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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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– Tengo una idea -dijo el chico a su amigo. En sus ojos brillaba la chispa de la genialidad.

Cuando escuchó el plan, su amigo asintió con rapidez y contundencia. Volvieron sobre sus pasos, y volvieron a entrar en el edificio a través de la ventana; para entonces ya estaban completamente empapados. Fueron derechos a la pequeña oficina ubicada al principio del pasillo distribuidor, donde habían acumulado gran variedad de productos como bolsas de patatas y frutos secos, pero también una buena cantidad de botellas de alcohol, sobre todo whisky. No bebían mucho, sobre todo porque cada uno tenía responsabilidades que atender cada día y había que mantenerse sobrio y útil, pero de vez en cuando se permitían alguna pequeña reunión social, y entonces el whisky era un bien muy aplaudido.

La idea, por supuesto, era fabricar un cóctel molotov, utilizando el whisky como habían visto hacer en innumerables películas. La prueba que hicieron, utilizando una vieja camiseta como mecha, sin embargo, no funcionó en absoluto: el whisky se evaporaba rápidamente y el invento acababa resultando más una molestia temporal que otra cosa. Decepcionados, se dejaron caer en el suelo.

– En La Mitad Oscura funcionaba… -dijo el más joven.

– Pues ya ves que no. Además está la lluvia… -dijo el otro-. Necesitamos otra cosa.

Buscaron por la habitación, excitados por el sonido constante de los disparos que les llegaba desde abajo. Algunas de las mujeres seguían deambulando por los pasillos, abrazadas unas a otras; no se atrevían a bajar, porque la escalera era una alfombra salvaje de cuerpos abatidos y apilados en escalofriantes montañas.

Por fin, uno de los chicos encontró lo que buscaba: olvidados en un rincón había algunos botes de disolvente de tamaño industrial. Un gráfico naranja surcado por bordes amarillos adornaba todos los botes con una señal escrita en grandes caracteres de imprenta:

ALTAMENTE INFLAMABLE

Probaron a verter un poco en la misma esquina donde habían hecho la prueba con el whisky, y el líquido, pese a ser poco, se mantuvo en llamas durante más de medio minuto, burbujeante como un lago de lava. Satisfechos, vaciaron las grandes botellas de whisky y montaron sus pequeñas bombas: diez de ellas estuvieron pronto dispuestas en una pequeña caja de cartón rígido provista de tapadera.

Subirlas al tejado fue, sin embargo, una extraordinaria prueba de habilidad y fuerza en sí misma. Cada botella de whisky pesaba cuatro kilos y medio, así que el total ascendía a cuarenta y cinco kilos de peso. Pero finalmente, se encontraron de nuevo encaramados al tejado de dos aguas, jadeantes, con los brazos cansados y las gotas de lluvia resbalando de sus cabellos húmedos.

Muy poco después, se encontraban a menos de diez metros de la entrada principal, por donde los caminantes se infiltraban en el campamento como hinchas de algún grupo musical el día álgido del concierto estrella de la temporada.

– Con fuerza, ¿eh? -dijo el más joven prendiendo la primera mecha. Había entreabierto la caja para evitar que la lluvia mojara los trozos de tela que iban a servir de mecha.

El chico cogió la botella, la sopesó en su mano unos breves segundos y la lanzó contra la puerta. La botella evolucionó por el aire describiendo una órbita elíptica e impactó justo donde la querían; cayó entre los zombis que estaban cruzando bajo la verja de hierro y se inflamó con un ruido fabuloso, crepitante. Los espectros que fueron alcanzados se convirtieron en teas humanas, bolas de fuego que rápidamente perdieron el sentido de la orientación y quedaron inmóviles, impidiendo el paso a los que iban detrás. Corpúsculos incendiados caían de la masa incandescente que eran sus cuerpos; el suelo era un infierno llameante cuyas lenguas de fuego lamían las ropas de los zombis que pasaban alrededor.

Los chicos aullaron de contento, sorprendidos por el inesperado éxito de su plan. Daban saltos sobre sus pies y levantaban los brazos, henchidos de euforia. Cogieron un par de botellas más y las lanzaron contra la puerta. De nuevo los lanzamientos se produjeron con un acierto enorme, y la entrada de la Ciudad Deportiva se convirtió en un fulguroso horno humeante. Los espectros que habían ardido primero empezaban a caer al suelo, incapaces ya de mantenerse en pie. Su carne podrida, envuelta en las ropas que les eran propias, ardían con una facilidad fascinante. Los que venían detrás se contagiaron con rapidez, pese a la lluvia. Bien era un espectro que se giraba con un brazo envuelto en llamas, o una lengua de fuego que se abría paso por el suelo a medida que el disolvente se extendía y prendía los bajos de los zombis aglomerados en la entrada; en cuestión de medio minuto se había declarado una hoguera de proporciones considerables.

Tiraron todavía tres botellas más, para asegurarse de que la lluvia no mermara el efecto del fuego. El líquido del disolvente se propagó, codicioso. Un total de trece litros adicionales de disolvente en llamas desparramándose por la acera prendieron todo cuanto tocaron, bloqueando efectivamente la entrada al recinto; al menos, por un buen rato.

Y mientras los chicos celebraban su iniciativa en el tejado, soltando lapidarias y elocuentes frases extraídas directamente de discursos de la industria del cine americano, quiso el Señor en los Cielos darles un respiro aun mayor: de repente, dejó de llover.

El fuego redobló su intensidad.

XLI

La contundente maniobra estratégica de los dos jóvenes tuvo inmediatas repercusiones en la recepción. Aguantando la respiración, todos fueron conscientes de que el número de atacantes estaba mermando en cuestión de segundos. Cuatro disparos más tarde, los tiradores se quedaban mirando, atónitos, a un único zombi traspasando el marco del ventanal roto, cuya pierna, completamente ennegrecida, humeaba débilmente.

José apuntó entre los ojos y disparó.

De repente, tras el eco ominoso del disparo rebotando por los altos techos de la recepción, se produjo el silencio. Aún quedaban zombis vagando por el exterior, repartidos por toda la instalación; muchos, de hecho, pero parecían caminar erráticos y no habían reparado en ellos. La hilera interminable había terminado. Lo habían conseguido.

Todos al unísono, los supervivientes se lanzaron a una ovación de profundo júbilo que sabía a victoria: un clamoroso estruendo donde todos se entregaron a dar gritos de entusiasmo, levantar los brazos en señal de triunfo, y abrazarse unos a otros con los ojos anegados en lágrimas pero con radiantes sonrisas en sus rostros agradecidos.

José soltó el fusil, dejándolo colgar, bamboleante, de la cinta de cuero que lo mantenía sujeto al hombro. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que una sonrisa le floreciera en los labios. Extendió las manos hacia delante; le dolían todos los huesos de la mano, el antebrazo y los hombros; cada pequeño músculo gimoteaba suplicando una pausa. Incluso mantenerlos ligeramente levantados le provocaba un dolor vivo y persistente.

– ¿Estás bien, pecholobo? -le preguntó Uriguen, acercándose a él.

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Сюжет
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