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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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Superando la primera impresión producida por los ojos del ser celeste, los dos científicos empezaron a examinar el rostro. La cabeza redonda recubierta por una piel espesa, lisa, sin pelos, no aparecía monstruosa ni repugnante. La fuerte, la amplia frente saliente tenía un aspecto tan intelectual y humano como los extraños ojos, y atenuaba los insólitos trazos de la parte inferior de la cara. La falta de orejas y de nariz, la boca en forma de pico y sin labios, eran en sí desagradables, pero no podían hacer olvidar que el desconocido ser estuviese cercano al hombre, fuese comprensible y no extraño. Todo en el aspecto del antiguo huésped de nuestro planeta denotaba afinidad de espíritu y de pensamiento con los hombres de la Tierra. Esto pareció a Satrov y a Davydov una garantía de que los habitantes de las diversas «naves de estrellas» se comprenderían una vez vencido el espacio que los separaba, una vez verificado el encuentro del pensamiento dispersado sobre las lejanas islas planetarias del universo. A los científicos les hubiese gustado pensar que esto se hacía realidad en un próximo futuro, pero la razón les decía que aún serían necesarios millones de años de conocimiento para la gran conquista del universo.

Y antes de proceder con seguridad a la unión de los distintos mundos, sería necesario unir a los pueblos de nuestro planeta en una sola familia fraterna, destruir la desigualdad, la opresión y los prejuicios de raza. En caso contrario, la humanidad nunca tendría fuerzas para llevar a cabo la empresa sublime de sojuzgar los terribles espacios interestelares, no lograría afrontar las mortales fuerzas del cosmos que amenazan la vida cuando ésta ya no es defendida por la atmósfera. Y para alcanzar esta primera fase era preciso trabajar aún prodigando todas las fuerzas del espíritu y del cuerpo, hasta alcanzar la condición necesaria al gran futuro de los hombres de la Tierra…

Arcadij y Boris Strugackij

Las Seis Cerillas

El inspector dejó la agenda a un lado y dijo:

— Es un asunto complicado, tovarich Leman. Un asunto muy extraño. — No lo creo así —dijo el director del instituto.

— ¿No?

— No. Para mí todo está claro.

El director hablaba con sequedad, observando atentamente la plaza vacía, cubierta de asfalto e inundada de sol que se extendía hasta la ventana. Sentía ya desde hacía mucho tiempo un dolor en el cuello. En la plaza no sucedía nada interesante, pero seguía obstinadamente sentado hacia ella. Expresaba así su desaprobación. El director era joven y muy susceptible. Comprendía perfectamente a qué se refería el inspector, pero opinaba que éste no tenía derecho a inmiscuirse en aquel asunto. La tranquila insistencia del inspector le irritaba.

— Va hasta el fondo — se dijo con rabia—. Todo está claro como la luz del sol, pero él pretende llegar hasta el fondo…

— Pues para mí no todo está claro — insistió el inspector.

El director se encogió de hombros, echó una ojeada al reloj y se puso en pie.

— Perdóneme, camarada Ribnikov — dijo—. Dentro de cinco minutos tengo una lección. Si no me necesita…

— Haga lo que guste, tovarich Leman. Una última cosa, desearía hablar con ese… " ayudante personal «… ¿Gorcinski se llama?

— Gorcinski. Aún no ha regresado. Pero en cuanto vuelva se lo enviaré.

El director hizo una inclinación de cabeza y salió. El inspector le siguió con la mirada, guiñando los ojos.

— Eres un poco remolón, amigo — se dijo—. No importa. Ya te llegará tu turno.

Pero el turno del director aún no había llegado. Antes había que aclarar el asunto principal. Efectivamente, al primer golpe de vista todo parecía claro. El inspector Ribnikov del Servicio para la Protección del Trabajo, podía empezar ya su «informe sobre el asunto Andrés Komlin, director del laboratorio de física del Instituto Central del Cerebro». Andrés Andreevic Komlin ha realizado experimentos peligrosos en su propia persona y lleva cuatro días en el hospital, en un estado intermedio entre el sueño y el delirio, con la cabeza redonda y cerdosa inclinada hacia atrás y cubierta por extraños anillos blancos. No puede hablar, los médicos inyectan en su organismo sustancias reconstituyentes y, durante sus consultas, resuenan frecuentemente palabras siniestras: agotamiento nervioso agudo, lesión en los centros de la memoria, lesión en los centros orales y auditivos…

Según el inspector, el asunto Komlin había dejado de ser interesante para el Servicio de Protección del Trabajo. Estaba comprobado que un fallo en la preparación, la falta de cuidado y, por último, la incompetencia del personal, fueron irrelevantes. Estaba comprobado que tampoco se infringieron las normas de seguridad, por lo menos en su sentido habitual. Estaba comprobado, en fin, que Komlin realizaba los experimentos sobre su persona con el mayor secreto, y que nadie en el instituto lo sabía. Ni siquiera Alejandro Gorcinski, «ayudante personal de Komlin», aunque algunos asistentes del laboratorio tuviesen una opinión distinta.

El inspector tenía otros intereses, porque no era únicamente inspector. Su olfato de viejo científico le insinuaba que detrás de las informaciones fragmentarias sobre el trabajo de Komlin, detrás la extraña desgracia que éste había padecido, se ocultaba la historia de algún descubrimiento asombroso. Al barajar en su memoria las informaciones proporcionadas por los asistentes del laboratorio, el inspector se convencía cada vez más.

Tres meses antes que ocurriese la desgracia, el laboratorio había recibido un nuevo aparato. Se trataba de un generador neutrínico, es decir, una instalación para la formación y encendido de haces de neutrinos. Fue justamente con la llegada de dicho generador al laboratorio de física cuando se inició una serie de incidentes que, desdeñados por las personas directamente complicadas, terminaron por provocar una gran desgracia.

En aquella época, Komlin aplazó con visible satisfacción todos los trabajos no terminados, confiándolos con una excusa a su sustituto, se encerró en la habitación donde había sido instalado el generador neutrínico y empezó, según propia declaración, los trabajos preparatorios para una serie de experimentos preliminares. Esto requirió algunos días. Luego, inesperadamente, Komlin abandonó su celda, hizo, como de costumbre, una visita general al laboratorio, con tres lavados de cerebro públicos a sus colaboradores, firmó algunas cartas y encargó a su sustituto que se ocupara del informe mensual. Al día siguiente se encerró de nuevo con el generador esta vez en compañía de su ayudante Alejandro Gorcinski.

Su labor no fue conocida hasta más tarde, o sea dos días antes de la desgracia, cuando Komlin y Gorcinski presentaron un extraordinario informe, «que sacudió las bases de la medicina», sobre la agopunción neutrínica. Pero durante aquellos tres meses de trabajo, Komlin atrajo en tres ocasiones la atención de sus colaboradores.

La primera vez, un buen día, Andrés Andreevic apareció en el laboratorio con la cabeza afeitada y cubierta por una papelina negra. Este hecho, por sí mismo, no hubiese llamado la atención si, una hora después, Gorcinski no hubiese saltado fuera del «neutrínico», pálido y desencajado, para precipitarse — volcando los armarios— hacia el botiquín farmacéutico del laboratorio. Sacando rápidamente algunas cajas de curas de urgencia, volvió con la misma celeridad al «neutrínico», cerrando la puerta tras él. En aquel momento, uno de los colaboradores tuvo tiempo de ver a Andrés Andreevic de pie ante la ventana con el cráneo desnudo y brillante, sujetándose el brazo izquierdo con la mano derecha. Su mano izquierda estaba manchada de algo oscuro, probablemente sangre. Aquella tarde, Komlin y Gorcinski, salieron en silencio del «neutrínico» y, sin mirar a nadie, abandonaran el laboratorio. Ambos parecían pálidos y la mano izquierda de Komlin estaba envuelta en una venda sucia.

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