Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:

El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
1 ... 66 67 68 69 70 71 72 73 74 ... 228
Перейти на страницу:

Un poco por delante, a ambos lados de la senda, se erguían dos sombras. Kahlan se apretó a él y contuvo la respiración mientras pasaban entre ellas. Al llegar a la altura de las sombras Kahlan hundió la cara en el hombro del joven. Éste le pasó un brazo alrededor y la sostuvo. Comprendía cómo se sentía; él también estaba aterrorizado y el corazón le latía acelerado. Parecía que, con cada paso que daban, iban demasiado lejos, se metían demasiado hondo. Richard miró atrás, pero no había luz suficiente para ver si las sombras seguían allí.

De pronto apareció ante ellos una forma completamente negra. Era una enorme roca hendida por la mitad: el Embudo.

Richard y Kahlan apoyaron las espaldas en la roca, junto a la hendidura. La oscuridad ya no les permitía ver por dónde iban, ni si había alguna sombra cerca. Sin la luz de la piedra noche no podrían seguir la senda a través de la roca. Era demasiado peligroso; un paso en falso en el Embudo y estaban muertos. En el silencio el ruido áspero sonaba más cerca y parecía venir de todas partes. Richard se metió la mano en el bolsillo y sacó la bolsa de piel. Deshizo el cordón y dejó caer la piedra noche en la palma de la mano.

Una cálida luz brilló en la noche, iluminando el bosque que los rodeaba y creando inquietantes sombras. Richard sostuvo la piedra al frente para ver mejor.

Kahlan ahogó un grito.

A la luz amarilla y cálida vieron una pared de sombras, cientos de ellas, pegadas unas a las otras. Formaban un semicírculo a menos de seis metros de distancia. En el suelo había docenas y docenas de pequeños montículos, que en un primer momento podían confundirse con rocas. Pero no lo eran. Tenían la espalda cubierta por una coraza gris compuesta por placas trabadas entre sí y del borde inferior sobresalían pinchos recortados.

Lapas chupasangre.

Eran ellas las que producían el áspero sonido al raspar las garras contra la roca. Las lapas chupasangre se movían con extraños andares de pato, y sus jibosos cuerpos se balanceaban a un lado y al otro al avanzar penosamente. No eran rápidas pero sí constantes. Algunas estaban ya a pocos metros.

Kahlan se quedó paralizada, con la espalda contra la roca y los ojos muy abiertos. Richard alargó una mano, la agarró por la camisa y tiró de ella hacia adentro. Las paredes de roca se notaban húmedas y resbaladizas. Allí dentro, en un espacio tan estrecho, Richard sentía que el corazón le iba a salir por la boca. No le gustaba estar en lugares confinados. Avanzaban de espaldas, volviendo la cabeza de vez en cuando para ver por dónde iban. Richard sostenía la piedra noche e iluminaba las sombras que los perseguían. Las lapas chupasangre llegaron a la entrada del Embudo.

El joven podía oír la rápida respiración de Kahlan, que resonaba en el angosto, frío y húmedo lugar. Continuaron retrocediendo, deslizando los hombros contra los costados de la roca. El agua fría y viscosa les empapaba la camisa. En un punto tuvieron que agacharse y pasar de lado, porque la grieta se estrechaba tanto que apenas quedaba espacio para poder pasar. Restos de vegetación habían caído en la húmeda hendidura y el lugar hedía a podredumbre. Así, caminando de lado, finalmente llegaron al otro lado. Las sombras se habían detenido al llegar al Embudo; las lapas chupasangre, no.

Richard propinó un puntapié a una que se acercó demasiado, lanzándola dando tumbos sobre las hojas y las ramitas del suelo de la grieta. La criatura aterrizó sobre el caparazón y se quedó agitando las garras en el aire, chasqueando las mandíbulas y silbando, retorciéndose y balanceándose hasta que logró enderezarse. Entonces, se irguió sobre sus garrudos pies y lanzó un chasqueante gruñido antes de atacar de nuevo.

Ambos se dieron rápidamente media vuelta para seguir. Richard sostenía la piedra noche para iluminar el sendero del Embudo. De pronto Kahlan contuvo la respiración.

La cálida luz iluminaba la ladera, donde el sendero del Embudo debería estar. Pero lo que vieron sus ojos, hasta donde alcanzaba la vista, fue una masa de escombros formada por rocas, ramas, astillas y barro.

El Embudo había quedado sepultado. Ambos dieron un paso más allá de la roca para ver mejor.

La luz verde del Límite se materializó, sorprendiéndolos a ambos. Inmediatamente retrocedieron.

—Richard...

Kahlan le agarró un brazo. Tenían a las lapas chupasangre a sus talones y las sombras flotaban en la grieta.

19

Las antorchas colocadas en ornamentados hacheros dorados iluminaban los muros de la cripta con su parpadeante luz, que se reflejaba en el pulido granito rosa de la enorme sala abovedada. El olor de la brea se mezclaba con el aroma de las rosas en el aire quieto y sin vida. Las rosas blancas —que se reemplazaban cada mañana sin falta desde hacía tres décadas— llenaban cada uno de los cincuenta y siete jarrones de oro colocados en los muros, bajo cada una de las cincuenta y siete antorchas que representaban cada año de vida del difunto. El suelo era de mármol blanco, de modo que si un pétalo caía no se veía hasta que era retirado. Muchas personas se encargaban de que ninguna antorcha dejara de arder más de unos minutos, o de que los pétalos de rosa no reposaran largo rato en el suelo. Todos ponían los cinco sentidos en su tarea y se entregaban por completo a ella, ya que cualquier fallo podía hacerles perder su cabeza. Los guardianes, que custodiaban la tumba noche y día, se aseguraban de que las antorchas ardieran, que las flores fuesen frescas y que ningún pétalo de rosa mancillara largo rato el suelo. Y, desde luego, también se encargaban de las ejecuciones.

Los cuidadores de la cripta se reclutaban entre los campesinos de la zona y serlo se consideraba un honor. Este honor conllevaba la promesa de una muerte rápida si eran ejecutados. En D’Hara una muerte lenta era muy temida y también cosa habitual. A los cuidadores se les cortaba la lengua para que no pudieran hablar mal del rey difunto mientras estuvieran en la cripta.

Cuando estaba en casa, en el Palacio del Pueblo, el Amo solía visitar la tumba al caer la tarde. Durante esas visitas no podía estar presente ningún cuidador ni guardia de la tumba. Ese día los cuidadores habían tenido una tarde muy ajetreada, sustituyendo las antorchas por otras nuevas para que ninguna se apagara durante la visita y comprobando los centenares de rosas blancas, sacudiéndolas suavemente para asegurarse de que ningún pétalo estaba flojo, pues en ese caso rodarían cabezas.

Un bajo pilar en el centro de la inmensa sala sostenía el ataúd, dando la impresión de que flotaba en el aire. El ataúd, cubierto de oro, relucía a la luz de las teas. A los lados de éste se veían símbolos grabados, así como en las paredes de granito de la cripta, bajo antorchas y jarrones. Eran instrucciones escritas en una antigua lengua en las que un padre indicaba a su hijo cómo penetrar en el inframundo y regresar. Aparte del hijo sólo un puñado de gente entendía esa lengua y ninguna de ellas vivía en D’Hara. Todos los habitantes de D’Hara que la comprendían hacía tiempo que habían sido eliminados. Algún día lo sería el resto.

Los guardianes de la tumba y sus cuidadores se habían retirado. El Amo visitaba la tumba de su padre. Sólo dos guardias personales, situados uno a cada lado de la maciza puerta exquisitamente tallada y pulida, velaban por él. Sus uniformes de cuero y malla, sin mangas, ponían de relieve sus corpulentos cuerpos y el marcado contorno de sus poderosos músculos. Alrededor de los brazos, justo por encima del codo, llevaban guardabrazos de púas mortalmente afiladas, que usaban en combate para hacer pedazos al adversario.

Rahl el Oscuro rozó con sus delicados dedos los símbolos grabados en la tumba de su padre. Una inmaculada túnica blanca, adornada únicamente con una estrecha franja de bordados en oro alrededor del cuello y en el centro del pecho, cubría su delgado cuerpo casi hasta tocar el suelo. No llevaba joyas; tan sólo un cuchillo curvo enfundado en una vaina de oro, repujada con símbolos de advertencia para que los espíritus se apartaran. El cinturón del que colgaba estaba entrelazado con hilo de oro. El cabello, fino, liso y rubio, le llegaba casi a los hombros. Sus ojos presentaban una tonalidad azul increíblemente hermosa, y sus facciones los hacían resaltar.

1 ... 66 67 68 69 70 71 72 73 74 ... 228
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)