El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—Lo sé. —Demmin apretó los puños—. Giller. Una palabra vuestra, milord, y os traeré su cabeza.
—Demmin, ¿por qué crees que la reina Milena ha reclutado a un mago? —En vista de que Demmin únicamente se encogía de hombros, Rahl contestó su propia pregunta—: Para proteger la caja, por eso. La reina cree que así también se protege ella. Si la matamos a ella o al mago, es posible que después nos encontremos con que Giller ha escondido la caja con medios mágicos, y entonces deberíamos perder tiempo buscándola. Así pues, ¿por qué precipitarnos? De momento el camino más fácil es darle todo lo que pide. Si me causa algún problema me ocuparé de ella y del mago. —Rahl rodeó lentamente el ataúd de su padre, pasando los dedos por los símbolos grabados sin apartar sus azules ojos de Demmin—. Y, de todas formas, una vez que tenga la última caja las exigencias de la reina no tendrán ninguna importancia. —Llegó otra vez junto al fornido soldado y se detuvo delante de él—. Pero hay otra razón, amigo mío.
—¿Otra razón? —preguntó Demmin, ladeando la cabeza.
Rahl el Oscuro asintió, se inclinó hacia él y bajó el tono de voz para decir:
—Demmin, ¿tú matas a tus muchachos antes... o después?
Demmin retrocedió un poco para alejarse de su amo y se metió un pulgar bajo el cinturón. Carraspeó y, finalmente, respondió:
—Después.
—¿Y por qué después? ¿Por qué no antes? —preguntó, frunciendo el entrecejo en gesto tímido e inquisitivo.
Sustrayéndose a la mirada del Amo, Demmin clavó los ojos en el suelo y cambió el peso a la otra pierna. Rahl el Oscuro lo vigilaba, manteniendo el rostro muy cerca. Con voz baja, para que los guardias no lo oyeran, Demmin respondió:
—Me gusta que se retuerzan.
—Ésa es la otra razón, amigo mío —dijo Rahl con una sonrisa—. A mí también me gusta que se retuerzan, por así decirlo. Quiero disfrutar contemplando cómo se retuerce antes de matarla. —Rahl se volvió a humedecer las yemas de los dedos antes de acariciarse los labios con ellos. En la marcada faz de Demmin apareció una mueca cómplice.
—Diré a la reina Milena que el Padre Rahl se ha dignado a aceptar sus condiciones.
—Excelente, amigo mío —lo felicitó Rahl, al tiempo que le ponía una mano sobre uno de sus musculosos hombros—. Y ahora muéstrame el niño que me has traído.
Ambos se encaminaron a la puerta, sonrientes. Pero antes de llegar a ella Rahl el Oscuro se detuvo de pronto y giró sobre sus talones, con la túnica volando a su alrededor.
—¿Qué ha sido ese ruido?
A excepción del silbido de las antorchas, la cripta estaba tan silenciosa como el rey muerto. Demmin y los guardias recorrieron lentamente la sala con la mirada.
—¡Allí! —exclamó Rahl, señalando con la mano.
Los otros tres miraron hacia donde señalaba. En el suelo había un único pétalo de rosa blanca. El rostro de Rahl el Oscuro se encendió, temblaba, apretaba los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y lanzaba miradas furibundas. Estaba demasiado enfurecido para hablar y tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia. Hizo un esfuerzo por recuperar la compostura y apuntó con un dedo el pétalo blanco que yacía en el frío suelo de mármol. Como si lo hubiera tocado una suave brisa, el pétalo se alzó en el aire y flotó por la sala, hasta depositarse en la palma extendida de Rahl. Éste lo lamió, se volvió hacia uno de los guardias y se lo pegó en la frente.
El fornido guardia lo miró impasible. Sabía qué quería el Amo, por lo que asintió una sola vez antes de traspasar la puerta y desenvainar la espada en un único y ágil movimiento.
Rahl el Oscuro se irguió, se alisó el cabello y después hizo lo propio con la túnica. Entonces respiró hondo, tratando de apaciguar la cólera que lo embargaba. Ceñudo, sus ojos azules buscaron a Demmin, que seguía tranquilo de pie junto a él.
—No les pido nada más; sólo que cuiden la tumba de mi padre. A cambio los alimento, los visto y me ocupo de ellos. No les pido nada extraordinario. —Su rostro adoptó una expresión dolida—. ¿Por qué se burlan de mí con su negligencia? —Rahl posó la mirada en el ataúd de su padre y luego en Demmin—. ¿Crees que soy demasiado duro con ellos?
—No lo suficiente —repuso el aludido, igualmente ceñudo—. Tal vez si no fuerais tan compasivo y no les concedierais un rápido castigo, los otros aprenderían a satisfacer vuestras sinceras demandas con más sentido de la responsabilidad. Yo no sería tan indulgente.
Rahl el Oscuro asintió distraído, con la mirada fija en el vacío. Al poco rato volvió a respirar hondo y cruzó la puerta, con Demmin a su lado y el guardia siguiéndolos a una respetuosa distancia. Recorrieron largos pasillos de granito pulido iluminados por antorchas, subieron escaleras de caracol de piedra blanca y avanzaron por más pasillos con ventanas por las que se filtraba luz al oscuro exterior. La piedra olía a humedad y a rancio. Unos pisos más arriba el aire volvía a ser fresco. Sobre las mesillas de brillante madera, dispuestas a intervalos en los corredores, se habían colocado jarrones con ramos de flores frescas que despedían un delicado aroma.
Al llegar a otra puerta de dos hojas, en la que había grabada en relieve una escena de colinas y bosques, el segundo guardia se unió al grupito tras cumplir la misión asignada. Demmin tiró de las argollas de hierro y las pesadas hojas se abrieron con facilidad y en silencio. Detrás había una habitación recubierta por paneles de madera de roble marrón oscuro, que relucían a la luz de las velas y de las lámparas colocadas sobre pesadas mesas. Dos paredes estaban cubiertas por libros, y una inmensa chimenea calentaba la habitación, que tenía una altura de dos plantas. Rahl se detuvo para consultar brevemente un viejo libro encuadernado en piel situado encima de un pedestal, tras lo cual él y su lugarteniente atravesaron un laberinto de habitaciones, la mayoría de ellas revestidas con cálidos paneles de madera. Unas pocas estaban estucadas y decoradas con escenas de la campiña de D’Hara, bosques y prados, juegos y niños. Los guardias los seguían a distancia prudencial, mirando en todas direcciones, alerta pero silenciosos; eran las sombras del Amo.
En una de las habitaciones por las que pasaron, un cuarto de pequeñas dimensiones, la leña crepitaba y estallaba en un hogar de ladrillos. En las paredes colgaban diversos trofeos de caza, cabezas de todo tipo de animales. Las astas, que sobresalían, eran iluminadas por la única luz, la que proporcionaban las fluctuantes llamas. Súbitamente Rahl el Oscuro se detuvo. Sus ropas aparecían de color rosa a la luz del fuego.
—Otra vez —murmuró.
Demmin, que también se había detenido cuando Rahl lo hizo, le lanzó una inquisitiva mirada.
—Se está acercando de nuevo al Límite, al inframundo. —Rahl se humedeció las yemas de los dedos y después se los pasó suavemente sobre labios y cejas, con mirada ausente.
—¿Quién? —preguntó Demmin.
—La Madre Confesora. Kahlan. Ahora la ayuda un mago.
—Giller está con la reina —insistió Demmin—, no con la Madre Confesora.
—No es Giller. —Los labios de Rahl el Oscuro esbozaron una fina sonrisa—. Es el Anciano. El que busco. El que mató a mi padre. Ella lo ha encontrado.
Demmin se quedó rígido por la sorpresa. Rahl se volvió y fue hacia la ventana, situada en el otro extremo de la habitación. Formada por pequeños paneles y redondeada en su parte superior, medía dos veces su estatura. La luz del fuego arrancaba reflejos al cuchillo curvo que portaba al cinto. Con las manos a la espalda observaba el campo en la noche y veía cosas que otros no podían ver. Al volver la cabeza hacia Demmin el cabello rubio le rozó los hombros.
—Por eso fue a la Tierra Occidental. No para huir de la cuadrilla, como tú creías, sino para buscar al gran mago. —Sus ojos azules chispeaban—. La Confesora me ha hecho un gran favor; ha hecho salir de su escondrijo al mago. Qué afortunado que lograra atravesar el inframundo. Verdaderamente, el destino está de nuestro lado. Ya ves Demmin, ¿comprendes ahora por qué te digo que no debes preocuparte? Mi destino es triunfar; de un modo u otro todas las cosas acaban por servir a mis propósitos.