Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Vamos, vamos, cariño -dijo apretándola contra su pecho-. No voy a divorciarme de ti aunque lo ordenase Júpiter Optimus Maximus en persona. ¡Aunque viviéramos mil años no me divorciaría!
La niña lanzó una risita, haciendo ruido con la nariz, y dejó que él le enjugase las lágrimas con el pañuelo.
– ¡Suénate! -dijo César, y ella así lo hizo-. Bueno, ya está bien. No hay por qué llorar. Eres mi esposa y lo seguirás siendo pase lo que pase.
Cinnilla le rodeó el cuello con un brazo y se echó a reír, hundiendo la cabeza en el hombro de él.
– ¡Oh, César, te quiero! ¡Cuánto me cuesta esperar a hacerme mayor!
Aquellas palabras le conmovieron. Y sentía el bultito de sus pechos incipientes, pues sólo vestía una túnica. Acercó la mejilla al pelo de Cinnilla, pero la soltó con delicadeza para no caer en la tentación de algo que su honor le impediría concluir.
– Júpiter Optimus Maximus no baja en persona -dijo ella, como buena niña romana que conocía la religión-. El está en donde Roma está… por eso Roma es la mejor y la más grande.
– ¡Qué estupenda flaminica dialis hubieras sido!
– Lo habría procurado. Por ti -dijo ella, alzando la cabeza para mirarle-. Si Sila te dijo que te divorciases de mí y tú no has querido, ¿él va a intentar matarte? ¿Te marchas por eso, César?
– Desde luego que intentará matarme, y por eso me marcho. Si me quedase en Roma, podría matarme fácilmente, porque tiene muchos sicarios y nadie sabe quiénes son. Pero en el campo correré menos peligro -dijo, haciéndola saltar en sus rodillas como hacía al principio, cuando había venido a vivir con ellos-. Cinnilla, tú no tienes que preocuparte por mí. Mi vida es demasiado resistente para que Sila pueda cortarla. Ya verás. Tú lo que tienes que hacer es no dejar que mater se preocupe.
– Lo intentaré -contestó ella, besándole en la mejilla, sin atreverse a hacer lo que deseaba, que era besarle en la boca y decirle que ya era mayor.
– ¡Muy bien! -dijo él, bajándola de su regazo y levantándose-. Volveré cuando muera Sila.
Y sin más, salió del cuarto.
Al llegar a la puerta del Quirinal, César se encontró con Lucio Decumio y sus hijos, que estaban esperándole. Habían repartido el dinero entre las dos mulas para que no fuesen muy cargadas, y las bolsas de cuero estaban disimuladas en falsos fondos de baldes llenos de rollos de pergamino.
– Esto no lo habrás ingeniado hoy mismo -dijo César, sonriendo-. ¿Es así como transportas el producto de tus pillajes?
– Anda, habla con tu caballo. Pero primero quiero decirte una cosa: que el dinero lo cargue Burgundus. Escucha, patán -añadió, volviéndose hacia el germano, con mirada tan fiera que el gigantón dio un paso atrás-, cuando cojas estos baldes cuida bien de fingir que son como plumas. ¿Entendido?
– Entiendo, Lucio Decumio -contestó Burgundus, asintiendo con la cabeza-. Plumas.
– ¡Ahora pon el resto de las cosas encima de los libros, y si el chico echa al galope como el viento, tú no sueltes las mulas para nada!
César estaba con la mejilla pegada a la cabeza de su caballo, musitándole tiernas palabras. Sólo cuando el resto del equipaje estuvo atado sobre las mulas, se despegó de él para que Burgundus le ayudase a montar.
– ¡Cúidate, Pavo! -dijo Lucio Decumio con voz estridente y lágrimas en los ojos, agitando su mugrienta mano.
César, el epíctome de la limpieza, se inclinó y la cogió para besársela.
– Sí, papá -dijo.
Y ambos comenzaron a alejarse, desapareciendo en la cortina de nieve.
El caballo de Burgundus era el corcel de la familia, casi tan valioso como Bucéfalo, un animal niseano de raza meda mucho más grande que los caballos de los pueblos mediterráneos; había pocos caballos de aquéllos en Italia, puesto que su único uso era transportar personas de gran estatura. Muchos granjeros y comerciantes se recreaban mirándolos, pensando en su utilidad como acémilas o para uncirlos a carros pesados o al arado, dado que eran más rápidos e inteligentes que los bueyes; pero cuando se les uncía para arrastrar cargas, los arreos les estrangulaban, y como acémilas tampoco resultaban por la cantidad de pienso que consumían en el viaje. Pero un caballo corriente no hubiera podido con Burgundus, y, aunque una mula si que lo hubiera aguantado, en ella habría rozado el suelo.
César se encaminó hacia Crustumerium, agachado sobre Bucéfalo y resguardándose con la cabeza del animal. ¡ Era un crudo invierno!
Cabalgaron a toda prisa por la noche para alejarse lo más posible de Roma, deteniéndose sólo a la noche siguiente. Pero ya habían llegado a Trebula, en las estribaciones de las montañas. Era un pueblecito, pero contaba con una posada que era a la vez acogedora taberna de la localidad, y estaba llena de gente bulliciosa. Lo que no gustó nada a César fue su estado sucio y descuidado.
– Pero al menos estamos bajo techado y tendremos donde dormir -dijo a Burgundus, después de que le enseñaran el cuarto en que habían de dormir en el piso de arriba, en compañía de varios perros de pastor y seis gallinas.
Era inevitable que llamaran la atención entre los lugareños que allí había bebiendo, que luego volverían tambaleándose a sus casas en medio de la nevada, aunque algunos (como les dijo el posadero) pasarían la noche en el mismo sitio en que acabaran cayendo borrachos.
– Hay salchichas y pan -dijo el hombre.
– Bien -dijo César.
– ¿Vino?
– Agua -respondió César con firmeza.
– ¿Tan joven eres que no bebes? -preguntó el posadero, torciendo el gesto, puesto que en lo que ganaba era en el vino.
– Mi madre me mataría si probara el vino.
– ¿Y tu amigo? El ya tiene edad.
– Sí, pero es retrasado mental y es preferible que no lo cate porque es capaz de abrir un oso en canal y ha partido en dos unos leones que un pretor tenía para los juegos de Roma -dijo César muy serio, mientras Burgundus miraba con ojos vacíos.
– ¡Cáspita! -exclamó el hombre, apartándose sin pensárselo dos veces.
Nadie molestó a César al verle acompañado de aquel gigantón, por lo que pudieron sentarse en el sitio más tranquilo del bullicioso lugar y se dedicaron a contemplar el deporte local, que al parecer consistía en emborrachar a los más jóvenes, discutiendo cuánto aguantarían sin caer al suelo.
– ¡La vida del campo! -comentó César, dándose una palmada en el brazo-. ¿Acaso pensabas que Roma está demasiado lejos para que estos palurdos voten? Y sus votos cuentan, porque pertenecen a tribus rurales, mientras que hombres listos, que incluso entienden de política, han tenido la desgracia de nacer en Roma, y su voto no cuenta para nada. ¡No hay derecho!
– Estos no saben ni leer -añadió Burgundus, que ya sabía por haberle enseñado César y Cnifo-. Mejor, César -añadió, apagándose su fugaz sonrisa-. Nuestros baldes no corren peligro.
– Desde luego -contestó César, volviéndose y dándose una palmada en el brazo-. ¡ Esta posada está llena de mosquitos!
– Acuden en invierno. Con este calor podrían cocerse huevos -dijo Burgundus.
Era una exageración, pero si que hacía un notable calor, producto de lo lleno que estaba el local y del enorme fuego que ardía en un pozo de piedra en una de las paredes, que, aunque tenía un agujero en el techo para que saliera el humo, contrarrestaba sobremanera el frío con unos troncos gruesos como la cintura de un hombre, que lanzaban enormes llamaradas. Era evidente que en la boscosa Trebula no estaban dispuestos a pasar frío.