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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Los niños eran otra cosa. Ellos eran su carne y su sangre y la razón de que él tuviera que permitir que ella se lo llevara. Era la única forma de salvarlos, debería haberlo comprendido mucho antes de que hubiese ocurrido aquello. En lugar de convencerse de que no era más que un mal sueño y de que estaba a salvo. De que estaban a salvo.

Fue un error regresar, intentarlo de nuevo. Pero volver allí y tener cerca todo aquello era una tentación irresistible. Ni él mismo lo comprendía, pero la tentación surgió desde el instante en que se le presentó la posibilidad. Y creyó que, con ella, se le ofrecía otra oportunidad. La oportunidad de volver a tener una familia. Lo único que tenía que hacer era mantenerlos alejados y elegir a alguien que no le importase demasiado. Se había equivocado.

Las palabras que había pintadas en la pared eran la verdad. Quería a los niños, pero no los merecía. Tampoco fue merecedor de aquel otro bebé, ni de aquella cuyos labios sabían a fresas. Ellos tuvieron que pagar el precio. En esta ocasión, procuraría ser él el único que pagase.

Christian se levantó despacio y miró a su alrededor. Un oso de peluche manoseado en un rincón. Se lo habían comprado a Nils cuando nació, y el pequeño le tenía tal cariño que, a aquellas alturas, había perdido casi todo el pelo. Los muñecos de acción de Melker, escrupulosamente colocados en una caja. Los trataba con muchísimo cuidado y, si su hermano pequeño los tocaba siquiera, le enseñaba los puños. Christian notó que vacilaba, que la duda empezaba a tomar cuerpo en su interior, y comprendió que debía alejarse de allí. Tenía que encontrarse con ella antes de que el valor lo abandonase.

Entró en el dormitorio para ponerse algo de ropa. Tanto daba el qué, eso había dejado de ser importante. Bajó la escalera, cogió la cazadora del perchero y le echó un último vistazo a la casa. Oscura y silenciosa. No se molestó en cerrar con llave.

Durante el breve paseo fue caminando con la vista fija en el suelo. No quería mirar a nadie, ni hablar con nadie. Necesitaba concentrarse en lo que iba a hacer, en la persona a la que iba a ver. Ya empezaban a picarle de nuevo las palmas de las manos, pero no les prestó la menor atención. Era como si el cerebro hubiese interrumpido la comunicación con el cuerpo, que ahora resultaba superfluo. Lo único importante era lo que tenía en la cabeza, las imágenes y los recuerdos. Ya no vivía en el presente. Solo veía lo que ya era historia, como una película que fuese pasando despacio, mientras la nieve crujía bajo sus pies.

Soplaba una leve brisa mientras caminaba hacia Badholmen. Sabía que tenía frío porque estaba temblando pero, aun así, no lo sentía. El lugar se extendía desierto ante su vista. Estaba oscuro y silencioso y no se veía a nadie. Pero él sentía la presencia de ella, exactamente igual que siempre. Allí sería donde pagaría su culpa. No cabía pensar en otro lugar. La había visto en el agua desde el trampolín, la había visto extendiendo los brazos en su busca. De modo que allí estaba.

Al pasar por la caseta de madera que había a la entrada del lugar de baño, la película que tenía en la mente empezó a pasar muy deprisa. Las imágenes eran como un cuchillo que estuviese cortándole el estómago, tan fuerte y agudo era el dolor. Se obligó a pasarlo por alto, a mirar al frente.

Puso el pie en el primer peldaño del trampolín y la madera cedió bajo las botas. Ya respiraba mejor, no había vuelta atrás. Iba mirando hacia arriba mientras subía. Los peldaños estaban resbaladizos por la nieve y fue agarrándose a la barandilla mientras dirigía la vista a la cima, a la negrura del cielo. Ni una estrella. Él no merecía las estrellas. Cuando se encontraba a medio camino supo que ella lo seguía. No se volvió a mirar, pero oyó los pasos que lo seguían. El mismo ritmo, la misma cadencia. Ella ya había llegado.

Una vez alcanzó la última plataforma, metió la mano en el bolsillo y sacó una cuerda que se había llevado de casa. Una cuerda que podría soportar el peso y pagar la culpa. Ella aguardaba en la escalera, mientras que él lo preparaba todo. Ataba, enrollaba, fijaba a la barandilla. Por un instante, se sintió inseguro. El trampolín estaba viejo y desgastado y la madera se había agrietado por la intemperie. ¿Y si no aguantaba? Pero su presencia lo tranquilizó. Ella no permitiría que fracasara. No después de haber esperado tanto tiempo y de haber alimentado su odio durante tantos años.

Cuando hubo terminado, se puso de espaldas a la escalera y con la mirada fija en la silueta de Fjällbacka. No se volvió hasta sentir que la tenía detrás.

No había ni rastro de alegría en sus ojos. Solo la certeza de que por fin, después de todo lo que había ocurrido, estaba dispuesto a pagar su culpa. Era tan hermosa como él la recordaba. Tenía el pelo mojado y a Christian le sorprendió que no se le hubiese congelado. Pero con ella nada era como cabía esperar. Nada podía ser como cabía esperar, tratándose de una sirena.

Lo último que vio antes de dar un paso al frente, hacia el mar, fue un vestido azul aleteando a la brisa estival.

– ¿Cómo te encuentras? -preguntó Erica cuando Patrik bajó la escalera con el pelo revuelto tras haber descansado.

– Un poco cansado, eso es todo -dijo Patrik, que estaba muy pálido.

– ¿Seguro? No tienes muy buen aspecto.

– Vaya, gracias. Paula me dijo lo mismo. Sería estupendo que las mujeres dejaran de decirme lo espantoso que estoy. Resulta un poco deprimente. -Esbozó una sonrisa, pero aún parecía medio dormido. Se inclinó y cogió al vuelo a Maja, que se le acercó corriendo.

»Hola, bonita. A ti al menos no te parece que papá tenga mal aspecto, ¿verdad? ¿Verdad que papá es el más guapo del mundo? -Le hizo cosquillas en la barriga y Maja rompió a reír.

– Ajá -dijo la pequeña asintiendo.

– Menos mal, por fin alguien que tiene un poco de buen gusto. -Se volvió hacia Erica y le dio un beso en los labios. Maja le cogió la cara e hizo un puchero en señal de que ella también quería participar en el besuqueo.

– Siéntate un rato con ella, voy a preparar un té y unos bocadillos -dijo Erica entrando en la cocina-. Por cierto, Paula te ha dejado una bolsa llena de documentos -le gritó, haciendo un esfuerzo por sonar lo más tranquila posible-. Está en la entrada.

– ¡Gracias! -respondió Patrik. Erica oyó que se levantaba y, al cabo de un instante, entró en la cocina.

– ¿Vas a trabajar esta noche? -le preguntó mirándolo de reojo mientras vertía el agua hirviendo en las tazas, que ya tenían la bolsita de té.

– No, creo que hoy me lo tomaré con calma, pasaré un rato tranquilo con mi querida esposa, me acostaré temprano y me quedaré en casa mañana por la mañana para revisarlo todo tranquilamente. A veces hay demasiado jaleo en la comisaría.

Exhaló un suspiro y se colocó detrás de Erica y la abrazó.

– Ya ni siquiera me alcanzan los brazos -murmuró escondiendo la cara en la nuca de su mujer.

– Ya, me siento como si fuera a estallar.

– ¿Estás preocupada?

– Mentiría si dijera lo contrario.

– Lo haremos entre los dos -le dijo abrazándola más fuerte.

– Lo sé. Y Anna también me ha dicho que nos echará una mano. En realidad, creo que esta vez irá mejor, ahora que sé lo que me espera. Pero es que son dos de golpe.

– El doble de felicidad -sonrió Patrik.

– El doble de trabajo -observó ella dándose la vuelta para abrazarlo de frente, lo cual no resultaba tan fácil a aquellas alturas del embarazo.

Erica cerró los ojos y apoyó la mejilla en la de Patrik. Había estado pensando en cuál sería el mejor momento para hablarle de la escapada a Gotemburgo y llegó a la conclusión de que debía hacerlo aquella misma noche. Pero Patrik parecía tan cansado, y pensaba quedarse trabajando en casa al día siguiente, así que bien podía esperar hasta entonces. Además, de ese modo tendría tiempo de hacer aquello a lo que llevaba dando vueltas desde que oyó la cinta. Sí, así lo haría. Si conseguía alguna pista relevante para la investigación, quizá Patrik no se enfadara tanto cuando se enterase de que había andado metiendo las narices.

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