El vals lento de las tortugas
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
– ¡Un sortilegio! ¡Pero si esas cosas no existen!
– Sí, sí, de verdad: la han estado embrujando con un muñeco vudú.
– ¡Mi pobre Marcel! ¡Has perdido la cabeza!
– Escucha… Al principio, pensaba como tú, no quería creerlo. Y después me he visto obligado a constatar…
– ¿El qué? ¿Le han salido cuernos?
– ¡No seas tonta! ¡Es algo más sutil!
– Tan sutil que no consigo creérmelo.
– ¡Escúchame, te digo!
– ¡Ya te escucho, hombre!
– Le ha perdido el gusto a todo, se siente vacía como una bañera, se queda en la cama todo el día y ya no juega con el pequeño. Por eso está creciendo tan rápido… Quiere quitarse los pañales y ayudarla.
– ¡Estáis todos zumbados!
– Habla con monosílabos. Levantarla es una lucha, dice que tiene puñales clavados en la espalda, que tiene doscientos años, que está completamente oxidada… ¡Y hace tres meses que dura!
– Es cierto que ése no es su estilo…
– He acabado llamando a madame Suzanne, ya sabes, nuestra…
– ¿Esa que tú llamas la curadora de almas y yo, la curandera?
– Sí. Lo ha dejado muy claro: Bomboncito está embrujada. Desean que muera, a fuego lento. Desde entonces ella intenta deshacer el hechizo, pero cada vez que mejora, que tiene dos días buenos, come un poco, sonríe, apoya la cabeza sobre mi hombro, yo contengo el aliento… y vuelve a recaer. Dice que siente como si la desenchufaran. Como si le arrebataran la vida. Madame Suzanne ya no sabe qué hacer. Asegura que es un hechizo muy poderoso. Que va para largo. Mientras tanto, nosotros, nos vamos muriendo lentamente. La chica que se ocupaba del bebé tiene por misión no dejar a Bomboncito ni un instante. Tengo miedo de que haga alguna tontería. Y yo me ocupo de Júnior…
– Los dos estáis agotados, eso es todo. ¡Tampoco son edades para tener un bebé!
Marcel la miró como si le retirara su razón para vivir. Todo el azul de su mirada desapareció y en un segundo sus ojos parecieron completamente apagados.
– ¡No debes decir esas cosas, Ginette! Me decepcionas mucho.
– Perdóname. Tienes razón. Los dos sois fuertes como robles. ¡Dos robles con un pajarito en la copa!
Se acercó a Marcel, pasó la mano sobre su cuello de toro. Le acarició dulcemente. Él se contrajo entre sus brazos plegados y gimió:
– Ayúdanos, Ginette, ayúdanos… Ya no sé qué hacer.
Ella continuó masajeándole el cuello y los hombros. Le habló suavemente de su fuerza, de su poder en los negocios, de su tenacidad, de su astucia, del imperio industrial que había creado, solo, escuchando sólo a su instinto. Ella sólo pronunciaba, a propósito, palabras contundentes que pudiesen tonificarle el alma.
– ¿Se lo has contado a alguien más?
Él le lanzó una mirada perdida.
– ¿A quién quieres que se lo cuente? ¡Van a pensar que me he vuelto loco!
– Eso seguro.
– Reaccioné como tú cuando madame Suzanne me lo contó. La envié a hacer gárgaras. Y después estuve informándome. Hice una verdadera investigación. Esas cosas existen, Ginette. No se habla de ellas porque tenemos raíces cuadriculadas en la cabeza, pero existen.
– En los países del vudú, ¡en Haití o en Uagadugú!
– No. Por todas partes. Lanzan un sortilegio, un mal sortilegio, y la víctima se queda atada a la infelicidad. Atrapada en una tela de araña. Ya no puede moverse, no puede hacer nada sin provocar adversidades. El otro día, Bomboncito quiso sacar al pequeño al parque y ¿sabes qué? ¡Se torció el tobillo y le robaron el bolso! Cuando intentó planchar una de mis camisas, se le quemó la plancha y, hace dos días, cogió un taxi para ir a la peluquería, y tuvo un accidente en el primer cruce…
– Pero ¿quién podría odiarla hasta el punto de desear la muerte, la muerte de los dos?
– No lo sé. Ni siquiera sabía que ese tipo de cosas existían. Así que…
Levantó los brazos y los dejó caer pesadamente.
– Eso es lo que hay que encontrar… ¿Has sido algo duro en los negocios últimamente?
Marcel sacudió la cabeza.
– No más que de costumbre. Nunca hago malas jugadas, ya lo sabes.
– ¿Te has peleado con alguien?
– No. Incluso estoy más bien afable. Soy tan feliz que tengo ganas de que todo el mundo sea feliz a mi alrededor. Mi personal es el mejor pagado del mundo, las primas enternecerían al más rígido de los sindicalistas, reparto escrupulosamente todos los beneficios y, ya lo has visto, he instalado una guardería para los hijos de los empleados, una pista de petanca en el patio para el descanso de la comida… Sólo falta el chiringuito y la playa ¡y convierto mi negocio en el Club Med! ¿Verdad?
Ginette se sentó a su lado y permaneció pensativa.
– Por eso ella ya nunca viene a vernos -dijo ella en voz alta.
– ¿Cómo quieres que te lo cuente? Siente vergüenza, además. Hemos visitado a todos los especialistas, toneladas de escáneres, de radios, de informes. No encuentran nada. ¡Nada!
Sobre el sofá, Júnior se dejaba los ojos intentando descifrar su guía. Ginette permaneció un momento observándole. Es un niño algo extraño, de todas formas. A su edad, un bebé juega con las manos, los dedos de los pies, un peluche ¡pero no hojea las guías telefónicas!
Él levantó los ojos y la miró fijamente. Tenía los ojos azules de su padre.
– ¡Bu-jo!-balbuceó, cubierto de baba-. Bu-jo.
– ¿Qué dice? -preguntó Ginette.
Marcel se incorporó, alelado. Júnior repitió. Tenía las cuerdas vocales tan tensas que parecía que se iban a romper, y eso le provocaba líneas rojas en el cuello. Un triángulo de venas violeta se había encendido en su entrecejo. Ponía toda su energía de bebé para intentar hacerse entender.
– Brujo -tradujo Marcel.
– ¡Es lo que yo pensaba! Pero cómo…
– Compruébalo. ¡Ha debido de ver un anuncio publicitario de uno de esos hechiceros de pacotilla!
¡Dios mío!, pensó Ginette. ¡Soy yo la que voy a volverme loca!
Mylène no podía creerlo: los azulejos del cuarto de baño se despegaban y se le había quedado en la mano el pomo de la puerta. «¡Joder!», exclamó, «¡hace nueve meses que vivo en este piso y ya empieza a escacharrarse!». Eso sin hablar de la estantería sobre la cama que se le había caído encima, de los plomos que provocaban cortocircuitos, llenando la noche de fuegos artificiales, y del frigorífico que funcionaba al revés y producía aire caliente.
Cuando llamaba a alguien para arreglarlo, apenas se había marchado el hombre ya se desbarataba todo de nuevo. Ya no puedo vivir más aquí. Estoy harta de hablar con mis manos o de farfullar un mal inglés, de pasarme las noches viendo karaokes estridentes en la televisión, de ver gente escupir, eructar, tirarse pedos en la calle, de pisar comida tirada en el suelo. De acuerdo, se pasan el tiempo riendo y desbordan energía, de acuerdo, sólo con agacharte ya recoges beneficios, pero estoy cansada. Tengo ganas de las orillas del Loira, de un marido que vuelva por la noche, de unos niños a los que ayudaría a hacer los deberes y de la jeta del presentador del telediario francés en mi televisión. ¡No será aquí donde encuentre eso! ¡El Loira no se da una vuelta por Shanghai, que yo sepa! Una casita en Blois con un marido que trabaje en Gas de Francia, unos niños a los que pasearía por los jardines del Obispado, para quienes cocinaría pasteles y recitaría la historia de los Plantagenêts. Había colgado un plano de la ciudad en la pared de la cocina y hacía vaticinios frente a él, estudiándolo con detalle. Sus crisis de Blois eran cada vez más frecuentes. Soñaba con los tejados de arcilla, riberas arenosas, viejos puentes de piedra, formularios de la Seguridad Social que rellenar, y baguettes tiernas no demasiado cocidas recién sacadas del horno de la panadera. Pero sobre todo, sobre todo, quería hijos. Durante mucho tiempo había optado por ignorar sus inclinaciones maternales, dejando para más tarde una tarea que sellaría el final de su carrera, pero ya no podía engañarse, su vientre reclamaba habitantes.