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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Mira a la izquierda, entre los árboles. Dime qué ves.

El joven mantuvo la mano donde estaba, forzándola a seguir adelante, mientras ella volvía la cabeza y miraba hacia los árboles. Sus ojos buscaban al tiempo que se apartaba el cabello. Entonces la vio.

—¿Qué es? —susurró, posando la mirada de nuevo en Richard.

—No lo sé —repuso él, un tanto sorprendido—. Creí que tú podrías decírmelo.

La mujer negó con la cabeza. La sombra continuaba inmóvil. Tal vez no era más que un efecto de la luz, trató de convencerse Richard. Pero sabía que no era verdad.

—Quizás es una de las bestias que nos dijo Adie y no puede vernos —sugirió.

—Las bestias tienen huesos —respondió ella, lanzándole una mirada de soslayo.

Kahlan tenía razón, desde luego, pero había esperado que se mostrara de acuerdo con él. Ambos avanzaron rápidamente por el sendero pero la sombra permaneció quieta y pronto la perdieron de vista. Richard respiró más tranquilo. Al parecer, el colgante de Kahlan y su propio colmillo los ocultaban.

La cena consistió en pan, zanahorias y carne ahumada que comieron sin dejar de caminar, y que ninguno de los dos disfrutó. Sus ojos no cesaban de escrutar la densa vegetación. Aunque no había llovido en todo el día, todo seguía húmedo y de vez en cuando goteaba agua de los árboles. En algunos lugares las rocas estaban recubiertas por un resbaladizo limo y tenían que andarse con mucho ojo. Ambos vigilaban el bosque que los rodeaba, atentos a cualquier peligro. Pero no vieron nada.

El hecho de no ver nada empezó a preocupar a Richard. No había ardillas, ni pájaros, ni animales de ningún tipo. Había demasiado silencio. La luz del día se iba apagando lentamente. Muy pronto llegarían al Embudo y eso también lo inquietaba. La idea de volver a ver los seres del Límite lo alarmaba; y la de ver de nuevo a su padre, absolutamente aterradora. Se le encogía el estómago al pensar en lo que Adie les había dicho: que los seres los llamarían. Recordaba lo seductoras que eran sus voces. Tenía que estar preparado para resistir. Tenía que endurecerse contra eso. En el pino hueco, la primera noche que pasaron juntos, Kahlan había estado a punto de ser absorbida por el inframundo y cuando estaban con Zedd y Chase algo había tratado de atraerla de nuevo. Al joven le preocupaba que el hueso no pudiera protegerla cuando estuvieran tan cerca.

El sendero se niveló y ensanchó, permitiéndoles andar otra vez uno junto al otro. Richard estaba cansado por la caminata de ese día, y aún les quedaba toda la noche y un día más antes de poder reposar. No parecía una buena idea cruzar el Embudo de noche, y además estando agotados, pero Adie había recalcado que no debían detenerse. No sería él quien llevara la contraria a alguien que conocía tan bien el paso. La historia de la lapa chupasangre lo mantendría bien despierto.

Kahlan escudriñó el bosque a su alrededor y después volvió la cabeza para mirar atrás. La mujer se detuvo de repente y agarró el brazo de Richard. En el sendero, a menos de diez metros por detrás de ellos, había una sombra.

Al igual que la otra, no se movía. El joven pudo ver a través de ella el bosque, como si estuviera hecha de humo. Kahlan no le soltó el brazo mientras ambos seguían caminando hacia adelante pero de lado, observando a la sombra. Al doblar un recodo la perdieron de vista. Ambos apretaron el paso.

—Kahlan, ¿recuerdas que me contaste que Panis Rahl envió seres de sombra? ¿Crees que pueden ser ellos?

—No lo sé. —Kahlan se veía muy inquieta—. Nunca he visto ninguno. Eso ocurrió durante la última guerra, antes de que yo naciera. Pero las historias siempre contaban lo mismo, que flotaban. Nunca he oído decir a nadie que permanecieran quietas.

—Tal vez no se mueven a causa de los huesos. Tal vez saben que estamos aquí pero no pueden encontrarnos, y por eso se quedan quietas y buscan.

La mujer se arrebujó en la capa, obviamente asustada ante esa posibilidad, aunque no dijo nada. A la luz del crepúsculo continuaron avanzando, muy juntos, compartiendo las mismas inquietudes. Había otra sombra a un lado del sendero. Kahlan le agarró el brazo con fuerza. Pasaron junto a ella lentamente, en silencio, sin apartar los ojos de la sombra. Ésta no se movió. Richard se sentía a punto de dejarse llevar por el pánico pero sabía que no podía; no podían salir de la vereda, tenían que pensar con la cabeza. Tal vez lo que querían las sombras era que echasen a correr para que abandonaran el camino e, involuntariamente, penetraran en el inframundo. Ambos miraban a su alrededor y hacia atrás al caminar. Kahlan estaba mirando al otro lado cuando una rama le rozó la cara. La mujer se sobresaltó y saltó sobre Richard. Al darse cuenta de su error se disculpó. Richard le dirigió una sonrisa tranquilizadora.

Las hojas de los pinos conservaban gotitas de lluvia y de la niebla y cuando una suave brisa balanceaba las ramas, llovía de los árboles. En la penumbra les costaba distinguir si lo que los rodeaba eran sombras o sólo las oscuras formas de los troncos. Por dos veces no hubo duda; estaban junto a la vereda, inconfundibles. Sin embargo, no se movieron ni los siguieron sino que se quedaron allí, como si los vigilaran, aunque no tenían ojos.

—¿Qué vamos a hacer si nos atacan? —preguntó Kahlan con voz tensa.

La mujer le aferraba el brazo con demasiada fuerza, por lo que éste le soltó los dedos y le cogió la mano. Kahlan se la estrujó.

—Lo siento —se disculpó con una tímida sonrisa.

—Si nos atacan la espada las detendrá —le aseguró el joven.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque detuvo a los seres del Límite.

Kahlan pareció satisfecha con la respuesta, al menos Richard deseó que lo estuviera. Un silencio de muerte envolvía el bosque, excepto por un ruido áspero que no sabía qué lo producía. No se oían los habituales sonidos nocturnos. Oscuras ramas se balanceaban cerca de ellos en la brisa, acelerándole el corazón.

—Richard —dijo Kahlan en un susurro—, no dejes que te toquen. Si son seres de sombra el contacto con ellos es mortal. Y aunque no lo sean no sabemos qué podría pasar. Debemos impedir que nos toquen.

Richard le apretó la mano para tranquilizarla. El joven resistió el impulso de desenvainar la espada. Aunque la magia de la espada funcionara contra las sombras tal vez había demasiadas. Si no había más remedio la usaría pero su instinto le decía que no lo hiciera.

La oscuridad crecía en el bosque. Los troncos de los árboles se erguían como pilares negros en la penumbra. Richard sentía como si hubiera ojos en todas partes, vigilándolos. La vereda atravesaba ahora una ladera, y el joven podía ver rocas oscuras que se alzaban a su izquierda. Hilos de agua de la lluvia corrían entre ellas. Richard oía cómo borboteaba y salpicaba. A la derecha el terreno caía abruptamente. La siguiente vez que miraron atrás había tres sombras en la senda, apenas visibles. Continuaron avanzando. Richard oyó de nuevo aquel sonido áspero en el bosque, a ambos lados; no le resultaba familiar. Más que ver sentía que tenían sombras a ambos lados y también detrás. Algunas eran inconfundibles, pues estaban muy cerca de la vereda. Sólo tenían el camino despejado hacia adelante.

—Richard —susurró Kahlan—, ¿no crees que deberías sacar la piedra noche? Apenas veo por dónde vamos. —La mujer le apretaba la mano con fuerza. Pero Richard vaciló.

—Prefiero no hacerlo hasta que sea absolutamente necesario. Temo lo que pueda ocurrir.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, las sombras aún no nos han hecho nada, tal vez porque los huesos les impiden vernos. —Hizo una breve pausa y prosiguió—: ¿Pero y si pueden ver la luz de la piedra noche?

Kahlan se mordió el labio inferior, turbada. Tenían que esforzarse por distinguir la senda, que serpenteaba por la ladera alrededor de árboles, rocas, peñas y raíces. Ahora el suave sonido áspero se oía más cerca, los rodeaba. Sonaba como... como garras que arañaran la roca, pensó Richard.

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