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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Que la fuerza acompañe al Buscador —dijo Adie con su áspera voz—, y también a ti, muchacha. Os esperan tiempos difíciles.

18

La senda era lo suficientemente ancha para permitir que caminaran uno al lado del otro. Las nubes eran espesas y amenazadoras pero no llovía. Ambos se abrigaban con las capas. Las hojas de los pinos formaban una alfombra húmeda y marrón sobre el sendero que atravesaba el bosque. Entre los altos árboles apenas crecían matorrales, por lo que desde la senda tenían una buena visibilidad. Vaporosas franjas de helechos cubrían el suelo del bosque entre los árboles, con alguna rama muerta sobre ellos como si yaciera en un lecho. Las ardillas les gritaban al pasar mientras los pájaros cantaban con poca convicción.

Richard cortó una ramita de pino al pasar y se entretuvo arrancando las agujas con el pulgar y el índice.

—Adie es más de lo que parece —comentó al fin.

Kahlan lo miró sin dejar de caminar y repuso:

—Es una hechicera.

—¿De veras? —Richard miró a Kahlan por el rabillo del ojo, sorprendido—. No sé qué es exactamente una hechicera.

—Bueno, es más que nosotros, pero menos que un mago.

Richard aspiró el aroma de las hojas de pino y luego las arrojó a un lado. Es posible que Adie fuese más que él, pensó, pero, en cuanto a Kahlan no estaba tan seguro. Recordaba la mirada de Adie cuando Kahlan la agarró por la muñeca. Había sido una mirada de temor. Asimismo recordó la expresión de Zedd la primera vez que vio a Kahlan. ¿Qué poder poseía, capaz de atemorizar a una hechicera y a un mago? ¿Cómo había causado ese trueno sin sonido? Richard sabía que lo había hecho dos veces; la primera con la cuadrilla y otra vez con Shar, el geniecillo nocturno. Richard recordó el dolor que siguió. ¿Era una hechicera más poderosa que Kahlan?

—¿Qué hace Adie viviendo allí, en el paso?

—Se hartó de que la gente llamara a su puerta continuamente, pidiéndole encantamientos y pociones —le explicó Kahlan, retirándose del rostro algunos mechones de cabello—. Quería estar tranquila para estudiar, sea lo que sea lo que una hechicera estudia; emplazamientos superiores, creo que los llamó.

—¿Crees que estará a salvo cuando el Límite caiga?

—Así lo espero. Me cae muy bien.

—A mí también —repuso Richard risueño.

En algunos tramos el sendero subía en pronunciada pendiente, lo que les obligaba a ir en fila india mientras serpenteaba a lo largo de rocosas laderas y sobre crestas. Richard dejó que Kahlan fuera primera, para así asegurarse de que no se desviaba del camino. Una o dos veces tuvo que indicarle por dónde seguir, pues gracias a su experiencia como guía podía percibir lo que se escapaba a la mirada no entrenada de la mujer. Otras veces la senda era un surco bien marcado. El bosque era muy espeso. Algunos árboles habían brotado de grietas en las rocas que descollaban en la gruesa alfombra de hojas. Una fina niebla flotaba entre los árboles. Las raíces que sobresalían de las hendiduras les proporcionaban asideros a los que agarrarse para trepar por las abruptas pendientes. A Richard le dolían las piernas por los pronunciados descensos del oscuro sendero.

El joven se preguntaba qué harían una vez llegaran a la Tierra Central. Había esperado que Zedd les comunicara su plan tras cruzar el paso, pero ahora no tenían ni a Zedd ni plan. Le parecía un poco ridículo dirigirse a la Tierra Central. ¿Qué iba a hacer una vez llegaran allí? ¿Quedarse de pie, mirar a su alrededor, adivinar dónde estaba la caja e ir a buscarla? No le parecía un buen plan. No podían perder tiempo vagando por ahí al buen tuntún, esperando encontrarse con algo. Nadie lo estaría esperando en la Tierra Central para decirle adónde ir.

La senda ascendía por un empinado montón de rocas. Richard inspeccionó el terreno. Sería más sencillo rodear el afloramiento rocoso que trepar por él pero, finalmente, saber que el Límite podía estar en cualquier parte le hizo desistir. Tenía que haber una razón por la que el sendero continuara por allí. Subió primero y después tendió a Kahlan una mano para ayudarla.

Prosiguieron la marcha. Richard no dejaba de hacer cábalas. Alguien debía de haber ocultado una de las cajas, porque si no Rahl ya la tendría. Pero si Rahl no podía encontrarla, ¿cómo iba a hacerlo él? Él no conocía a nadie en la Tierra Central y tampoco sabía dónde buscar. Pero alguien sabía dónde se encontraba esa última caja y así era como la encontrarían. No tenían que buscar la caja, sino a alguien que pudiera decirles dónde estaba.

De pronto se le ocurrió: magia. La Tierra Central era un lugar mágico. Tal vez alguien con magia podría informarles del paradero de la caja. Adie sabía cosas de él aunque nunca lo había visto antes. Seguro que existía alguien con el tipo de magia capaz de decirles dónde se encontraba la caja, aun sin haberla visto. Por supuesto, tendrían que convencer a esa persona de que se confiara a ellos. Pero, seguramente, a alguien que ocultara a Rahl el Oscuro lo que sabía no le desagradaría ayudarlos. El joven se dijo que había demasiados deseos y esperanzas en sus pensamientos.

Pero algo sí sabía: aunque Rahl tuviera todas las cajas, sin el libro no sabría qué caja era cuál. Mientras caminaba, Richard iba recitando para sus adentros elLibro de las Sombras Contadas,tratando de hallar el modo de detener a Rahl. Puesto que se trataba de un libro de instrucciones para las cajas debería incluir algo para impedir que fuesen usadas, pero no había nada de eso. La explicación de qué podía hacer cada caja, las instrucciones para determinar cuál era cada cual y cómo abrir la adecuada, ocupaban solamente las últimas páginas. Richard comprendía bien esa parte, pues estaba escrita de manera clara y precisa. Pero el resto, la gran mayoría, eran instrucciones sobre cómo resolver posibles eventualidades o problemas que podían impedir que el poseedor de las cajas tuviera éxito. El libro empezaba con cómo verificar la veracidad de las instrucciones.

Si él pudiera crear uno de esos problemas podría parar los pies a Rahl, pues éste no poseía el libro para ayudarlo. Pero la mayoría de los problemas eran cosas que él no podía provocar de ninguna de las maneras; cosas relacionadas con el ángulo del sol o con las nubes el día que se abriera la caja. Y gran parte de esas instrucciones no tenían sentido para él. Richard se dijo que tenía que dejar de pensar en el problema para pensar en la solución. Repasaría de nuevo el libro. Se aclaró la mente y empezó por el principio.

La verificación de la autenticidad de las palabras delLibro de las Sombras Contadasen caso de no ser leídas por quien controla las cajas, sino pronunciadas por otra persona, sólo podrá ser realizada con garantías mediante el uso de una Confesora...

A última hora de la tarde, Richard y Kahlan sudaban profusamente por el esfuerzo. Al cruzar un arroyo Kahlan se detuvo, sumergió un trozo de tela en el agua y lo usó para refrescarse la cara. A Richard le pareció una buena idea, por lo que al topar con otro arroyo se detuvo para hacer lo mismo. Era un arroyo de aguas límpidas y poco profundas, pues fluía sobre un lecho de cantos rodados. Se mantuvo en equilibrio encima de una roca lisa mientras se agachaba para empapar un trozo de tela en las frías aguas.

Al levantarse vio la sombra. Al instante se quedó paralizado.

Allí, en el bosque, había algo medio escondido detrás del tronco de un árbol. No era una persona, aunque era más o menos del mismo tamaño, y no tenía una forma definida. Era como la sombra de alguien flotando en el aire. La sombra no se movió. Richard parpadeó y entrecerró los ojos, tratando de averiguar si realmente veía eso o sólo se lo parecía. Tal vez no era más que un efecto de la débil luz del ocaso o la sombra de un árbol, que había confundido con otra cosa.

Kahlan continuaba avanzando por el sendero. Richard la alcanzó y le puso una mano sobre la parte baja de la espalda, bajo la mochila, para que no se detuviera. Entonces se inclinó hacia la oreja de la mujer y le susurró:

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