Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
Pero el ambiente del hotel le seguía fascinando. Sus plantones ante la conserjería, para intentar ver quién entraba y salía, le pusieron en contacto con verdaderas nubes de ejecutivos en viaje de negocios, jeques en busca de caza, recién casados en luna de miel, estudiosos del viejo Egipto que habían pedido ser embalsamados, espías tan tronados que parecían trabajar para el Gobierno albanés, damas otoñales ansiosas de un último amor y maricones que andaban de lado, en trance de penetración póstuma. Toda la fauna que Méndez estaba habituado a observar desde el balcón de su comisaría era tan completamente distinta de la que ahora tenía ante los ojos que se sentía extasiado.
Una vez comprobadas, con la consiguiente desesperanza, las escasas posibilidades de defensa que ofrecía el hotel, Méndez se concentró en un examen militar de sus alrededores. Pudo darse cuenta de que el Marriott está situado en una isla, muy cerca del Sporting Club de Chézira y del puente 26 de Julio, que une la elegante zona con la inmensa extensión general de El Cairo. Un poco más abajo, remontando el curso del Nilo, se hallaban los otros grandes hoteles, seguramente más multitudinarios todavía. Localizó los dos Sheraton, el Meridien, el Nilo y el Hilton. Se dio cuenta de que si cruzaba el puente de El Tahrir se encontraría en los Garden City, otra de las zonas más lujosas de la ciudad, pero un poco más abajo ya tropezaba uno con el cementerio cristiano y con el acueducto, que era la auténtica entrada a la ciudad vieja, misteriosa, sucia, incontrolable y, por supuesto, fascinante. Desde todos los puntos de vista, allí no había nada que ofreciese la menor posibilidad de vigilar.
Estas perspectivas tan desalentadoras no impidieron a Méndez dedicar su atención a las partes viejas de la ciudad, al menos las inmediatas, las que empiezan al sur del acueducto, que es una especie de frontera natural. No hace falta decir que Méndez, fascinado por los barrios viejos de Barcelona, había obtenido siempre amplia información sobre las calles, infinitamente más sucias, los edificios cien veces más tronados y las hetairas copiosamente blenorrágicas de El Cairo antiguo. Méndez, en su brillantísima juventud, había soñado que resolvía misterios en lugares tan ricos en imágenes como un restaurante de serpientes en Hong Kong, un fumadero de Singapur, un harén del Yemen, una mezquita de El Cairo, una casa de putas de Hamburgo y un urinario de París. Eso le había hecho obtener toda clase de datos sobre la ciudad en que estaba ahora y en la que era incapaz no ya de resolver un misterio, sino incluso de vigilar una simple habitación de hotel. A la hora de la verdad, todos sus sueños se derrumbaban. Pero los informes, obtenidos en tabernas del Barrio Chino donde la luz, la tristeza y la soledad adquirían categorías universales, le hablaban siempre de un Cairo donde las basuras se amontonaban en las calles, formando verdaderas cotas, y en ellas trajinaban niños, pastaban cabras y se cerraban negocios entre los representantes de las fuerzas vivas del barrio. El Cairo que ahora se ofrecía ante sus ojos era muy distinto. No había pilas de basura, calles andrajosas eran destruidas y un cierto aire occidental se adueñaba incluso de los lugares más recónditos. El Cairo seguía siendo una ciudad sucia, en especial en sus barrios más entrañables, pero no era ni mucho menos la misma que conocían los informes de Méndez. Éste se juró, de todos modos, conocer a fondo la vieja ciudad, penetrar en sus secretos y descubrir sus figones, sus garitos, sus prostíbulos y sus lágrimas. Méndez, que aún hubiera podido describir, sin haberlo visto, un restaurante de serpientes en Hong Kong, no renunciaba a sus sueños.
Pero había cosas importantes, más urgentes que resolver, y la primera de ellas era la seguridad de Olga. Por lo tanto sugirió a Cañada que, como medida elemental, contratase a dos matones para vigilar la puerta.
Los dos matones llegaron apenas una hora después. Parecían dos antiguos gladiadores de los que no sólo destrozaban a su rival en el Coliseo, sino que luego, pensaba el cultivado Méndez, aún tenían fuerzas para darle por el saco al emperador con todo respeto. Iban vestidos a la manera occidental e incluso con cierta elegancia, pero las costuras de sus trajes reventaban. Parecían el boxeador Tysson vestido de etiqueta. Hombres discretos sin duda, exhibían, cada vez que cambiaban de postura, el mango de un cuchillo entre la camisa y el pantalón y la culata de un Magnum por un lado de las solapas. Méndez felicitó a Cañada por la elección y por la finura, disimulo, clase y saber estar de los dos guardaespaldas.
Con aquellos dos gorilas en la puerta y no saliendo de la habitación -pensó Méndez- era imposible que a Clara Alonso y a la pequeña les ocurriese nada malo, siempre y cuando tuvieran corridas las cortinas para que no les dispararan desde el edificio frontero. Cuando limpiaran la habitación o sirviesen alguna comida, uno de los guardaespaldas entraría con el empleado del hotel, y si éste intentaba algo, sería convenientemente despellejado, hervido y servido como exquisitez a la hora de la cena.
Quedaba el momento peligroso del regreso a España, pero eso también lo tenía previsto Méndez. Clara Alonso y Olga saldrían del hotel materialmente rodeadas para meterse inmediatamente en un coche blindado y rodar hacia el aeropuerto sin dilación alguna. El coche blindado se podía alquilar. Una vez en el aeropuerto, la vigilancia se mantendría hasta que ambas hubieran ocupado sus asientos en el avión. Ni un jefe de Estado, pensaba Méndez, podía aspirar a estar mejor protegido.
Todo esto hizo que el bofia se reconciliara con el Destino. Fuese quien fuese su misterioso enemigo, él conseguiría que no pudiera dar un solo paso. Dentro de lo difícil que era vigilar un hotel como el Marriott en una ciudad imposible como El Cairo, él habría conseguido crear un bunker que ningún arma podría perforar. Clara Alonso no tendría que preocuparse ni siquiera de nuevas amenazas.
Sin embargo, como Clara Alonso no podía ver esas medidas de seguridad, hacía falta explicárselas y pedirle que respetara una norma elemental, como era no descorrer las cortinas de la ventana. De modo que Méndez entró en la habitación, se sentó ante el lujoso escritorio, puso a la pequeña Olga sobre sus rodillas, se aseguró de que nadie podía fotografiarle a él, un hombre duro, en posición tan vergonzosa, y detalló todo lo que Manrique, Cañada y él habían dispuesto. Clara Alonso le escuchó en silencio, impasible, sin mover un músculo de su cara, que tenía una extraña serenidad esa tarde.
– Parece que todo es perfecto -dijo ella al fin-. Lo único que lamento es que voy a tener una horrible sensación de estar prisionera.
– Durará poco, y además le aseguro que no queda otro remedio. He dado vueltas a todas las soluciones y al final me he decidido, claro, por la menos imaginativa, lo cual me demuestra que yo podría ser un excelente jefe de gobierno. Pero las soluciones medievales, es decir puertas y gorilas, suelen ser las más eficaces.
– Lo comprendo.
– Cuando alguien entre para un servicio de la habitación, por ejemplo la limpieza, estese usted siempre quieta en el mismo sitio con la niña. Uno de los guardaespaldas permanecerá fuera y otro se quedará dentro, vigilándolo todo, hasta que las dejen a ustedes solas otra vez. Por descontado, no debe recibir ninguna visita.
– Eso va a ser un poco desagradable. He hecho bastantes amistades durante el crucero y todas se alojan aquí, en el Hotel Marriott. Querrán verme.
– Pues que se aguanten. Les atiende, como máximo, por teléfono, sin permitir a nadie, absolutamente a nadie, que entre aquí. ¿Con cuántas personas ha estado en contacto usted? ¿Con unas sesenta? Pues las sesenta son sospechosas, y eso sin contar las que no han hablado con usted nunca. Le he dicho antes que mis planes no tienen ninguna clase de imaginación. Pues muy bien. Mejor. No hay nada tan seguro como una puerta que esté cerrada siempre. Échele en cambio imaginación al asunto y le harán llegar una bomba aunque sea por medio de una paloma mensajera.