brazos con sus manos grandes y fuertes.

– ¡Ayúdame con éste! -pidió entonces el doctor.

– ¿Qué cojones…? -decía Peter, aún sin comprender. Su mente intentaba encajar las piezas del puzzle que se le había presentado cuando Carmen asomó por el otro extremo de la cama, y por fin entendió…

– ¡Joder! -exclamó. Cogió el fusil y se puso enfrente del doctor-. Vale… ¡lánzalo allí!

El doctor empujó al zombi contra el fondo de la sala, y Peter le disparó antes de que pudiera incluso volverse. El impacto fue impecable: su cabeza se redujo a un muñón anguloso y quedó tendido de espaldas en el suelo.

En unos minutos, tuvieron al párroco atado de pies y manos y descansaban todos de la experiencia sufrida. Habían vuelto a subir a Jaime encima de la cama, pero Dozer había preferido quedarse de pie, apoyado contra el colchón; aseguraba que sentía menos presión en el pecho. Mientras tanto, Peter, que había sido informado de los dos espectros que se habían perdido por el corredor hacía ya un rato, se mantenía alerta vigilando el umbral fusil en mano.

– Perdona que no te ayudásemos antes, Pí -dijo Dozer-. Es que no sabíamos qué pasaba…

– No hay problema… -respondió Peter, sonriendo-. Si no hubieseis estado ahí abajo, ese cabrón me habría hecho un agujero nuevo.

– Joder que sí…

El párroco les miraba, sin decir palabra. Carmen, que había estado estudiándolo en todo momento, tenía la piel de gallina. Había algo en su semblante sereno y sus ojos perversos que le olía francamente mal. El Padre Isidro la miró. En sus pupilas bailaban los fuegos fatuos de la locura.

XL

Los héroes de la jornada en aquel aciago y lluvioso día resultaron ser dos chicos jóvenes que habían llevado sus vidas de una forma bastante anónima dentro de la Comunidad. Hacían sus tareas pero, por lo general, preferían pasar su tiempo aislados, bien paseando por las pistas o recluidos en sus habitaciones.

Mientras todos luchaban en recepción intentando expulsar a los zombis del edificio, ellos se preguntaron qué pasaría si el grupo de combate caía. Estarían atrapados como ratones en su madriguera; aunque se encerrasen tras alguna de las puertas, sería sólo cuestión de tiempo que éstas acabasen venciendo ante los envites de los muertos vivientes.

Buscando una ruta de escape alternativa, los chicos consiguieron encaramarse al alféizar de la ventana. Desde allí, se sirvieron de una gruesa cañería para subir hasta el pequeño tejado a dos aguas. Hubo más de un momento de tensión porque la lluvia caía abundante y hacía que las superficies fueran resbaladizas y peligrosas, pero pronto se encontraron arriba, enfrentados a unas espectaculares vistas de las instalaciones tristemente invadidas por los caminantes.

Desde allí había varias rutas que tomar. Primero pensaron que podrían saltar de un módulo a otro hasta llegar al edificio de la enfermería. Habían hecho ciertas migas con Jaime, y desde luego sabían que Dozer estaba también allí, recuperándose de su costilla rota; podrían al menos saber si estaban bien y a salvo. Pero entonces, el más joven de los dos, asomado por el borde de la cornisa, divisó la interminable fila de espectros que entraban por las puertas de Carranque y describía una hilera hasta la recepción. Era como una columna de hormigas, que se agitaban afanosas y tercas en conseguir su objetivo.

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