El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
MacPherson lo miraba fijamente.
– Dejemos que les castiguen los suyos -prosiguió Monk, con acritud-. Son muy buenos en eso, créame. Lo han refinado como un arte.
MacPherson hizo una mueca.
– No ha cambiado, Monk. No debí subestimarle. Es un maldito demonio. No me gustaría contrariarle. Traté de advertir a Runcorn contra usted pero estaba demasiado ciego para verlo. Ahora le diría que se cubriera bien la espalda por haberse librado de usted, aunque no serviría de nada. Aguardará el momento oportuno y le pillará, de una forma u otra.
Monk sintió frío. A pesar de saberse duro, MacPherson le creía más duro aún. Consideraba que Runcorn era la víctima. No conocía toda la historia. No sabía nada de las ambiciones sociales de Runcorn, de su vacilación moral cuando una decisión hacía peligrar su carrera, ni de cómo alteraba hechos y eludía obligaciones con tal de complacer a quienes ostentaban el poder…, cualquier clase de poder. No conocía su estrechez de miras, su pobreza de imaginación, su innata cobardía, la mezquindad de su espíritu.
Ahora bien, Monk tampoco conocía toda la historia.
Y el pensamiento más frío de todos, el que le calaba hasta los huesos, era si él era responsable de que Runcorn se hubiese vuelto así. ¿Había hecho algo en el pasado que deformara el alma de Runcorn, convirtiéndole en el hombre que era ahora?
No quería saberlo, aunque quizá no tuviera alternativa. La imaginación le atormentaría hasta que saliera de dudas. De momento, quizá le resultaría útil permitir que MacPherson conservara la imagen de un Monk implacable y rencoroso.
– ¿A quién acudo? -preguntó en voz alta-. ¿Quién está al corriente de lo que ocurre en St Giles?
MacPherson meditó unos instantes.
– Willie Snaith, por lo pronto -dijo finalmente-. Y la vieja Berta, también. Pero no le dirán nada a menos que alguien le acompañe y responda por usted.
– No me sorprende -repuso Monk-. Acompáñeme.
– ¿Yo? -MacPherson se mostró indignado-. ¿Que abandone mi negocio? ¿Y quién se encargará de este sitio mientras me dedico a atender sus asuntos?
Monk sacó del bolsillo una de las guineas de Vida y la puso encima de la mesa.
MacPherson gruñó.
– Está desesperado -dijo secamente-. ¿Por qué? ¿Qué más le da que violen o den palizas a un puñado de mujeres desdichadas? ¡No me diga que hay alguna que significa algo para usted! -Escrutó el rostro de Monk con detenimiento-. Tiene que haber algo más. ¿Esos cabrones se la han jugado? ¿Es eso? ¿O todavía tiene que ver con Runcorn y los polis? Intenta ponerles en evidencia, ¿eh?
– Ya se lo he contado -repuso Monk, de manera mordaz-. Este caso no lo lleva la policía.
– Sí, tiene razón -concedió MacPherson-. ¿Cómo iban a llevarlo? Runcorn no es de los que se exponen. Siempre seguro, siempre prudente. ¡No como usted! -Soltó una carcajada y se puso de pie-. De acuerdo, pues. Vamos, le llevaré a ver a Willie.
Monk le siguió de inmediato.
Fuera, envuelto en un pesado abrigo, MacPherson caminó delante mientras se adentraban por St Giles hacia la zona que, a principios de siglo, se había dado en llamar «Holy Land». No pasaban por calles y callejones como había hecho Evan, sino por pasajes que a menudo no tenían más de un metro de anchura. La oscuridad era a veces impenetrable. El suelo estaba mojado. Se oía el constante goteo del agua que caía de los aleros y los canalones, el correteo de las ratas, el crujir de la madera podrida. En repetidas ocasiones MacPherson se detuvo y Monk, que no le veía, seguía avanzando y topaba con él.
Finalmente salieron a un patio con una única farola de gas cuya luz parecía brillante por comparación. Los contornos de los marcos de madera destacaban en negro, el revoque y los ladrillos reflejaban un brillo perlado, igual que los adoquines del pavimento.
MacPherson echó un vistazo atrás para asegurarse de que Monk seguía allí, luego cruzó el patio y bajó un tramo de escalones de piedra hasta un sótano donde una vela de sebo humeaba clavada en media botella vieja, indicando la entrada de un túnel en el que MacPherson se internó sin pensarlo dos veces.
Monk le siguió. Le sobrevino el vivo recuerdo de un nudo en el estómago, de un peligro que erizaba la piel, de un repentino dolor seguido por el olvido. Sabía de qué se trataba. Surgía del pasado que tanto temía, de cuando él y Runcorn habían perseguido a hombres buscados por la ley en lugares parecidos a ése. Entonces eran camaradas. Nunca había sentido el menor resentimiento por su parte, de eso estaba seguro. Y había abierto la marcha sin dudar ni un instante de que Runcorn le guardaría la espalda. Era la clase de confianza que se construye a base de experiencia, tras infinidad de ocasiones en las que ninguno falla.
Ahora seguía a Jamie MacPherson. No le veía, pero podía recrear mentalmente con toda exactitud su ancha espalda y el leve contoneo de su andar, un bamboleo como si de joven hubiese estado en el mar. Tenía la agilidad de un púgil y los puños siempre a punto. Las entradas de su pelo pajizo indicaban que ya había cumplido los cincuenta.
¿Cuánto tiempo hacía que él y Runcorn habían trabajado juntos allí? ¿Veinte años? Eso supondría que Monk era entonces veinteañero, un joven aguerrido, quizá demasiado enojado aún por la injusticia que había arruinado a su mentor y amigo, demasiado ansioso por alcanzar un poder que le permitiera deshacer entuertos.
Hester habría opinado que era arrogante, que reclamaba para sí una capacidad de juicio que no le correspondía y para la que no estaba cualificado. Nunca lo admitiría ante ella, pero hizo una mueca de dolor al reconocer que era cierto.
La voz de MacPherson llegó desde la oscuridad que se extendía frente a él, advirtiéndole de un escalón, y faltó muy poco para que Monk tropezara con él. Estaban volviendo a subir y aparecieron en otro sótano, esta vez con una puerta iluminada, en el extremo opuesto, que daba a una habitación y luego a otra. MacPherson llamó con golpes secos, primero uno, luego cuatro, y les abrió un hombre con el pelo de punta y expresión divertida, que alzó una mano a la que le faltaba el dedo corazón.
– Válgame Dios, que me parta un rayo si no es Monk otra vez -dijo, de buen humor-. Le daba por muerto. ¿Qué diablos hace aquí?
– Investiga las violaciones de Seven Dials -contestó MacPherson sin dar tiempo a hablar a Monk.
Los ojos color avellana de Willie Snaith se abrieron como platos, mirando a MacPherson.
– No me irás a decir que a los maderos les importa un carajo. No me lo trago. ¿Te has vuelto idiota, Mac? Te has olvidado de quién es éste, ¿no?
– Ya no está en la pasma -explicó MacPherson, entrando en la habitación y cerrando la puerta que daba al sótano-. Runcorn se desquitó, según parece, y consiguió que lo echaran. Trabaja por su cuenta. Y a mí también me gustaría saber quién ha estado haciendo eso, porque no es nadie que viva por aquí, sino unos tipos elegantes de los barrios del oeste.
– ¡Que el diablo me lleve! Vivir para ver, como suele decirse. Así que ahora Monk trabaja para nosotros, como quien dice. ¡Esta sí que es buena! -Rió con satisfacción-. ¿Y qué es lo que quiere de mí, entonces? No sé quién lo hizo, ¡si no ya me habría encargado yo mismo!
– Quiero saber si ha habido violaciones o palizas a mujeres trabajadoras durante las últimas tres semanas -repuso Monk de inmediato-. O incluso en las dos semanas anteriores a eso.
– No… -contestó lentamente Snaith-. No que yo sepa. ¿De qué le sirve eso?
– De nada -contestó Monk-. No es lo que esperaba que me dijera. -Aunque acto seguido se dio cuenta de que no era verdad. Habría indicado una solución pero no la que deseaba. Le traía sin cuidado la persona de Rhys Duff, pero sabía hasta qué punto haría sufrir a Hester. No debía tenerlo en cuenta. La verdad era lo único que contaba. Si Rhys Duff era culpable, se trataba de uno de los hombres más insensibles y brutales que Monk había conocido jamás. Se había hundido en tal depravación que toda redención resultaba inimaginable. Por añadidura, aunque con el tiempo se recuperara, estaban también sus compañeros. No era el único culpable. Quienquiera que hubiese estado con él todavía andaba suelto, presumiblemente con los mismos apetitos violentos y crueles. Aun suponiendo que el ataque a Rhys les hubiese espantado durante un tiempo, su temor no duraría mucho. Un sadismo tan arraigado no se desvanece del carácter de nadie en un solo acto, por cruel que fuese. La necesidad de hacer daño surgiría de nuevo y de nuevo sería satisfecha.