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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Se pasó todo el camino de regreso a Fjällbacka pensando. Las imágenes le pasaban veloces por la retina. El monigote grande, Christian, y el pequeño, yo. Tuvo el presentimiento de que aquel «yo» era la clave de todo aquello. Y solo una persona podía desvelar la identidad de aquel «yo». Mañana, a primera hora, iría a hablar con Christian. Esta vez no tendría más remedio que responder.

– Vaya, qué extraño. Precisamente iba a llamarte. -La voz de Pedersen sonó tan seca y correcta como siempre. Pero Patrik sabía que bajo aquella pantalla, el forense tenía sentido del humor. Lo había oído bromear en más de una ocasión, aunque no con frecuencia.

– ¿Ah, sí? Y yo que pensaba meteros un poco de prisa. Necesitamos algún resultado. Lo que sea que pueda ayudarnos a avanzar un poco.

– Bueno, pues no sé lo útil que será. Pero hice lo posible por adelantar las autopsias de vuestro caso. Acabamos con Magnus Kjellner ayer, bastante tarde, y ahora mismo he terminado con Lisbet Bengtsson.

Patrik se imaginaba a Pedersen sentado mientras hablaba por teléfono, con la bata llena de sangre y con el auricular en la mano enguantada.

– ¿Qué habéis encontrado?

– En primer lugar, lo evidente, que a Kjellner lo asesinaron. Bastaba la simple inspección ocular del cadáver, pero nunca se sabe. A lo largo de los años me he encontrado con una serie de casos en que las víctimas presentaban heridas post mórtem, pero la causa de la muerte era totalmente natural.

– Ya, pero no era este el caso, ¿no?

– No, desde luego. La víctima presentaba una serie de cortes en el pecho y el estómago, infligidas con un objeto afilado, seguramente un cuchillo. Eso fue, sin duda, lo que le causó la muerte. Le atacaron de frente y presentaba heridas defensivas en las manos y bajo los brazos.

– ¿Algún dato sobre el tipo de cuchillo?

– La verdad, no quisiera especular, pero a juzgar por las heridas, diría que se trata de un cuchillo de hoja lisa. Y… -el forense hizo una pausa de efecto- diría que se trata de algún tipo de navaja de pesca -declaró Pedersen satisfecho.

– ¿Cómo puedes saberlo? -preguntó Patrik-. Debe de haber miles de modelos de navaja.

– Sí, y en realidad, no puedo decir que se trate de una navaja de pesca, pero sí que la habían utilizado para limpiar pescado.

– De acuerdo, pero ¿cómo has podido averiguarlo? -La impaciencia lo corroía por dentro y Patrik habría preferido que Pedersen no hubiese tenido aquella inclinación por los efectos dramáticos. El forense contaba con toda su atención.

– Porque encontré escamas de pescado -respondió Pedersen.

– ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cómo podían quedar escamas, si el cuerpo llevaba tanto tiempo en el agua? -Patrik notó que se le aceleraba el pulso. Tenía tantas ganas de conseguir algo, cualquier cosa que les diera una pista con la que seguir adelante.

– La mayor parte habrá desaparecido en el agua, seguramente, pero encontré algunas hundidas en las heridas. Las he mandado analizar, por si se puede establecer la clase de pescado. Espero que os sea de utilidad.

– Sí, claro, seguro que sí -dijo Patrik, aunque comprendió que aquella información no tendría mucho sentido. A fin de cuentas, se encontraban en Fjällbacka, un pueblo donde las escamas de pescado no eran nada extraordinario.

– ¿Algo más sobre Kjellner?

– Nada de particular. -Pedersen pareció desilusionado al ver que Patrik no mostraba más entusiasmo por su hallazgo-. Lo apuñalaron y murió, seguramente en el acto. Debió de sangrar una barbaridad. Dejaría el lugar del crimen como un matadero. Aclarar esa parte es trabajo vuestro. Te enviaré el informe por fax, como siempre.

– ¿Y Lisbet? ¿Qué has averiguado sobre ella?

– Murió de muerte natural.

– ¿Estás seguro?

– Practiqué la autopsia muy a conciencia. -Pedersen parecía ofendido y Patrik se apresuró a añadir:

– O sea, lo que estás diciendo es que no la asesinaron, ¿verdad?

– Correcto -respondió Pedersen, aún con un resto de frialdad-. Para ser sincero, es un milagro que viviera tanto tiempo. El cáncer se había extendido por casi todos los órganos vitales. Lisbet Bengtsson estaba muy enferma. Sencillamente, se murió.

– Así que Kenneth estaba equivocado -dijo Patrik como hablando consigo mismo.

– ¿Cómo?

– No, nada. Estaba pensando en voz alta. Gracias por darle prioridad a esto. En estos momentos, necesitamos toda la ayuda posible.

– ¿Tan mal está la cosa? -preguntó Pedersen.

– Sí, tú lo has dicho, tan mal está.

Alice y él tenían algo en común. Les encantaba el verano. A él, porque no tenía que ir al colegio y no tenía que aguantar a sus torturadores. A Alice, porque podía nadar en el mar. Pasaba en el agua todo el tiempo que podía. Nadaba hacia el fondo y hacia la orilla y daba volteretas. Toda la torpeza que aquel cuerpo desmañado desplegaba en tierra, desaparecía en el instante en que se adentraba en el agua. Allí se movía sin dificultad y suavemente.

Su madre era capaz de contemplarla durante horas. Aplaudir sus cabriolas en el agua y animarla a que practicara. La llamaba «su sirena».

Pero a Alice no le interesaba el entusiasmo de su madre. En cambio, lo buscaba a él con la mirada y le gritaba:

– ¡Mírame! -Se tiraba desde la roca y cuando volvía a salir a la superficie, le sonreía-. ¿Me has visto? ¿Has visto lo que he hecho? -preguntaba con el ansia en la voz y con una expresión hambrienta en la mirada. Pero él no se dignaba responder. Levantaba brevemente la vista del libro que estuviera leyendo sentado en la toalla, sobre las rocas. Ignoraba lo que Alice quería de él.

Su madre solía responder por él, tras lanzarle una mirada de enojo mezclado con no poco desconcierto. Ella tampoco lo comprendía. Ella, que dedicaba a Alice todo su tiempo y todo su amor.

– ¡Yo sí te he visto, cariño! ¡Qué bien! -le respondía. Pero era como si Alice no oyese la voz de su madre, sino que volvía a gritarle a él:

– ¡Mira ahora! ¡Mira lo que hago! -Y se iba nadando a crol hacia el horizonte. Adelantaba los brazos con movimientos rítmicos y bien coordinados.

Su madre se puso de pie llena de preocupación:

– Alice, cariño, no te alejes más. -Se hizo sombra con la mano sobre los ojos.

– Se está alejando demasiado. ¡Ve a buscarla!

Él intentó hacer como Alice y fingir que no la oía. Siguió pasando páginas despacio, concentrado en las palabras y en las letras negras sobre el papel blanco. Entonces, sintió un dolor ardiente en el cuero cabelludo. Su madre le había agarrado un buen mechón de pelo y tiraba con todas sus fuerzas. Él se levantó en el acto y entonces ella lo soltó.

– Ve a buscar a tu hermana. Mueve esa mole de grasa y procura que vuelva a la orilla.

Rememoró un instante la sensación de la mano de su madre cogiéndole la suya el día que nadaron juntos, cómo lo soltó y él se hundió en el agua. A partir de aquel día, dejó de gustarle bañarse en el mar. Había algo aterrador en el agua. Existían bajo la superficie cosas que él no veía, de las que no se fiaba.

La madre echó mano entonces del michelín de la cintura y pellizcó fuerte.

– Ve a buscarla. Ahora. De lo contrario, te dejaré aquí cuando nos vayamos a casa. -Lo dijo en un tono que no le dejó elección. Sabía que estaba hablando en serio. Si no hacía lo que le ordenaba, lo abandonarían en la isla.

Con el corazón latiéndole acelerado en el pecho, se encaminó a la orilla. Tuvo que hacer un esfuerzo supremo de voluntad para tomar impulso con los pies y zambullirse. No se atrevía a tirarse de cabeza, como Alice, sino que se dejaba caer en el azul, en el verde de las aguas, con los pies por delante. Le entró agua en los ojos y parpadeó para poder ver de nuevo. Notó que lo invadía el pánico, que la respiración se volvía ligera y superficial. Entornó los ojos. A lo lejos, camino del sol, vio a Alice. Empezó a nadar hacia ella con movimientos torpes. Notaba la presencia de su madre a su espalda, en la roca, con los brazos en jarras.

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