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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Aunque tardaron apenas medio minuto en llegar a la recepción principal, descubrieron con un pánico casi visceral que los muertos estaban ya a apenas unos pasos de la entrada; los veían a través de los amplios ventanales que dominaban toda la pared exterior. Julián, más joven y atlético, pegó una rápida carrera hacia la doble puerta y no tardó en hacerla girar sobre sus goznes: las puertas se cerraron con un click apenas audible cuando los zombis más adelantados estaban ya levantando sus brazos hacia él.

– Por el amor de Dios… -musitó Pablo, reparando en los ventanales que cubrían toda la pared, desde el techo hasta el suelo.

– ¡Son cristales gruesos! -exclamó Julián-. ¡Aguantarán un tiempo, pero hay que llamar a los demás!

Los zombis se arremolinaban detrás de la galería acristalada, arrancando sonidos sordos cuando sus cuerpos se agolpaban contra los vidrios. Los habían visto, y llamaban con palmas y puños y sus ojos fijos en el interior. Sus manos dejaban marcas de suciedad.

Incapaz de decidirse sobre qué hacer a continuación, Pablo reparó de pronto en un zombi de aspecto cadavérico y largos cabellos blancos que estaba de pie entre los otros, y que levantaba una mano hacia él. Portaba una pistola, y le miraba con una sonrisa despiadada.

– ¿Qué…?

El zombi disparó, y el cristal se vino abajo con un estrépito ensordecedor. Pablo se vio transportado atrás un par de pasos, sintiendo cómo el aire frío de la calle le alcanzaba la cara. Quiso decir algo, pero le fallaron las piernas y cayó al suelo; el disparo le había alcanzado en pleno abdomen. Escupió una buena cantidad de sangre que le había subido hasta la garganta, y se desvaneció.

Julián gritó; notaba su propio corazón repiqueteando en su cabeza. Los espectros invadieron la recepción a través del cristal roto, triunfantes y terribles. El que tenía más cerca parecía aquejado de alguna aberrante forma de Parkinson, ya que movía la cabeza continuamente, arriba y abajo, a un lado y a otro, como si buscara algo desesperadamente.

Julián hizo lo más sensato que cabía esperar, dadas las circunstancias; giró sobre sus pies y empezó a correr hacia el pasillo que comunicaba con el resto de las instalaciones. Sin embargo, el zombi de la pistola, que naturalmente vestía sotana y estaba tan vivo como él mismo, entró en el recinto y se tomó su tiempo para apuntar con cuidado. Su disparo resonó, fuerte y violento, levantando ominosos ecos por la amplia sala de la recepción. Julián cayó al suelo, viéndose arrastrado metro y medio por mor de la inercia. El disparo le había atravesado un pulmón y, al intentar levantarse de nuevo, descubrió que, sencillamente, ya no era capaz.

Como el Padre Isidro sabía muy bien, el disparo recorrió las filas de zombis como una orden de activación. Sus movimientos se aceleraron, sus bocas se abrieron revelando fauces descompuestas y terribles, y la recepción se llenó de gruñidos salvajes cargados de un odio bruto y puro que parecía provenir de una olvidada herencia ancestral. Y, como había hecho en tantas ocasiones, salió fuera de nuevo y comenzó a empujarlos hacia dentro, como uno de esos encargados en las estaciones de metro japonesas cuya labor es conseguir que entre la mayor cantidad posible de gente en el vagón.

Desde la oficina principal, Aranda escuchó el primer disparo, pero lejano y amortiguado. Frunció el entrecejo; definitivamente aquello no había sonado como un trueno, pero tampoco como los disparos de fusil a los que estaba tan acostumbrado, y que eran normales en las prácticas casi diarias en las pistas deportivas.

Se levantó de la silla con una sensación extraña. Había estado mascando el peligro como un perro viejo trata de digerir un hueso demasiado duro para sus desgastados dientes. Sin embargo, se esforzaba por no transmitir su preocupación, basada sobre todo en sensaciones, y aunque una angustiosa sensación de presión se había instalado en la boca de su estómago, se contuvo por no salir corriendo a mirar si todo estaba tranquilo.

En ese momento, Moses entró en la habitación.

– Hola… esto… buenos días… -dijo, dubitativo. Su rostro acusaba preocupación-. ¿Has escuchado eso?

Aquello le bastó. Corrió a la ventana, a mirar el exterior. Desde allí se tenía una buena y diáfana vista de las pistas; a cuántas reflexiones se había entregado desde ese mismo sitio ni lo sabía. Pero aquella mañana, la escena que se dibujaba ante sí constituyó un golpe tan contundente que casi sufre un desvanecimiento. Era la certeza inequívoca de que todo por lo que habían luchado se estaba destruyendo; sus miedos confirmados, trocados en una sola escena gris, inundada de lluvia fría, una lluvia que caía sobre una plétora de muertos vivientes que ahora deambulaban por lo que había llamado su hogar.

– Dios mío… han entrado -dijo fríamente, sin apenas inflexión en la voz.

Antes de que Moses pudiera responder, un segundo disparo resonó en la distancia; esta vez mucho más fuerte y preñado de un eco atronador.

Por unos segundos, una tormenta de ideas y sensaciones invadieron su mente. Le hubiera gustado accionar alguna alarma que pusiera a la Comunidad en estado de alerta, pero una oleada de impotencia le atenazó cuando descubrió que no habían pensado en instalar alguna. Tampoco habían pensado en proveerse con unos simples transmisores para avisar al Escuadrón de la Muerte. Habían sido demasiado soberbios; maldijo el loco momento en el que pensaron que estaban a salvo de la infección zombi.

– Vamos -dijo, súbitamente bañado de un sudor frío-, hay que dar la voz de alarma.

Pero Moses ya había girado sobre sus pies y salía corriendo por el pasillo.

Mientras tanto, los muertos se habían apoderado de la recepción y empezaban a extenderse por todas las salidas, dividiendo el edificio en dos. Uno de los cocineros, un hombre bastante grueso que había sobrevivido a los primeros días de la infección escondiéndose en un kiosco de prensa, salió al corredor principal alertado por los disparos. Los zombis le recibieron con una despiadada e irracional furia; recibió una dentellada cruel en mitad del cuello y montó una escena dantesca esparciendo sangre en todas direcciones a medida que intentaba huir. Su corazón le falló antes que la pérdida de sangre, y cayó al suelo, despatarrado y sobrecogido por dolorosos espasmos.

La joven Andrea también se hallaba por la zona; aquella mañana tenía programada la limpieza de la piscina, y para llegar a ella tenía que salir fuera por las puertas dobles que Julián había cerrado sin mucho éxito. Se encontró de frente con la muerte en forma de señora cincuentona exánime, con la mitad de la cara desgarrada. Pingajos de piel muerta colgaban de sus pómulos mortecinos. Gritó y retrocedió, pero la señora la atrapó por un pliego de su amplia camisa hippie. Andrea tiró bruscamente, con tanta fuerza que la vieja camisa, lavada tantas y tantas veces, se desgarró desde la sisa. Sin embargo eso le permitió escapar por donde había venido, ululando como una sirena ronca y gastada.

A no mucha distancia, Moses bajaba las escaleras que le separaban de la recepción saltando los amplios escalones de dos en dos mientras daba la voz de alarma. En su mente, sin embargo, brillaba un único rostro: el de Isabel. Era como si su recuerdo le ofreciera una foto, pero tomada en el momento en que lloraban la muerte de sus amigos en la cloaca de Málaga. Desde el persistente trastero de su memoria, Isabel le miraba con la cara embadurnada de polvo y ojos tristes y abatidos. Tenía que llegar hasta ella, encontrarla y ponerla a salvo costase lo que costase; entonces podría decidir cómo hacer frente a la amenaza que se cernía sobre ellos.

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