El pecado o algo parecido
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El pecado o algo parecido». Краткое содержание книги:
Sinopsis: Méndez lamentó la crueldad de su destino. Había venido a Madrid para no trabajar nada, y se encontraba con que tenía que averiguar qué había detrás del repugnante crimen cometido con el culo ignorado de una mujer ignorada en un lugar ignorado.
Fue hacia la puerta. Sus ojos abarcaban, al fondo del piso, la figura temblorosa de la mujer. Hizo un gesto tranquilizador, aunque sabía que no iba a servir de nada.
– No pierda la esperanza -añadió-. Quizá se trata de un error. Yo averiguaré lo que pueda. Ah… Oiga.
– No se preocupe, no saldré de aquí ni abriré a nadie. Ni siquiera contestaré al teléfono.
– Eso es lo que ha de hacer. Como nadie se esconde aquí, no corre ningún peligro. Volveré pronto.
Y Méndez salió. Quería darse prisa, pero eso tiene sus peligros. Estuvo a punto de romperse la crisma en la escalera de los templarios.
Olga Tavares quedó sola, envuelta en el silencio de aquellas habitaciones a las que no llegaban los ruidos de París. Sentada junto a la ventana, notó que estaba respirando el olor más personal que existe, que es el olor del tiempo muerto. Sus ojos pasearon por la penumbra, por los retratos del coronel, las manchitas que el viento había dejado en los cristales, los rincones oscuros que se deslizaban más allá de las puertas.
Cuando era niña -eso lo recordaba muy bien-, cuando llegaba el invierno y su madre la enviaba a comprar algo a la calle, le daba miedo el portal de su propia casa. La luz ya se había ido, tenía que encontrar al tacto la barandilla de la escalera (donde estaba segura de que, al posar la mano, encontraría, no el metal de la barandilla, sino la mano de un muerto) y sólo un reflejo helado llegaba hasta el picaporte de la puerta de su casa. Pero antes tenía que pasar por el recodo de la portería deshabitada, una especie de quiosco de madera donde los niños se escondían en silencio, pensando saltar desde las sombras, y donde una vez se escondió un hombre para saltar sobre una vecina. Ni el hombre ni la vecina (contaban las voces antes de que la propia Olga naciese) fueron hallados jamás. Tenía que doblar el recodo de la escalera, junto a la cual había una rampa de baldosas blancas. Una vez (decían las mismas voces perdidas en el tiempo) se puso a descansar allí un niño, y el niño apareció muerto. Quizá aún estaba allí, quizá la esperaba a ella, a Olga, como una mancha en las baldosas blancas. Todos los niños tienen su mitología de escaleras retorcidas, luces inciertas, rincones en el pasillo, rostros fugitivos de personas que ya no existen, barandillas donde te están aguardando las manos de los muertos. Olga Tavares había conservado aquella mitología hasta que llegó a París: luego la había enterrado con el cuerpo de su hija. ¿Pero por qué volvía ahora? ¿Por qué sentía como si estuviese otra vez ante la escalera de su infancia? ¿Por qué la luz que atravesaba la ventana se había nublado de pronto, como si esperasen ante ella, quietos y mudos, todos los muertos que había ido dejando atrás?
Se volvió poco a poco, sin tener fuerzas para levantarse de la butaca.
Estaba sola, sabía que estaba sola, pero sabía también que a su lado se deslizaba una procesión de sombras.
Un ruido la sobresaltó. Alguien subía por la escalera pesadamente, vacilando ante cada peldaño, para dirigirse en línea recta a la puerta que Olga tenía ante los ojos. Contó los pasos desde el descansillo anterior: cuatro, seis, ocho, diez… Diez peldaños, diez pisadas, desde el último descansillo hasta su puerta. Ya estaba allí. Olga Tavares contuvo la respiración mientras oía más allá de la puerta, en la escalera, un roce parecido al de las alas de un pájaro.
«No abras, no abras, no…»
Los pasos continuaron. Alguien canturreó mientras subía los peldaños. La escalera se llenó de pronto de palabras vecinales, crujidos de maderas que no encajaban bien, saltos de niños que iban de un rellano a otro, dejando pequeña la Olimpiada de París. La vida volvió de nuevo a los colores de Olga Tavares.
¿De qué tenía miedo?
¿No estaba sola en el piso? ¿No sabía que no podía entrar nadie?
Cerró los ojos e intentó tranquilizarse, pero de pronto volvió a contener la respiración. El ruido de las alas del pájaro acababa de producirse ahora al lado de la ventana. Volvió la cabeza y no vio más que los rayos de un sol oblicuo, el sol partido en pedazos que es el único que llega a los patios pobres de París.
«Todo esto es absurdo. Me estoy volviendo loca.»
Se puso en pie y fue hacia la cocina de la casa de muñecas, pasando ante los recuerdos, las fotos de la guerra y la cara ya borrosa del coronel. La sensación de soledad era absoluta: la casa estaba muerta, vacía, como si no hubiera sido habitada nunca.
Más allá había un patio gris, otras ventanas, otras mujeres que de pronto contemplaban el vacío de la muerte, o -lo que es peor- el vacío de la vida. Una sombra se posó de pronto en los cristales, Olga giró velozmente, ahogando un grito, y entonces se dio cuenta, avergonzada, de que no había sido más que una bandada de palomas.
No. París no da miedo durante el día. No hay motivo para que lo dé. ¿Por qué entonces ella lo sentía? ¿Por qué?…
Otra vez los pasos en la escalera, pero esta vez eran unos pasos deslizantes, furtivos de persona -¿o cosa?- que avanzaba sigilosamente. Ningún vecino andaría así. Ningún niño jugaría en el rellano a ser su propio fantasma. Los pasos se detuvieron ante la puerta y otra vez Olga Tavares captó en el aire aquel sonido misterioso, el sonido de las alas del pájaro.
Esperaba ansiosamente a que alguien -¿alguien?- pulsara el timbre. «No abras, no abras… Méndez te pidió que no abrieras a nadie.» Tuvo que cerrar los ojos, porque con los ojos abiertos sentía vértigo. Pero el estruendo del timbre no se produjo. Alguien llamó a la puerta contigua.
Volvió a la butaca y se dejó caer. Era vergonzoso lo que le pasaba, pensó. Una gallega emigrante, que se había hecho especialista en buhardillas oscuras, pasillos de panteón y retretes incrustados en un nicho, ¿de qué tenía miedo? ¿De qué?… Más miedo debería haber tenido en su infancia, cuando en los bosques había pichalargas que se follaban a las galleguitas. Pero aquí no le iba a pasar nada; estaba en una casa vacía, cerrada e inaccesible. Se puso en pie, volvió a mirar por la ventana -Méndez ya lo había hecho antes- y se convenció de que nadie podía trepar hasta aquella altura por las paredes del patio. Ni siquiera un fantasma especialista en tuberías.
Otros pasos resonaron ahora en el fondo de su cerebro, como si hubiesen nacido allí mismo. Pero esta vez tuvo que levantar la cara hacia el techo. Porque los pasos no resonaban en la escalera, como las otras veces, sino en el piso superior, encima de su cabeza. ¿Pasos? ¿Pasos de quién?… Ella sabía que en el piso superior no vivía nadie… La garganta se le contrajo mientras notaba que le estaba fallando la respiración. Los pasos se deslizaron por encima de ella, fueron hacia la ventana -la ventana de arriba- y entonces se produjo un silencio ominoso, expectante, un silencio de camposanto donde no se oía ni el batir de las alas del pájaro, porque ahí los pájaros tienen las alas de piedra.
Olga Tavares lo supo entonces.
Iba a morir.
Nadie iba a entrar por la ventana, descendiendo, aunque fuera un solo piso, por el precipicio de un patio interior. Pero estaba el antiguo respiradero. El respiradero ancho -y con ventanitas de tres palmos en cada piso- comunicaba todos los retretes de aquella casa construida en tiempos de la Comuna de París; comunicaba todas las soledades en cuclillas, todos los santuarios del pedo. Olga Tavares captó el rumor del cuerpo que se deslizaba por allí, con agilidad de gato. No tuvo fuerzas ni para gritar: quizá porque no quería salvarse, quizá porque pensaba que todo era inútil. Un cuerpo delgado -cuerpo de chica que no come- sería capaz de entrar por la ventanita.
Y entonces la vio.
Ojos quietos, muertos.
La boca curvada en un espasmo.
Cara que no era la que ella había amado. Cara desconocida que venía de otras cunas y otros llantos. Olga Tavares musitó: