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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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– De modo que no sabes a quién representa el monigote que aparece al lado de Christian, ¿no? -preguntó Erica con dulzura.

– Ni idea, pero esto debe haberlo dibujado un niño. Puede que tenga por ahí algún hijo de cuya existencia no sé nada. -Quiso soltar una risita, pero se le ahogó en la garganta.

– No te precipites en tus conclusiones. -Erica se angustió ante la idea de estar empeorándolo todo; Sanna parecía a punto de venirse abajo.

– No, pero la verdad es que alguna vez lo he pensado. Le he preguntado mil veces desde que empezamos a recibir las cartas, pero él insiste en que no sabe quién las envía. Aunque yo no sé si creerlo. -Sanna se mordió el labio.

– ¿No ha mencionado nunca a ninguna antigua novia o algo así? ¿Alguna mujer con la que haya tenido una relación anteriormente? -Erica comprendió que estaba insistiendo demasiado, pero cabía la posibilidad de que Christian le hubiese dicho a Sanna algo al respecto, algo que Sanna hubiese enterrado en lo más hondo del subconsciente.

Pero la joven meneó la cabeza y rio con amargura:

– Créeme, si hubiese hecho alguna alusión a otra mujer, lo recordaría. Si hasta llegué a creer… -Guardó silencio, como arrepentida de haber comenzado la frase.

– ¿Qué llegaste a creer? -la animó Erica, pero Sanna no se dejó convencer.

– Nada, tonterías mías. Yo tengo un problema, podría decirse que soy una mujer celosa.

Quizá no fuera tan raro, pensó Erica. Vivir con un extraño durante tanto tiempo, querer a alguien sin ser correspondido. Era normal caer en los celos. Pero no dijo nada, sino que optó por centrar la conversación en lo que había ocupado su pensamiento desde el día anterior.

– Ayer estuviste hablando con una colega de Patrik, Paula Morales.

Sanna asintió.

– Sí, fue muy amable conmigo. Y también Gösta se portó fenomenal. Me ayudó a lavar a los niños. Dile a Patrik que le dé las gracias de mi parte. Creo que no caí en agradecerle.

– No te preocupes, se lo diré -aseguró Erica haciendo una pausa antes de proseguir-. Verás, tengo la impresión de que hay algo en la conversación de ayer que Paula no entendió del todo.

– ¿Y tú cómo lo sabes? -preguntó Sanna sorprendida.

– Paula grabó vuestra conversación y Patrik estuvo escuchándola en casa ayer tarde. No pude evitar oírla.

– Ajá -dijo Sanna, que pareció tragarse la mentira-. ¿Y qué fue lo que…?

– Sí, es que le dijiste a Paula algo de que Christian no lo había tenido fácil. Y daba la impresión de que estabas pensando en algo concreto.

Sanna se puso tensa. Desvió la mirada y empezó a alisar los flecos del tapete que había sobre la mesa.

– No sé qué…

– Sanna -la interrumpió Erica suplicante-. No es momento de guardar secretos para proteger a nadie, ni para proteger a Christian. Toda la familia está en peligro, no solo la vuestra, hay otras, pero podemos evitar que más personas sufran las consecuencias, como Magnus. No sé qué es lo que no quieres contar, ni por qué. Puede que no tenga nada que ver con esto y estoy convencida de que eso es lo que crees. De lo contrario, ya lo habrías contado, no me cabe duda. Sobre todo, teniendo en cuenta lo que ocurrió ayer con los niños. Pero ¿puedes estar completamente segura de que es así?

Sanna miraba por la ventana a un punto del infinito, más allá de los edificios, en dirección a las aguas heladas y a las islas. Guardó silencio unos minutos mientras Erica también permanecía callada y la dejaba debatirse consigo misma.

– Encontré un vestido en el desván. Un vestido azul -confesó Sanna al fin. Luego, empezó a hablarle de cómo le había pedido explicaciones a Christian, de su rabia y su inseguridad. Y de lo que él le había contado por fin. Del horror.

Cuando Sanna hubo concluido, se vino abajo. Se había quedado exhausta. Erica se había quedado atónita e intentaba digerir lo que la joven acababa de contarle. Pero le resultaba imposible. Había cosas que el cerebro humano se negaba a imaginar. Lo único que hizo fue extender la mano y coger la de Sanna.

Por primera vez en su vida, Erik se sintió dominado por el pánico. Christian estaba muerto. Estaba colgado, balanceándose como una marioneta en el trampolín de Badholmen.

Una agente de policía lo había llamado para avisarle. Le dijo que tuviera cuidado, y que podía ponerse en contacto con ellos cuando quisiera. Él le dio las gracias y le dijo que no creía que fuera necesario. Era incapaz de imaginar quién los estaba acosando de aquel modo, pero no pensaba quedarse a esperar su turno. Debía tomar el control y conservar el mando también en esta ocasión.

Tenía la camisa empapada de sudor, prueba concluyente de que no estaba tan tranquilo como pretendía. Aún tenía el teléfono en la mano y, con dedos torpes y presurosos, marcó el número de Kenneth. Oyó cinco tonos de llamada, hasta que saltó el contestador. Colgó indignado y soltó el móvil en la mesa. Intentó actuar de un modo racional y pensar en todo lo que tenía que hacer.

Sonó el teléfono. Dio un respingo y miró la pantalla. Kenneth.

– ¿Sí?

– Es que no podía contestar -explicó Kenneth-. Tienen que ayudarme a ponerme los auriculares. No puedo coger el teléfono -dijo sin el menor indicio de autocompasión.

Erik pensó fugazmente que tal vez debiera haberse tomado la molestia de ir a ver a Kenneth al hospital. O al menos, de haberle enviado unas flores. En fin, no podía estar pendiente de todo y alguien tenía que quedarse al frente de la oficina, seguro que Kenneth lo comprendía.

– ¿Cómo te encuentras? -preguntó intentando fingir que de verdad le interesaba.

– Bien -se limitó a responder Kenneth. Conocía bien a Erik y, seguramente, sabía que no preguntaba porque le importase de verdad.

– Tengo malas noticias. -Más valía ir al grano. Kenneth guardó silencio, a la espera de que continuara-. Christian está muerto. -Erik se aflojó el cuello de la camisa. El sudor seguía aflorando a raudales y tenía empapada la mano con la que sostenía el teléfono-. Acabo de enterarme. Me ha llamado la Policía. Ha aparecido colgado del trampolín de Badholmen.

Seguía el silencio.

– ¿Eh? ¿Has oído lo que te acabo de decir? Christian está muerto. La agente que ha llamado no ha querido darme más detalles, pero no hay que ser un genio para comprender que esto es obra del mismo chalado responsable de todo lo demás.

– Sí, es ella -respondió Kenneth al fin con una serenidad heladora.

– ¿A qué te refieres? ¿Tú sabes quién es? -Erik empezaba a gritar. ¿Acaso Kenneth sabía quién estaba detrás de aquello y no le había dicho nada? Si nadie se le adelantaba, él mismo lo mataría de una paliza.

– Y vendrá por nosotros también.

Era espeluznante lo impasible que sonaba y a Erik se le erizó el vello de los brazos. Se preguntó si Kenneth no se habría llevado también un golpe en la cabeza.

– ¿Tendrías la bondad de hacerme partícipe de lo que sabes?

– Creo que a ti te reservará para el final.

Erik tuvo que contenerse para no estampar el móvil en la mesa de pura frustración.

– Ya, pero ¿quién es ella?

– ¿De verdad que no lo has entendido todavía? ¿Has perjudicado y herido a tantas personas que no eres capaz de distinguirla a ella de la multitud? Para mí ha sido muy sencillo. Es la única persona a la que le he hecho daño en mi vida. No sé si Magnus sabía que iba detrás de él, pero sí sé que sufría. Tú, en cambio, no te has arrepentido nunca, ¿verdad, Erik? Tú jamás has sufrido ni has perdido el sueño por lo que hiciste. -Kenneth no estaba enojado ni lo estaba acusando, sino que seguía hablando impasible.

– ¿De qué puñetas hablas? -le espetó Erik mientras pensaba febrilmente. Un recuerdo difuso, una imagen, una cara. Algo empezaba a despertar en su memoria. Algo que había enterrado en lo más hondo, como para que nunca más pudiera aparecer en la superficie de la conciencia.

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