Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
– No le extrañe, por tanto, que con tantas exigencias socioculturales, nunca encuentre a la mujer que me conviene, excepto en los libros.
Clara Alonso tenía los ojos perdidos en el río.
Su sonrisa seguía siendo turbia.
Pero estaba hermosa pese a su edad.
Musitó:
– Quizá no ha buscado bien.
– Por supuesto. La verdad es que apenas me he movido del Barrio Chino barcelonés, señorita Alonso. -Mal hecho.
– Pero el Barrio Chino barcelonés me ha servido para algo. Me ha servido, por ejemplo, para tener paciencia en los servicios de esquina y para empitonar in situ a los que se acerquen a determinados sitios. Todo el que intente aproximarse a usted o a la pequeña se atendrá a las consecuencias. No me pasará inadvertido, se lo juro.
– ¿Sabe usted que el principal peligro no está aquí, sino en El Cairo?
– Lo sé.
– ¿Sabe que no puedo contar con la protección de Quílez?
«Ni con la de Galán», pensó Méndez antes de decir:
– Sí.
– ¿Sabe que estoy dispuesta a pagar?
– Lo supongo.
– ¿Y sabe que eso me impide pedir ayuda a la embajada española, e incluso a la policía egipcia? Todo el movimiento de la fabulosa suma que nos hace falta tiene que realizarse de una forma rápida, discreta y, por supuesto, ilegal. Ya me encontré una vez con un fracaso y… -su voz tembló un momento- y de ninguna manera puedo correr el riesgo de encontrarme con otro.
– Es muy fácil comprender eso, señorita Alonso.
– Por lo tanto me veo obligada a pedirle una cosa.
– ¿Qué?
– Soy una mujer derrotada. No sé dónde está el peligro, no sé de dónde viene, no sé por qué lado nos van a atacar. Tampoco puedo confiar ya en las defensas que yo misma me había organizado. Por lo tanto, si he de pagar, Méndez, le pido que no intervenga en nada, que me deje hacer. No juegue a ser un policía eficaz y eso cueste la… la vida de otra niña.
Clara Alonso hundió la cabeza. Sus ojos parecían serenos, pero Méndez, a tan corta distancia, notó que había en ellos un resplandor de lágrimas.
– Además… -añadió ella en voz muy baja, queriendo convencer a Méndez- ese dinero tampoco va a significar el hundimiento de nuestra familia. Pagaré.
– Pagará al asesino de Mercedes.
– El asesino de Mercedes está muerto.
– Su jefe vive.
Clara Alonso se retorció los dedos desesperadamente.
– Por Dios, no hable así…
– Hablo así porque no perdono.
– ¿Y yo…? ¿Qué cree que siento? Pero le ruego que… que lo comprenda. He pensado mucho en todo y al fin he decidido pagar. Es la única salida.
– Claro que la comprendo. Y por eso le digo: usted pague. Yo no la estorbaré. Y añado: si yo mato, no me estorbe tampoco usted.
Las facciones de Méndez, habitualmente tranquilas, formaban de pronto unas líneas duras y rectas. Era una cara de auténtico malparido con solera, criado en barrica de roble. Nunca en su barrio, ni siquiera en los sitios más tirados, le habían visto así.
Ella sonrió tristemente.
– ¿Y a quién quiere matar, Méndez? -balbució-. ¿A quién…?
– No lo sé.
Giró la cabeza y vio entonces el monóculo. Vio la figura gordinflona, abacial, llena de sosiego. Vio por primera vez rectas las piernas que había visto dobladas siempre. Salomón Gandaria les contemplaba en pie y a pocos pasos, en la cubierta más alta.
Méndez sintió que la boca se le abría con asombro, mientras preguntaba apenas sin voz:
– Pero ¿es que ahora ese tío anda…?
Salomón Gandaria, apoyándose en la barandilla, dio unos pasos torpes.
– He hecho más esfuerzos que en todo el resto de mi vida -dijo.
– Pues los resultados son asombrosos. No sabía que anduviera, señor Salomón Gandaria. Tampoco usted sabe, me parece, que han estado a punto de matar a su guardaespaldas.
– ¿Guardaespaldas…?
– O asistente. O palanganero. Lo que quiera. Pero han estado a punto de cargarse a Galán. ¿De verdad no lo sabía…?
– Claro que sí -dijo Salomón, apoyando todo su peso en la barandilla, como si las piernas no le sostuviesen-. ¿Por qué cree que estoy haciendo esfuerzos que los médicos me han prohibido? Además, le estaba buscando a usted, Méndez. Quiero saber dónde está mi hermano.
– Imagino que aún sigue con Galán.
Salomón pestañeó dos veces.
– ¿Con Galán? ¿Por qué? -preguntó.
– Su hermano Ismael se siente responsable de lo ocurrido. El atentado de ETA era contra él, no contra el otro. Ah… Y quizá Ismael Gandaria no sea el tipo duro e insensible que todo el mundo imaginaba. Quizá sea más humano de lo que muchos piensan.
Salomón no contestó. Como si las piernas se le doblaran a causa del inusual esfuerzo, quedó derrumbado sobre una silla contigua a la baranda. Desde allí farfulló:
– Pero supongo que desde Luxor volará a El Cairo con todos nosotros.
– Sí. Yo imagino que sí. ¿Sabe una cosa, Salomón Gandaria? Falta muy poco para que abandonemos este buque y volvamos a lo que llaman la civilización urbana. ¿Puede preparar sus maletas sin tener a Galán? ¿Quiere que le ayude?
– No, gracias. No necesito que nadie se meta en mi camarote.
– Lo suponía.
– ¿Por qué lo suponía…?
Méndez no contestó. Hizo que la pequeña se apoyara de nuevo en sus brazos mientras decía con un hilo de voz:
– El Cairo…
Desde un buque de la Sheraton que en aquel momento se cruzaba con ellos en el río estaban tomando fotografías. Méndez no se dio cuenta de que un teleobjetivo le enfocaba directamente a él.
Y a la niña.
El Hotel Marriott está situado en un viejo palacio que se alzó para servir de alojamiento a los dignatarios extranjeros que iban a asistir a la inauguración del Canal de Suez. Tiene fama de ser uno de los más lujosos de El Cairo, aunque, al igual que el Mena House, diversos edificios nuevos y funcionales se han unido a la estructura antigua. Méndez se asombró del lujo de las galerías comerciales, de la amplitud de las habitaciones y la elegancia decadente de los salones de la parte vieja, donde aún parecía inevitable -pensó- encontrar a un banquero egipcio con fez y esmoquin y a una bailarina egipcia con velo y un tapón en el culo. La imaginación de Méndez se desbordó al ver aquellos salones, e inmediatamente se sintió fascinado por los lujos y los peligros antiguos. Pero eso no le impidió concentrarse en la situación, intentar vigilar las entradas y salidas del hotel -cosa imposible, porque el Marriott tiene más salidas que una estación ferroviaria- y exigir una habitación pegada a las que ocupaban Manrique, Cañada y Clara Alonso con la niña.
Se dio cuenta enseguida de que estaban en el peor sitio de El Cairo. Hubiese sido mil veces más favorable para ellos un pequeño hotel, en lugar de aquel monstruo por cuyo interior se movían en un día más personas que en un campo de fútbol. Pero ¿existen pequeños hoteles en la capital del Nilo? ¿No son verdaderos monstruos todos los que se alinean en sus orillas? ¿Cómo poder controlar a la multitud de maleteros, mozos, camareros, cajeros, azafatas, conductores, guías y viajeros llegados desde todas partes del mundo?
Méndez lo comprendió enseguida. Si en el buque habían estado a merced de su misterioso enemigo, en el Hotel Marriott se encontraban completamente en sus manos, sin posibilidad de escapatoria alguna. Claro que podían hacer varias cosas, seguía pensando Méndez. La primera, pedir refugio en la embajada de España, aunque eso complicaría enormemente las cosas si en definitiva había que pagar. La segunda, que ni Clara Alonso ni Olga saliesen para nada de la habitación, haciéndose servir en ella todas las comidas. Pero el servicio de restaurante y de limpieza de una habitación de lujo significa la entrada de numerosas personas, a pesar de todo. Y estaban también las ventanas. Méndez se había dado cuenta de que estaban a tiro de rifle -y hasta de pistola del nueve largo- de cualquiera de las ventanas del edificio frontero. Todo aquel universo lleno de agitación, de lujo y seguramente de amores clandestinos le parecía tan incontrolable que llegaba a sentir verdadera consternación.