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El vals lento de las tortugas

Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:

La novela continúa con la vida de las y los protagonistas de Los ojos amarillos de los cocodrilos: Joséphine y Zoé se han instalado en un buen barrio de París gracias al éxito de la novela que finalmente ha reivindicado su verdadera autora.
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
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Volvieron a llamar a la puerta.

– ¡Un momento! -gritó vigilando el agua hirviendo sobre el polvo negro.

– ¡Tómate el tiempo que necesites! ¡Sólo soy yo! -respondió una voz, que era la de Marcel.

¿Marcel? ¿Qué hacía aquí al alba?

– ¿Tienes algún problema? ¿Has olvidado las llaves del despacho?

– ¡Tengo que hablar contigo!

– Ya voy -repitió Ginette-, sólo un minuto.

Terminó de verter el agua, dejó el hervidor, cogió un trapo y se secó las manos.

– ¡Te lo advierto, todavía estoy en camisón! -anunció antes de abrir.

– ¡Me da igual! ¡No me enteraría de nada aunque estuvieses en tanga!

Ginette abrió y entró Marcel, llevando a Júnior sobre el vientre.

– ¡Pero bueno, menuda visita! ¡Dos Grobz en el umbral! -exclamó Ginette haciendo una seña a Marcel para que entrase.

– ¡Ay, mi pobre Ginette!-murmuró Marcel-. Es terrible lo que nos está pasando… ¡Nos ha caído de golpe! ¡No lo hemos visto venir en absoluto!

– ¿Y si empezases por el principio? ¡Si no, no voy a entender nada!

Marcel se sentó, sacó a Júnior del portabebés, lo sentó sobre las rodillas y cogió un trozo de pan que colocó en la boca del niño.

– Vamos, mi chico, ejercita los dientes mientras charlo con Ginette…

– ¿En qué edad anda este amorcito?

– ¡Ya va por su primer aniversario!

– ¡Pero bueno, si parece mucho más viejo! ¡Qué fuerte está! Pero ¿cómo es que te lo traes al trabajo?

– ¡Ay! ¡No me hables! ¡No me hables!

Balanceaba la cabeza, desesperado. No se había afeitado y tenía una mancha de grasa en el reverso de la chaqueta.

– Sí, precisamente, háblame.

El comenzó, la mirada baja:

– ¿Recuerdas el estado de felicidad en el que estaba la última vez que cenamos aquí con Josiane?

– ¿Justo antes de Navidad? Nos dejaste mareados. ¡Ya no aguantábamos más!

– Exultaba, estaba henchido de alegría, ¡estallaba de júbilo! Cuando llegaba al despacho por la mañana, le pedía a René que me mordiese la oreja, sólo para comprobar que todo eso era verdad.

– ¡Querías instalar una sillita de bebé en tu despacho para iniciar al chico!

– Eran los buenos tiempos, éramos felices. Ahora…

– Ahora ya no se os ve. Os habéis disfrazado de fantasmas.

Él abrió los brazos en señal de impotencia. Cerró los ojos. Suspiró. El bebé basculó, él lo atrapó y, con sus dos manos fuertes de vello rojo, se puso a masajearlo. Hundía sus falanges en la barriguita redonda de Júnior, que se dejaba manosear con un rictus de dolor.

– ¡Basta, Marcel, que el chavalín no es de plastilina!

Marcel relajó la presión. Júnior respiró aliviado y tendió la mano a Ginette para agradecerle su intervención.

– ¿Has visto? -exclamó Ginette, anonadada.

– Lo sé, ¡es un genio! Pero, pronto, no será más que un pobre huérfano.

– ¿Se trata de Josiane? ¿Está enferma?

– La peor de las enfermedades: lo ve todo negro. Y eso, preciosa, ¡no tiene remedio!

– ¡Vamos! ¡Vamos!-le animó Ginette-. Es la depre posparto. ¡Les pasa a todas las mujeres! Eso termina curándose.

– ¡Es peor! ¡Mucho peor!

Él se inclinó y susurró:

– ¿Dónde está René?

– Está vistiéndose. ¿Por qué?

– Porque… lo que te voy a decir es algo totalmente secreto. Ni hablar de contárselo.

– ¿Ocultarle algo a René?-se ofuscó Ginette-. ¡No podría hacerlo en la vida! ¡Quédate con tu secreto, que yo me quedo con mi marido!

La expresión de Marcel volvió a oscurecerse. Volvió a estrechar a Júnior contra sí y a masajearlo. Ginette arrancó al niño de las manos de su padre.

– ¡Dámelo, vas a terminar sacándole las vísceras!

Marcel se hundió, los dos codos sobre la mesa.

– ¡Estoy al límite! ¡No puedo más! ¡Éramos tan felices! ¡Tan felices!

Se meneaba, se pasaba la mano por el cráneo, se mordía el puño. Su peso hacía gemir la silla. Ginette iba de un lado a otro de la habitación, con Júnior apoyado en el hombro. Hacía mucho tiempo que no había sostenido a un bebé en brazos y estaba emocionada. La ternura que sentía por Júnior rebotó sobre Marcel, ese buen Marcel que se comía las uñas y sudaba la gota gorda.

– ¡Pero tú estás enfermo, hombre! -dijo Ginette al verle de color carmesí.

– ¡Ay! Lo mío es sólo angustia, pero Josiane… ¡Si la vieras! ¡Un velo blanco! ¡Una aparición! Va a acabar ascendiendo a los cielos.

Se hundió sobre sí mismo y dejó de retener las lágrimas.

– No puedo más, no me funcionan los circuitos. Vago por la casa como un viejo ciervo al que le han limado las astas. Ya no bramo, estoy hecho una bayeta empapada y arrugada. Ya no sé lo que firmo, no me acuerdo de mi nombre, ya no duermo, ya no como, se me abren las carnes y las entrañas. Apesto a desgracia. ¡PORQUE LA DESGRACIA HA ENTRADO EN LA CASA!

Se había apoyado sobre los codos y rugía. René entró en la cocina y soltó una blasfemia.

– ¡Hostia! ¿Qué le pasa al pobre mohicano este? ¡Menudo jaleo está armando!

Ginette comprendió que debía coger la sartén por el mango. Instaló a Júnior en el sofá, le rodeó de cojines para que no se cayera, dejó ante Marcel y René la jarra de café aromático, cortó las rebanadas, las untó con mantequilla y les tendió el azucarero.

– Primero desayunáis, después me quedo con Marcel y le confieso.

– ¿No quieres contármelo a mí? -preguntó René, desconfiado.

– Es algo especial -explicó Marcel, incómodo-, sólo se lo puedo contar a tu mujer.

– ¿Y yo no puedo saberlo?-se extrañó René-. He dejado de ser tu viejo colega, tu hombre de confianza, tu brazo derecho, tu brazo izquierdo ¡y hasta a veces tu cerebro!

Marcel agachó la cabeza, confuso.

– Es algo íntimo -dijo royéndose las uñas.

René se acarició el mentón y después soltó:

– ¡Venga! ¡Confiésale! Si no se va a ahogar…

– Come primero. Hablaremos después…

Desayunaron los tres juntos. En silencio. René agarró su gorra y salió.

– ¿Va a estar cabreado?

– Se siente herido, eso seguro. Pero prefería que me diese su conformidad. No soy muy buena para los secretitos…

Echó una mirada a Júnior, que seguía sentado en medio de los cojines y escuchaba.

– Habría que entretenerle con algo…

– Dale algo para leer. Eso le encanta.

– ¡Pero si yo no tengo libros para bebés!

– ¡Cualquier cosa! Lo lee todo. Incluido el listín.

Ginette fue a buscar la guía telefónica y se la tendió a Júnior.

– Sólo tengo las páginas amarillas…

Marcel levantó la mano, sin argumentos. Júnior cogió la guía, la abrió, puso un dedo sobre una página y empezó a babear encima.

– De todos modos ¡es bastante rarito tu chiquillo! ¿Se lo has enseñado al médico?

– Si sólo hubiese eso de extraño en mi vida, sería el más feliz de los hombres…

– Habla y deja de llorar ¡que vas a coger frío en los ojos!

El se sorbió los mocos y se sonó con la servilleta de papel que le tendía Ginette. La miró con aire temeroso y soltó:

– Es Bomboncito. Le han echado un sortilegio.

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