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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Ludvig se levantó de la silla tan bruscamente que estuvo a punto de caer de espaldas.

– ¡Venid, voy a enseñaros una cosa! -dijo mientras salía de la cocina-. Esperadme en la sala de estar, no tardo.

Lo oyeron subir la escalera a toda prisa y Patrik y Paula se levantaron para seguir sus instrucciones. Finalmente, Cia los siguió también.

– Aquí está. -Ludvig acababa de bajar con una pequeña cinta de vídeo en una mano y la cámara en la otra.

Sacó un cable y conectó la cámara al televisor. Patrik y Paula lo observaban en silencio, y Patrik notó que se le aceleraba el pulso.

– ¿Qué nos vas a enseñar? -preguntó Cia al tiempo que se sentaba en el sofá.

– Ahora verás -dijo Ludvig. Puso la cinta y pulsó el botón de reproducir. De repente, la cara de Magnus llenó la pantalla. Cia empezó a resoplar detrás de ellos y Ludvig se volvió preocupado.

– ¿No te importa, mamá? Si ves que no puedes, espéranos en la cocina.

– No, no pasa nada -respondió Cia, aunque se le llenaron los ojos de lágrimas mientras miraba la pantalla.

Magnus aparecía haciendo muecas y payasadas y hablando con la persona que manejaba la cámara.

– Lo grabé todo aquella noche del solsticio de verano -dijo Ludvig en voz baja, y Patrik observó que también a él se le llenaban los ojos de lágrimas-. Mira, ahí aparecen Erik y Louise -advirtió señalando a la pantalla.

Erik salía a la terraza y saludaba a Magnus. Louise abrazó a Cia y le entregó un paquete.

– Tengo que rebobinar, está un poco más adelante -dijo Ludvig, pulsó un botón de la cámara y la fiesta del solsticio empezó a pasar a toda velocidad. Había atardecido y todo estaba más oscuro.

– Vosotros creíais que nos habíamos ido a dormir -dijo Ludvig-. Pero nos levantamos sin hacer ruido y nos pusimos a escuchar a escondidas. Estabais borrachos y atontados y nos parecía divertidísimo.

– ¡Ludvig! -exclamó Cia un tanto avergonzada.

– Bueno, es que estabais borrachos -insistió el chico. Y a juzgar por los susurros, aquella había sido la intención de Ludvig, precisamente, filmarlos en ese estado. Las voces se elevaban y se apagaban y resonaban risotadas en el atardecer estival y parecía que lo estaban pasando muy bien.

Cia quiso decir algo, pero Ludvig se llevó el dedo a los labios.

– Chist, ya viene.

Todos se quedaron mirando la pantalla y se hizo el silencio en la sala de estar. Lo único que se oía era el sonido de la fiesta que surgía de la película. Dos personas se levantaron y entraron en la casa con los platos.

– ¿Dónde os habíais escondido? -preguntó Patrik.

– En la cabaña de juegos. El lugar perfecto. Podía grabarlo todo desde la ventana. -Una vez más, Ludvig se llevó el dedo a los labios-. Escuchen.

Dos voces, a unos metros de los demás. Las dos sonaban alteradas. Patrik miró a Ludvig extrañado.

– Mi padre y Kenneth -explicó Ludvig sin apartar la vista del televisor-. Se retiraron un poco para fumar.

– Pero si tu padre no fumaba -dijo Cia inclinándose para ver mejor.

– Fumaba a veces, a escondidas, en fiestas y así. ¿No te diste cuenta? -Ludvig había parado la cinta para que no se perdieran nada con la charla.

– ¡No me digas! -dijo Cia atónita-. Pues no lo sabía.

– Ya ves, ahí se ha ido con Kenneth a la parte de atrás de la casa para fumar. -Dirigió el mando hacia el televisor y volvió a poner la cinta.

Dos voces, una vez más. A duras penas se entendía lo que decían.

– ¿Tú piensas en ello de vez en cuando? -Era Magnus quien hablaba.

– ¿A qué te refieres? -balbució Kenneth.

– Sabes a qué me refiero -respondió Magnus, que también parecía ebrio.

– No quiero hablar del asunto.

– Pues alguna vez tendremos que hacerlo -dijo Magnus con un deje de súplica en la voz, que resonó como desnuda, de modo que a Patrik se le erizó la piel.

– ¿Y quién dice que tengamos que hablar de ello? Lo hecho, hecho está.

– Pues yo no entiendo cómo podéis seguir viviendo con eso tranquilamente. Joder, tenemos que…

La frase se perdió en un murmullo confuso.

Kenneth otra vez. Sonaba irritado. Pero la voz revelaba algo más. Miedo.

– ¡Venga, Magnus! No sirve de nada hablar de ello. Piensa en Cia y en los niños. Y en Lisbet.

– Lo sé, pero ¿qué coño quieres que haga? A veces se me viene a la cabeza y lo siento aquí dentro… -Estaba demasiado oscuro para ver dónde señalaba.

A partir de ahí fue imposible entender nada más de la conversación. Bajaron la voz, continuaron entre murmullos y se dirigieron al resto del grupo. Ludvig detuvo la cinta y congeló la imagen con la espalda de las dos figuras en sombras.

– ¿Tu padre llegó a ver esto? -preguntó Patrik.

– No, me guardé la cinta. Normalmente era él quien se encargaba, pero como lo había grabado a escondidas, la guardé en mi habitación. Tengo varias en el armario.

– ¿Y tú tampoco la habías visto antes? -Paula se sentó al lado de Cia, que miraba boquiabierta el televisor.

– No -respondió Cia-. No.

– ¿Sabes de qué hablan? -preguntó Paula poniéndole la mano en el brazo.

– Pues… no. -Continuaba con la vista fija en la espalda de aquellas dos siluetas en la noche-. No tengo ni idea.

Patrik la creía. Fuese lo que fuese, Magnus se lo había ocultado a su mujer.

– Kenneth tiene que saberlo -observó Ludvig sacando la cinta de la cámara antes de guardarla en la funda.

– Me gustaría que me la prestaras -le dijo Patrik.

Ludvig vaciló un instante antes de entregarle la cinta.

– No la irán a estropear, ¿verdad?

– Te prometo que vamos a tener mucho cuidado con ella. La recuperarás tal y como me la entregas.

– Entonces ¿van a hablar con Kenneth? -preguntó Ludvig. Patrik asintió.

– Sí, hablaremos con él.

– Pero ¿por qué no habrá dicho nada hasta ahora? -preguntó Cia algo desconcertada.

– Sí, nosotros nos preguntamos lo mismo -respondió Paula dándole una palmadita en la mano-. Y lo averiguaremos.

– Gracias, Ludvig -dijo Patrik blandiendo la cinta-. Puede que esto sea importante.

– No hay de qué. Me acordé al oírle preguntar si habían estado enfadados. -Se ruborizó hasta las cejas.

– ¿Nos vamos? -preguntó Patrik a Paula, que ya estaba levantándose-. Cuida de tu madre. Y llámame si tienes algún problema -dijo Patrik a Ludvig en voz baja, al tiempo que le daba una tarjeta suya.

Ludvig se quedó mirándolos mientras se alejaban. Luego entró en la casa y cerró la puerta.

El tiempo transcurría lento en el hospital. El televisor estaba encendido y daban una serie americana. La enfermera entró a preguntarle si quería que cambiase el canal, pero él no tenía ganas ni de responder, y la mujer se marchó sin más.

La soledad era peor de lo que jamás había imaginado. Y la nostalgia era tan inmensa que solo conseguía concentrarse en respirar.

Sabía que ella aparecería. Llevaba mucho tiempo esperando y ahora él no tenía adónde huir. Pese a todo, no tenía miedo, se alegraba de que viniera. Su llegada lo salvaría de tanta soledad, de aquel dolor que estaba destrozándolo por dentro. Quería reunirse con Lisbet y explicarle lo ocurrido. Esperaba que ella comprendiera que, en aquella época, él era otra persona, que ella lo había cambiado. No soportaba la idea de que ella hubiese muerto con sus pecados en la retina. Aquello lo abatía más que ninguna otra cosa y cada soplo le suponía un esfuerzo.

Unos golpecitos en la puerta y allí estaba Patrik Hedström, el policía, ante su vista. Lo seguía aquella colega morena y menuda.

– Hola, Kenneth. ¿Cómo te encuentras? -El policía parecía serio. Cogió dos sillas y las acercó a la cama.

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