El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—El que una cuadrilla haya fallado no significa que la Confesora haya encontrado al mago —protestó Demmin con el entrecejo fruncido—. No es la primera vez que una cuadrilla fracasa.
Lentamente Rahl se lamió las yemas de los dedos, se aproximó al corpulento servidor y susurró:
—El Anciano ha designado a un Buscador.
—¿Estáis seguro? —inquirió Demmin, tan sorprendido que separó las manos.
—Sí, lo estoy. El viejo mago juró que nunca más volvería a ayudarlos. Nadie lo ha visto durante años y nadie ha sido capaz de decirme su nombre, ni siquiera para salvar la vida. Pero ahora la Confesora cruza a la Tierra Occidental, la cuadrilla se desvanece y es designado un Buscador. —Rahl sonrió para sí—. Debe de haberlo tocado para obligarlo a que la ayudara. Imagínate su sorpresa cuando la vio. Estuve a punto de cazarlos. —La sonrisa de Rahl desapareció y apretó con fuerza los puños—. Casi los tenía a los tres, pero otros asuntos me distrajeron y se me escaparon. Por ahora. —Se quedó pensativo un momento, para después anunciar—: La segunda cuadrilla también fallará, lo sabes. No esperarán toparse con un mago.
—Entonces enviaré otra y esta vez sabrán lo del mago —prometió Demmin.
—No. —Rahl se humedeció las yemas de los dedos mientras cavilaba—. Todavía no. Esperaremos a ver qué pasa. Tal vez me ayudará de nuevo. ¿Es atractiva la Madre Confesora? —preguntó tras un momento de reflexión.
—Nunca la he visto —contestó Demmin con gesto agrio—. Pero algunos de mis hombres sí, y se pelearon para formar parte de las cuadrillas que iban acazarla.
—No envíes más cuadrillas, por ahora. —Rahl el Oscuro sonrió—. Ya es hora de que tenga un heredero. —Asintió con aire distraído y declaró—: La quiero para mí.
—Si trata de atravesar el Límite estará perdida —advirtió Demmin.
—Tal vez no sea tan tonta como eso —replicó Rahl, encogiéndose de hombros—. Ya ha demostrado que es inteligente. De un modo u otro será mía. De un modo u otro —añadió mirando a Demmin—, haré que se retuerza.
—Los dos son peligrosos; el mago y la Madre Confesora. Podrían causarnos dificultades. Las Confesoras subvierten la palabra de Rahl; son un tremendo fastidio. Creo que deberíamos ceñirnos al plan original y matarla.
—Te preocupas demasiado, Demmin —repuso Rahl, haciendo un ademán con las manos—. Como tú mismo has dicho, las Confesoras son un fastidio, pero nada más. Si resulta problemática yo mismo la mataré, pero no antes de que me dé un hijo. El hijo de una Confesora. El mago no puede hacerme lo mismo que le hizo a mi padre. Haré que se retuerza y después lo mataré. Lentamente.
—¿Y el Buscador? —En el rostro de Demmin aparecieron arrugas de preocupación.
—Ése no llega ni a ser un fastidio —afirmó el Amo con un encogimiento de hombros.
—Lord Rahl, permitid que os recuerde que el invierno está cerca.
El Amo enarcó una ceja y la luz de las llamas parpadeó en sus ojos.
—La reina tiene la última caja y pronto será mía. No hay por qué preocuparse.
—¿Y el libro? —Demmin inclinó hacia él su sombrío rostro.
Rahl respiró hondo.
—Cuando regrese del inframundo localizaré de nuevo al mocoso Cypher. No te preocupes más, amigo mío. El destino siempre está de nuestro lado.
Dicho esto dio media vuelta y salió. Demmin lo siguió, con los guardias detrás avanzando sigilosos en las sombras.
El Jardín de la Vida era una cavernosa sala ubicada en el corazón del Palacio del Pueblo. Por unas ventanas emplomadas situadas a gran altura entraba la luz que necesitaban las lozanas plantas. Por la noche dejaban pasar la luz de la luna. El perímetro exterior de la sala estaba plantado con arriates de flores y había senderos que serpenteaban entre ellos. Más allá de las flores podían verse pequeños árboles, muretes de piedra cubiertos por enredaderas así como plantas bien cuidadas, que completaban el paisaje. A excepción de las altas ventanas, era la imitación perfecta de un jardín al aire libre. Un remanso de belleza y de paz.
En el centro de la vasta sala podía verse una extensión de césped casi circular, sólo interrumpida por una cuña de piedra blanca sobre la que descansaba una losa de granito liso, salvo por unas estrías grabadas cerca del borde de la parte superior. En una esquina había un pequeño pozo. La losa se sostenía sobre dos columnas cortas y acanaladas. Más allá de la losa había un bloque de piedra pulida situado cerca de un hoyo en el suelo para encender fuego. El bloque sostenía un antiguo cuenco de hierro de base redonda repujado con figuras de bestias, que servían de apoyo. La tapa, también de hierro y con la misma forma semiesférica, mostraba una sola bestia —un shinga—, una criatura del inframundo de pie sobre las patas traseras, y que servía de asa. En el centro del césped había un área redonda de arena blanca de hechicero, rodeada por antorchas que ardían con llamas fluidas. Símbolos geométricos entrecruzaban la arena.
En el centro de la arena estaba el chico, enterrado hasta el cuello.
Rahl el Oscuro se acercó lentamente con las manos a la espalda. Demmin esperaba junto a los árboles, sin pisar el césped. El Amo se detuvo en el borde de la hierba y la arena blanca y bajó la vista hacia el niño. Rahl el Oscuro sonrió.
—¿Cómo te llamas, hijo mío?
El labio inferior del chico tembló cuando miró a Rahl. Sus ojos se posaron entonces con miedo en el hombre fornido que esperaba junto a los árboles. Rahl se volvió y miró a su lugarteniente.
—Vete y llévate a los guardias, por favor. No quiero ser molestado.
Demmin le dirigió una inclinación de cabeza y se marchó. Los guardias lo siguieron. Entonces Rahl el Oscuro se volvió de nuevo hacia el niño, lo miró y se sentó en el césped. Una vez en el suelo se arregló la túnica y sonrió de nuevo al muchacho.
—¿Mejor?
El niño sonrió pero el labio aún le temblaba.
—¿Tienes miedo de ese hombre grande? —El niño asintió—. ¿Te ha hecho daño? ¿Te tocó donde no debía?
El niño negó con la cabeza. Sus ojos, que reflejaban una mezcla de miedo y enfado, estaban prendidos en Rahl. Una hormiga que se arrastraba por la arena blanca le empezó a subir por el cuello.
—¿Cómo te llamas, hijo? —volvió a preguntar Rahl. El niño no contestó. El Amo estudió los ojos color avellana del muchacho—. ¿Sabes quién soy?
—Rahl el Oscuro —respondió el niño con voz débil.
—El Padre Rahl —le corrigió el Amo con una sonrisa indulgente.
—Quiero irme a casa —declaró el niño, mirándolo fijamente. La hormiga ya había llegado al mentón.
—Claro que sí. Por favor, créeme, no voy a hacerte ningún daño —le dijo Rahl con tono de simpatía y preocupación—. Simplemente estás aquí para ayudarme en una importante ceremonia. Eres un invitado de honor que representa la inocencia y la fuerza de la juventud. Fuiste elegido porque me dijeron lo buen chico que eres. Todos han hablado maravillas de ti. Me han dicho que eres listo y también fuerte. ¿Han dicho la verdad?
—Bueno... —el niño vaciló y sus tímidos ojos miraron a otra parte—, supongo que sí. —Sus ojos se posaron de nuevo en Rahl—. Pero echo de menos a mi madre y quiero volver a casa. —La hormiga le recorrió la mejilla en círculo.
—Lo comprendo. —Rahl el Oscuro adoptó una mirada nostálgica—. Yo también echo de menos a mi madre. Era una mujer tan maravillosa y yo la quería tanto... Cuidó muy bien de mí. Cuando hacía algo que la complacía me preparaba una cena especial, cualquier cosa que yo deseara.
—Mi madre también lo hace —dijo el niño abriendo mucho los ojos.
—Mis padres y yo pasábamos unos estupendos ratos juntos. Nos queríamos muchísimo y nos divertíamos. Mi madre tenía una risa muy alegre. Cada vez que mi padre fanfarroneaba, ella le tomaba le pelo, y los tres reíamos tanto que a veces se nos llenaban los ojos de lágrimas.