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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Sí. —Adie cerró los ojos y asintió—. Se lo regalo para proteger a la niña que lleva en sus entrañas, para que el bebé está a salvo y crece y se hace fuerte, como su madre. Ya veo que ha sido así.

—Gracias, Adie —le dijo Kahlan con lágrimas en los ojos y la abrazó—, gracias por ayudar a mi madre. —Adie sujetaba la muleta con una mano, y con la otra frotaba la espalda a Kahlan con auténtica simpatía. Pocos momentos después Kahlan se separó de la anciana y se secó las lágrimas.

Richard vio su oportunidad y decidió aprovecharla.

—Adie —dijo en tono suave—, tú ayudaste a Kahlan antes de que naciera. Ayúdala ahora. Su vida así como la vida de muchas otras personas, están en peligro. Rahl el Oscuro la persigue y a mí también. Necesitamos que estos dos hombres nos ayuden. Por favor, ayúdalos. Ayuda a Kahlan.

Adie le lanzó su leve sonrisa y asintió, un poco para ella misma.

—El mago elige bien a sus Buscadores. Desgraciadamente para ti, la paciencia no es un requisito imprescindible para el puesto. Tranquilo; si no pienso ayudarlos no te digo que los entres.

—Bueno, tal vez no puedas ver pero Zedd, especialmente, está muy mal —insistió Richard—. Apenas respira.

—Dime una cosa. —Los ojos blancos de la anciana lo miraron con forzada tolerancia—. ¿Conoces el secreto de Kahlan? ¿Lo que te está ocultando?

Richard no respondió y trató de no demostrar ninguna emoción. Adie se volvió hacia Kahlan.

—Dime, muchacha. ¿Conoces el secreto que te oculta él? —Kahlan tampoco respondió. Entonces Adie miró de nuevo a Richard—. ¿Conoce el mago el secreto que le ocultáis? No. ¿Conocéis vosotros el secreto que él os oculta? No. Sois tres ciegos. Mmmm. Digo que veo mejor que cualquiera de vosotros.

Richard se preguntó qué le estaría ocultando Zedd. Enarcó una ceja y preguntó a Adie:

—¿Y cuál de estos secretos conoces tú, Adie?

—Sólo el suyo —contestó la anciana señalando a Kahlan.

Richard se sintió aliviado pero trató de que su rostro permaneciera impasible. Había estado al borde del pánico.

—Todo el mundo tiene secretos, amiga mía, y tiene derecho a guardarlos cuando es necesario.

—Muy cierto, Richard Cypher. —La sonrisa de Adie se hizo más amplia.

—Y ahora, ¿qué hay de esos dos?

—¿Sabes tú cómo curarlos? —preguntó ella.

—No. Si lo supiera ya lo habría hecho.

—Tu impaciencia es perdonable; haces bien en temer por la vida de tus amigos. No te guardo rencor por preocuparte por ellos. Pero tranquilízate, los ayudo desde el momento que entran en esta casa.

—¿De veras? —Richard parecía confuso. Adie asintió.

—Los atacan por bestias del inframundo. Cuesta despertarse. Días. Cuántos, no puedo decirlo. Pero están secos. Si no tienen agua suficiente mueren, por lo que es preciso despertarlos de vez en cuando para que beban, o mueren. El mago respira lentamente no porque esté peor que Chase, sino porque así es como los magos conservan fuerzas en los momentos difíciles; se sumen en un profundo sueño. Tengo que despertarlos a los dos para que beban. Vosotros no podréis hablar con ellos, y ellos no os reconocerán. De modo que no os asustéis. Ve a esa esquina y tráeme el cubo con agua.

Richard trajo el agua y ayudó a Adie a sentarse, con las piernas cruzadas, entre las cabezas de Zedd y Chase. Entonces tiró de Kahlan para que se sentara junto a ella y pidió a Richard que le trajeradela repisa un instrumento hecho con huesos.

En parte se asemejaba mucho a un fémur humano. Estaba cubierto por una pátina marrón oscuro y parecía muy antiguo. A lo largo de la caña había grabados símbolos que Richard no reconoció. En un extremo se veían las partes superiores de dos cráneos, una a cada lado de la cabeza del hueso. Habían sido cortadas limpiamente en semiesferas y cubiertas con algún tipo de piel seca. En el centro de ambos trozos de piel se distinguía un nudo semejante a un ombligo. Alrededor de ambas pieles, en el borde del cráneo, se habían dispuesto mechones de grueso y áspero pelo negro, con cuentas entrelazadas semejantes a las que adornaban el cuello de la túnica de Adie. Dentro de los cráneos humanos había algo que hacía ruido.

—¿Qué produce ese sonido? —preguntó Richard, al tiempo que se lo tendía respetuosamente a Adie.

—Ojos secos —repuso la mujer de los huesos, sin mirarlo.

Adie agitó suavemente el hueso a modo de sonajero sobre las cabezas de Zedd y Chase, mientras musitaba un canto en el extraño lenguaje con el que se había dirigido a Kahlan. El sonajero emitía un sonido hueco, como de madera. Kahlan, sentada al lado de Adie con las piernas cruzadas, mantenía la cabeza gacha. Richard se apartó y observó.

Transcurridos diez o quince minutos, Adie le indicó con un gesto que se acercara. De pronto Zedd se irguió y abrió los ojos. El joven se dio cuenta de que la mujer de los huesos quería que le diese de beber. La anciana continuó cantando mientras Richard sumergía el cucharón en el cubo y lo acercaba a la boca de Zedd. El mago bebió ávidamente. A Richard le emocionó verlo erguido y con los ojos abiertos, aunque no pudiera hablar y no supiera dónde se encontraba. Zedd se bebió medio cubo. Cuando tuvo suficiente volvió a tumbarse y cerró los ojos. Entonces fue el turno de Chase, que se bebió la otra mitad del cubo.

Adie le alargó el sonajero de hueso y le indicó que volviera a colocarlo en el estante. Acto seguido, le pidió que le llevara la pila de huesos que había amontonados en una esquina y que los repartiera entre el cuerpo de Zedd y de Chase, indicándole cómo debía colocar cada hueso, alineándolos de una manera que sólo tenía lógica para Adie. Finalmente a Richard le tocó amontonar costillas para formar un dibujo parecido a una rueda de carro, con el centro situado exactamente sobre el pecho de cada hombre. Al acabar la anciana le dijo que había hecho un estupendo trabajo, pero el joven no se sintió halagado, pues se había limitado a seguir instrucciones. Entonces la mujer alzó hacia él sus ojos blancos y preguntó:

—¿Sabes guisar?

Richard recordó cuando Kahlan le dijo que la sopa picante que él hacía era tan buena como la suya y que sus dos tierras se parecían en muchas cosas. Adie era de la Tierra Central; tal vez le gustara comer algo de allí. El joven le sonrió.

—Me sentiría muy honrado de prepararte una sopa picante.

—Sería maravilloso. —Adie juntó ambas manos, extasiada—. Hace años que no pruebo una sopa como es debido.

Richard se dirigió a la esquina opuesta de la sala y se sentó a la mesa, donde cortó verduras y mezcló especias. El joven trabajó durante más de una hora contemplando a las dos mujeres que, sentadas en el suelo, hablaban en su extraño lenguaje. «Dos mujeres poniéndose al día de las noticias de su tierra natal», pensó satisfecho. Richard estaba de buen humor; finalmente alguien hacía algo para ayudar a Zedd y a Chase. Alguien que sabía qué les pasaba. Cuando la sopa ya se calentaba en el fuego, el joven no quiso molestarlas —parecía que pasaban un buen rato—, por lo que se ofreció para cortar leña. Adie pareció complacida.

Así pues, salió fuera, se quitó el colgante con el colmillo, se lo metió en un bolsillo y dejó la camisa en el porche para que no se mojara. Acto seguido se dirigió a la parte de atrás de la casa, con la espada, donde Adie le había dicho que encontraría la pila de leña. Fue colocando troncos sobre el caballete de serrar y los fue cortando. En su mayoría era madera de abedul, que una mujer podía cortar más fácilmente, aunque también había de arce. Richard eligió esta última, que era excelente para el fuego pero muy dura. El bosque que rodeaba la casa era oscuro y espeso pero no parecía amenazador. Más bien transmitía una sensación de seguridad y bienestar, como si protegiera la casa. No obstante, aún quedaba un último componente de la cuadrilla que perseguía a Kahlan.

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