La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
En realidad, no sufría demasiado por no tener amigos. Puesto que contaba con los libros. Pero a medida que se hacía mayor, iba echando de menos aquello que, según veía, sí tenían los demás. La compañía, el grupo, ser uno más entre varios. Porque él siempre estaba solo. La única que gustaba de su compañía era Alice.
A veces lo perseguían hasta casa desde el autobús de la escuela. Erik, Kenneth y Magnus. Iban hipando de risa mientras corrían tras él, más despacio de lo que podían. Su único objetivo era obligarlo a correr.
– ¡Vamos, date prisa, gordinflón de mierda!
Y él corría y se despreciaba por ello. En su fuero interno, esperaba un milagro, que un día lo dejasen en paz, que lo vieran como una persona, que comprendieran que era alguien. Pero sabía que no era más que un sueño. Nadie se fijaba en él. Alice no contaba. Era «mongo». Así la llamaban ellos, sobre todo Erik. Solía alargar las vocales cuando la veía. Moooongoooo…
Alice solía estar esperándolo cuando llegaba en el autobús de la escuela. Él lo detestaba. Parecía normal, allí, esperándolo en la parada con la larga melena castaña recogida en una cola de caballo. Los ojos risueños y azules oteando ansiosos en su busca cuando los chicos del ciclo superior de la escuela de Tanumshede se bajaban. A veces sentía incluso un punto de orgullo cuando el autobús entraba en la parada y la veía por la ventana. Aquella belleza de largas piernas y pelo oscuro era su hermana.
Pero luego llegaba siempre el momento en que se bajaba y ella lo veía. Entonces se le acercaba con aquellos movimientos torpes, como si alguien tirase al tuntún de unos hilos invisibles que le sujetaran brazos y piernas. Entonces gritaba su nombre con su articulación deficiente y los chicos aullaban de risa. ¡Moooongoooo!
Alice no se enteraba de nada y podría decirse que eso era lo que más lo humillaba, que seguía riendo feliz y a veces incluso los saludaba con la mano. Entonces él echaba a correr sin que nadie lo persiguiera, para huir de las carcajadas de Erik, que resonaban en todo el pueblo. Pero jamás podría escapar de Alice. Ella creía que aquello era un juego. Lo alcanzaba sin apenas esfuerzo y a veces se le arrojaba al cuello entre risas con tal fuerza que casi lo derribaba.
En aquellos instantes la odiaba tanto como cuando era pequeña y lloraba y le robaba la atención de su madre. Sentía deseos de atizarle en plena cara para que dejase de avergonzarlo. Jamás lo dejarían pertenecer al grupo mientras Alice lo esperase en la parada gritando su nombre y abrazándolo.
Lo que más deseaba en el mundo era ser alguien. No solo para Alice.
Cuando ella se despertó, Patrik dormía profundamente. Eran las siete y media y también Maja estaba dormida, aunque solía despertarse antes de las siete. Erica sentía una terrible desazón. Se había despertado varias veces durante la noche, pensando en lo que había oído en la cinta y le costó esperar a que llegase el día para ponerse con ello.
Se levantó de la cama con cuidado, se vistió, bajó a la cocina y puso el café. Tras el necesario chute de cafeína, miró el reloj con impaciencia. No era imposible que estuviesen levantados. Y habida cuenta de que tenían niños pequeños, era lo más probable.
Le dejó a Patrik una nota en la que, de un modo un tanto difuso, le explicaba que había ido a hacer un recado. Ya podía pasar un rato intrigado. De todos modos, se lo contaría detalladamente cuando volviera.
Diez minutos después aparcaba en Hamburgsund. Había llamado al servicio de información telefónica para averiguar dónde vivía la hermana de Sanna y encontró la casa enseguida. Era una casa grande de ladrillo de silicato de calcio y Erica contuvo la respiración mientras pasaba con el coche entre dos obeliscos de piedra que habían plantado demasiado juntos. Salir de allí marcha atrás resultaría una empresa de alto riesgo, pero a eso ya se enfrentaría a la hora de irse.
Se advertía movimiento en la casa y Erica constató aliviada que había acertado en sus suposiciones. Estaban despiertos. Llamó al timbre y pronto se oyeron pasos que bajaban por la escalera y una mujer que debía de ser la hermana de Sanna abrió la puerta.
– Hola -saludó Erica antes de presentarse-. Quisiera saber si Sanna está despierta… me gustaría hablar con ella.
La hermana de Sanna la miró con curiosidad, pero no le hizo ninguna pregunta.
– Claro, Sanna y los pequeños monstruos están despiertos, adelante.
Erica entró en el vestíbulo y se quitó el abrigo antes de seguir a la hermana de Sanna por una empinada escalera que las condujo a otro vestíbulo, donde giraron a la izquierda hasta llegar a una gran habitación diáfana que era cocina, comedor y sala de estar a un tiempo.
Sanna y los niños estaban desayunando con otros pequeños que debían de ser los primos: un niño y una niña que parecían algo mayores que los hijos de Sanna.
– Perdona que te moleste en medio del desayuno -se disculpó Erica mirando a Sanna-, pero me gustaría hablar contigo un momento.
Sanna no hizo amago alguno de levantarse. Se quedó sentada con la cuchara camino de la boca y como absorta en sus pensamientos. Pero luego dejó la cuchara y se levantó.
– Sentaos abajo, en la terraza, ahí estaréis tranquilas -dijo la hermana. Sanna asintió.
Erica la siguió escaleras abajo, atravesaron varias habitaciones más de la planta baja y llegaron a una terraza acristalada que daba a la parcela cubierta de césped y al pequeño centro comercial de Hamburgsund.
– ¿Cómo estáis? -preguntó Erica cuando se hubieron sentado.
– Bien, creo. -Sanna estaba pálida y agotada, como si no hubiera dormido más que unos minutos-. Los niños preguntan por su padre a todas horas y yo no sé qué decirles. Tampoco sé si debo hacerles hablar de lo ocurrido. Estaba pensando llamar hoy a la sección de psiquiatría infantil y juvenil para que me aconsejaran.
– Me parece buena idea -dijo Erica-. Pero los niños son fuertes. Aguantan más de lo que uno cree.
– Sí, claro, supongo que sí. -Sanna tenía la mirada perdida. Luego se volvió hacia Erica-: ¿Qué querías preguntarme?
Como tantas otras veces, Erica no sabía cómo empezar. No tenía ninguna misión, nada que le diese derecho a hacer preguntas. La única explicación que podía ofrecer era la curiosidad. Y la consideración hacia las personas. Reflexionó un instante. Luego, se inclinó y sacó del bolso los dibujos.
Se levantó con el gallo. Era algo de lo que se sentía muy orgulloso y de lo que alardeaba en diversos contextos. «No puede uno dedicarse a entrenar para la actividad de la residencia de ancianos», solía decir satisfecho antes de explicar que se levantaba a las seis, como muy tarde. Su nuera le chinchaba a veces porque solía acostarse a las nueve de la noche.
– ¿Y eso no es entrenamiento para la residencia de ancianos? -le decía con una sonrisa. Pero él se dedicaba a fingir muy dignamente que no oía tales comentarios. Él era una persona que aprovechaba todo el día.
Tras un buen desayuno con gachas, se sentaba a leer el periódico a conciencia mientras fuera iba amaneciendo. Para cuando terminaba, ya había clareado bastante y podía proceder a su habitual inspección matutina. Con los años, se había convertido en un hábito.
Se levantó y fue a buscar los prismáticos, que tenía colgados de un clavo, y se acomodó ante la ventana. La casa estaba en la pendiente, por encima de las cabañas, con la iglesia a la espalda, y desde allí la vista de la bocana del puerto era perfecta. Se llevó los prismáticos a los ojos y empezó el reconocimiento de izquierda a derecha. Primero, al vecino. Pues sí, ellos también estaban ya despiertos. No eran muchos los que ahora vivían allí durante el invierno, pero él tenía la suerte de ser vecino de uno de los pocos habitantes permanentes de la zona. De propina, la mujer de la casa tenía por costumbre pasearse por las mañanas en ropa interior. Rondaba los cincuenta, pero la muy granuja tenía un tipo estupendo, se dijo deslizando los prismáticos hacia el resto del paisaje.