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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Él no sabía nadar a crol. Avanzaba a brazadas breves y apresuradas. Pero continuó hacia el fondo, siempre consciente de la profundidad que se abría bajo sus pies. El sol le picaba en los ojos y se le saltaban las lágrimas. Lo único que deseaba era dar la vuelta, pero no podía. Tenía que alcanzar a Alice y llevarla junto a su madre. Porque su madre quería a Alice. A pesar de todo, la quería.

De repente, notó algo en el cuello. Algo que lo agarraba fuerte y le hundía la cabeza bajo el agua. Lo invadió el pánico y empezó a manotear intentando liberarse y subir de nuevo a la superficie. Entonces desapareció la presión en la garganta, tan rápido como se había presentado, y, cuando notó de nuevo el aire en la cara, tomó aliento de nuevo.

– Tontorrón, si soy yo.

Alice apartaba el agua sin esfuerzo y lo miraba irradiando entusiasmo. El pelo oscuro, heredado de su madre, relucía al sol, y la sal le brillaba en las pestañas.

Él vio los ojos de nuevo. Aquellos ojos que lo miraban fijamente bajo el agua. Aquel cuerpo laxo e inerte que, en lugar de moverse, descansaba sobre el fondo de la bañera. Meneó la cabeza para ahuyentar aquellas imágenes que no quería ver.

– Mamá quiere que vuelvas -dijo sin resuello. Él no era capaz de mantenerse en el agua con la misma facilidad que Alice y la mole de su cuerpo se hundía bajo el agua como si tuviese las articulaciones lastradas por un peso.

– Pues tendrás que llevarme -dijo Alice con aquella forma suya de hablar tan curiosa, como si la lengua no encontrase el lugar adecuado en la boca cuando articulaba.

– Venga ya, que no voy a poder tirar de ti.

Ella se rio y echó hacia atrás la melena mojada.

– Pues solo pienso ir contigo si me llevas.

– Pero si tú nadas mucho mejor que yo, ¿por qué iba a tener que tirar de ti? -Pero sabía que había perdido. Le indicó con una seña que le rodeara el cuello con las manos otra vez, y ahora que sabía qué era, que sabía que era ella, no se asustó.

Empezó a nadar. Pesaba, pero podía con ella. Notaba la fuerza de los brazos de Alice alrededor del cuello. Llevaba todo el verano nadando tanto que se le habían perfilado los músculos de los brazos. Iba colgada de él, dejándose arrastrar como una barca. Con la mejilla pegada a su espalda.

– Yo soy tu sirena -dijo-, no la sirena de mamá.

– Es que no lo sé… -Cia miraba a un punto lejano, más allá del hombro de Patrik, con las pupilas dilatadas. Supuso que le habrían administrado algún tipo de fármaco que la hacía actuar de aquel modo tan ausente.

– Sé que ya te lo hemos preguntado muchas veces, pero debemos encontrar el vínculo entre la muerte de Magnus y lo que ha ocurrido hoy. Ahora que hemos podido constatar que Magnus murió asesinado es incluso más importante. Podría ser algo en lo que no hayas pensado, algún detalle que nos ayude a avanzar -la animó Paula con voz suplicante.

Ludvig apareció en la cocina y se sentó al lado de Cia. Seguramente, había estado escuchando fuera.

– Queremos ayudar -dijo con voz solemne. La expresión de los ojos lo hacía aparentar más de los trece años que tenía.

– ¿Cómo se encuentran Sanna y los niños? -preguntó Cia.

– Naturalmente, están conmocionados.

Patrik y Paula habían recorrido todo el trayecto hasta Fjällbacka preguntándose si no deberían ocultarle a Cia lo sucedido. Pensaban que quizá no estuviese en condiciones de recibir otra mala noticia. Por otro lado, no les quedaba otro remedio que contárselo, pues se enteraría de todos modos, a través de amigos y conocidos. Además, cabía la posibilidad de que lo ocurrido en casa de los Thydell le ayudase a recordar algo que tuviese olvidado.

– ¿Quién es capaz de hacer algo así? A los niños… -dijo con un tono de voz mezcla de compasión e indiferencia. Los fármacos la tenían embotada, atenuaban los sentimientos y las impresiones, los hacían menos dolorosos.

– No lo sé -confesó Patrik, que tuvo la impresión de que sus palabras resonaron en la cocina como un eco.

– Y Kenneth… -Cia meneó la cabeza.

– Por eso, precisamente, debemos seguir preguntando. Alguien tiene en el punto de mira a Kenneth, a Christian y a Erik. Y con toda probabilidad, también a Magnus -dijo Paula.

– Pero Magnus no recibió ninguna carta como las de los demás.

– No, que nosotros sepamos. Aun así, creemos que su muerte guarda relación con las amenazas a los demás -aseguró Paula.

– ¿Qué dicen Erik y Kenneth? ¿No saben ellos el porqué de todo esto? ¿Y Christian? Alguno de los tres debería saberlo -apuntó Ludvig, que le había rodeado a su madre los hombros con el brazo, en actitud protectora.

– Sí, sería lo lógico -admitió Patrik-. Pero insisten en que no saben nada.

– Y entonces, ¿cómo iba yo a…? -A Cia se le apagó la voz.

– ¿Ha ocurrido algo de particular desde que os relacionáis las familias? Algo que te llamara la atención, lo que sea -insistió Patrik.

– No, nada extraordinario, ya os lo he dicho. -Respiró hondo, antes de proseguir-. Magnus, Kenneth y Erik se conocen desde la escuela. Al principio, se veían ellos tres. Nunca me pareció que Magnus tuviese mucho en común con ellos, pero supongo que continuaron la relación por costumbre. Y tampoco es posible conocer a mucha gente nueva en Fjällbacka.

– ¿Cómo era la relación entre los tres? -preguntó Paula.

– ¿A qué te refieres?

– Bueno, todas las relaciones funcionan según una dinámica interna, cada uno adopta un papel… ¿Cómo eran las relaciones entre ellos tres, antes de que Christian entrara a formar parte del grupo?

Cia reflexionó un instante con expresión grave, antes de responder:

– Erik siempre era el líder. El que mandaba. Kenneth era… el perro faldero. Suena horrible, pero siempre obedece a la menor señal de Erik y a mí siempre me pareció un perrillo meneando la cola alrededor del amo, mendigando su atención.

– ¿Y cuál era la postura de Magnus ante eso? -quiso saber Patrik.

Cia volvió a meditar.

– Sé que pensaba que Erik se portaba a veces como un tirano, y en alguna ocasión le dijo que se había pasado. A diferencia de Kenneth, Magnus era capaz de oponerse abiertamente delante de Erik.

– ¿Nunca se enemistaron por algún motivo? -prosiguió Patrik. Tenía la sensación de que la respuesta se hallaba en algún punto del pasado de los cuatro, en sus relaciones internas. El hecho de que pareciera tan enterrado y tan difícil de sacar a la luz lo volvía loco de indignación.

– Bueno, discutían a veces, como todo el mundo, y en especial en una amistad tan antigua. Erik puede ser muy impetuoso, pero Magnus se mostraba siempre muy sereno. Nunca lo vi estallar enfadado ni levantar la voz. Ni una sola vez durante todos los años que estuvimos juntos. Y Ludvig es igual que su padre. -Se volvió hacia su hijo y le acarició la mejilla. El chico le sonrió levemente, aunque parecía pensativo.

– Yo sí he visto a papá discutiendo una vez. Con Kenneth.

– ¿Ah, sí? ¿Y cuándo fue eso?

– ¿Te acuerdas de aquel verano en que papá compró la cámara de vídeo, y que yo andaba grabándoos a todas horas?

– Sí, madre mía, fue una tortura. Si recuerdo que incluso entraste en el baño y empezaste a filmar a Elin cuando estaba sentada en el váter. No te mató de milagro. -Se le alegraron los ojos y una sonrisa lánguida otorgó algo de color a la palidez de las mejillas.

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