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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Kenneth no respondió. Siguió mirando el televisor, donde actuaba un grupo de artistas sobre un fondo mal colocado. Patrik repitió la pregunta y, finalmente, Kenneth volvió la cara hacia ellos.

– Pues he estado mejor. -¿Qué iba a decir? ¿Cómo describir su estado real, el ardor y el escozor que sentía por dentro, la sensación de que le estallaría el corazón? Todas las respuestas sonarían a tópico.

– Nuestros colegas ya han estado hoy por aquí. Has hablado ya con Gösta y con Martin. -Kenneth se percató de que Patrik le miraba las vendas, como si intentara imaginarse la sensación de cientos de cristales incrustados en la piel.

– Sí -respondió Kenneth indiferente. No había dicho nada antes y tampoco diría nada ahora. Sencillamente, se dedicaría a esperar. A esperarla a ella.

– Les dijiste que no sabías quién podía estar detrás de lo que te ha ocurrido esta mañana. -Patrik lo miraba y Kenneth le sostenía la mirada con resolución.

– Exacto.

El policía se aclaró la garganta.

– Pues nosotros creemos que no es exacto.

¿Qué habrían averiguado? Kenneth se asustó. No quería que lo supieran, que la encontraran. Ella debía concluir lo que había comenzado. Era su única salvación. Si pagaba el precio por lo que había hecho, podría explicárselo a Lisbet.

– No sé a qué os referís. -Apartó la vista, consciente de que el miedo le había aflorado a los ojos. Los policías lo advirtieron. Lo interpretaron como un indicio de debilidad, como una posibilidad de vencerlo. Estaban equivocados. No tenía nada que perder callando, y sí mucho que ganar. Por un instante pensó en Erik y Christian. Sobre todo en Christian. Se había visto involucrado en aquello pese a que no tenía culpa alguna. No como Erik. Pero él no podía detenerse en esas consideraciones. Solo le importaba Lisbet.

– Acabamos de estar en casa de Cia. Y hemos visto una cinta de vídeo de un solsticio de verano que celebrasteis allí. -Patrik parecía aguardar una reacción, pero Kenneth no sabía a qué se refería. Aquellos tiempos de fiestas y amigos le parecían tan remotos…

– Magnus estaba muy borracho y vosotros dos os retirasteis a fumar. Parecía como si no quisierais que nadie os oyera.

Seguía sin saber de qué le hablaba. Todo era niebla y bruma. Todos los contornos se habían desdibujado.

– Ludvig, el hijo de Magnus, os grabó sin que os dierais cuenta. Magnus estaba enojado. Quería que hablarais de algo que había ocurrido. Tú te irritaste y le dijiste que lo hecho, hecho estaba. Que tenía que pensar en su familia. ¿No lo recuerdas?

Ah, sí, ahora caía. Aún de forma difusa, pero recordaba cómo se había sentido al ver el pánico en los ojos de Magnus. Jamás supo por qué surgió aquella noche, precisamente. Magnus ardía en deseos de contarlo, de pagar por lo hecho. Y Kenneth se asustó. Pensó en Lisbet, en lo que diría, en cómo lo miraría. Finalmente, logró tranquilizar a Magnus, eso sí lo recordaba. Pero desde aquel momento, siempre temió que ocurriese algo que lo estropease todo. Y ya había ocurrido, aunque no como él pensaba porque, incluso en el peor de los casos que alcanzó a imaginar, Lisbet siempre seguía allí, con vida, dispuesta a censurarlo. Siempre contempló la posibilidad, por remota que fuera, de darle una explicación. Ahora era diferente, y era preciso que se hiciera justicia para que la posibilidad siguiera existiendo. No podía permitir que lo estropearan.

Así que meneó la cabeza y fingió estar haciendo memoria.

– Pues no, no recuerdo nada de eso.

– Podemos mostrarte la cinta, por si te ayuda a recordar -dijo Paula.

– Claro, como queráis. Pero no creo que fuese nada importante, de ser así, me acordaría. Sería la típica charla de dos que han bebido de más. Magnus se ponía raro a veces cuando bebía. Dramático y sentimental. Hacía una montaña de un grano de arena.

Kenneth era consciente de que no lo creían, pero a él no le importaba, no podían leer sus pensamientos. Llegado el momento se descubriría el secreto, de eso también era consciente. No se rendirían hasta haberlo averiguado todo, pero eso no debía suceder antes de que ella llegase y le hubiese dado a él su merecido.

Se quedaron un rato más, pero le resultó fácil eludir sus preguntas. No pensaba hacerles el trabajo, debía pensar en sí mismo y en Lisbet. Erik y Christian tendrían que arreglárselas como pudieran.

Antes de marcharse, Patrik lo miró con amabilidad.

– También queríamos decirte que hemos recibido los resultados de la autopsia de Lisbet. No murió asesinada, murió de muerte natural.

Kenneth volvió la cara. Él sabía que estaban equivocados.

Estuvo a punto de dormirse mientras volvían de Uddevalla. Por un instante, se le cerraron los párpados y se pasó al carril contrario.

– ¿Qué haces? -le gritó Paula cogiendo y enderezando el volante.

Patrik dio un respingo conteniendo la respiración.

– Joder. No sé qué me ha pasado. Es que estoy tan cansado.

Paula lo miró llena de preocupación.

– Vamos a tu casa ahora mismo, te quedas allí. Hasta mañana. Pareces enfermo.

– No puede ser. Tengo montones de cosas que revisar -dijo parpadeando e intentando centrarse en la carretera.

– Vamos a hacer lo siguiente -propuso Paula resuelta-. Párate en la gasolinera, que vamos a cambiarnos de sitio. Te llevo a casa y me voy a la comisaría, recojo todo lo que necesitas y vuelvo a Fjällbacka con ello. Ya me encargaré de enviar la cinta al laboratorio para que la analicen. Pero prométeme que vas a descansar. Llevas mucho tiempo trabajando demasiado y seguro que en casa también trabajas lo tuyo. Sé lo mal que lo pasó Johanna cuando esperaba a Leo, y me figuro que ahora estáis sobrecargados.

Patrik asintió, aun a su pesar, y siguió el consejo de Paula. Giró y se detuvo en la estación de servicio de Hogstorp y salió del coche. Sencillamente, estaba demasiado cansado para oponer resistencia. En realidad, era imposible tomarse un día libre, ni siquiera unas horas, pero el cuerpo había dicho basta. Si podía descansar un poco mientras revisaba la documentación, quizá recuperase parte de las fuerzas que necesitaba para seguir con la investigación.

Patrik apoyó la cabeza en la ventanilla del asiento del acompañante y se durmió antes de llegar de nuevo a la autovía. Cuando abrió los ojos, el coche estaba ya aparcado delante de su casa, y Patrik se apeó adormilado.

– Vete a la cama. Volveré dentro de un rato. Deja la puerta abierta, así no tendré más que dejar los documentos en la entrada -dijo Paula.

– De acuerdo, gracias -respondió Patrik, sin fuerzas para añadir nada más.

Abrió la puerta y entró en casa.

– ¡Erica!

Pero nadie respondió. La había llamado aquella mañana, pero no consiguió localizarla. Tal vez estuviese en casa de Anna y se hubiese quedado allí un rato. Por si acaso, le dejó una nota en el mueble de la entrada, para que no se asustara si oía ruido al llegar a casa. Luego, con las piernas entumecidas, subió en silencio la escalera y se desplomó en la cama. Se durmió en cuanto la cabeza rozó la almohada. Pero con un sueño ligero e inquieto.

Algo estaba a punto de cambiar. No podía afirmar que estuviese conforme con su vida tal y como se había desarrollado los últimos años, pero al menos era algo conocido. El frío, la indiferencia, los intercambios de comentarios vitriólicos y archisabidos.

Ahora, en cambio, notaba el temblor de la tierra bajo los pies, grietas que se abrían cada vez más anchas. Durante la última conversación, advirtió en la mirada de Erik una especie de resolución definitiva. El desprecio no era novedad y, a aquellas alturas, a ella no solía afectarle. Pero en esta ocasión lo sintió de forma diferente. La asustó más de lo que jamás habría sospechado. Porque en el fondo, ella siempre pensó que seguirían bailando aquella danza de la muerte con una soltura cada vez más elegante.

Él siempre había reaccionado de un modo extraño cuando ella mencionaba a Cecilia. Por lo general, no solía importarle que hablase de sus amantes. Fingía no haberla oído. Entonces ¿por qué se habría enfadado tanto aquella mañana? ¿Sería indicio de que Cecilia sí significaba algo para él?

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