El pecado o algo parecido
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El pecado o algo parecido». Краткое содержание книги:
Sinopsis: Méndez lamentó la crueldad de su destino. Había venido a Madrid para no trabajar nada, y se encontraba con que tenía que averiguar qué había detrás del repugnante crimen cometido con el culo ignorado de una mujer ignorada en un lugar ignorado.
– Lo siento, lo he hecho sin querer… Lo he roto porque estoy muy nerviosa.
La bofetada se repitió, proyectando de nuevo hacia un lado la cabeza de la mujer.
– ¿Nerviosa por qué, si no eres más que una mamona? ¡Lo has hecho cien veces! ¡Venga! ¡Sácala!
La mujer, siempre de rodillas, lo hizo. Ahora volvía a verse su cabeza reflejada en la negrura del cristal. Con un chasquido de maderas viejas, el «Dragón 1911» pareció resucitar, pero la maquinaria debía de estar parada desde la época de Jean Jaurés. Sólo las carcomas de madera volvieron a producir un par de crujidos en la caja.
– Ahora a trabajar, cabrona.
La voz del hombre no le gustó ni a él mismo: había sonado aguda y chillona como la de un novato en un gimnasio de maricones. Para sentirse más seguro, agarró el pelo de la mujer y forzó la cabeza a ir adelante y atrás. Ella gorgoteó algo y sus ojos parecieron quedarse en blanco.
– ¡Venga! ¡No te estés tan quieta! ¡Muévete! ¡Venga, venga, venga!…
La cabeza femenina, moviéndose como un péndulo, atrás y adelante, volvió a reflejarse en uno de los cristales. La ventana negra estalló de pronto en una claridad lechosa (las luces del Panteón acababan de encenderse), alimentada por las almas de los muertos. La cabeza de la mujer seguía moviéndose velozmente, alimentada por su angustia. De pronto el hombre jadeó tres veces, alcanzó el espasmo y se puso a gemir.
Olga Tavares fue desde la puerta de entrada hasta el fondo de la casa de la rué Gay-Lussac. Allí también había una ventana negra, una claridad lechosa, que era la de la cúpula del Panteón, y una cabeza que se movía al otro lado del cristal, la de un gato seguramente jacobino, criado en los tejados de París. El gato la miró, pidiendo entrar como todas las noches, pero Olga Tavares no se fijaba en éclass="underline" sus ojos se clavaron en el papel que estaba sobre la mesa, debajo de la luz. Era el presupuesto para la reparación de un viejo reloj de carillón «Le Dragón 1911», pieza rara, por lo visto, y como mínimo de interés municipal. Pulir y repasar la madera con barniz de época, cambiar las bisagras por otras imitación antiguo, desmontar la maquinaria, engrasarla, reconstruir la rueda catalina y volverla a montar: diez mil francos. Para ella, una fortuna: pero no era eso lo que la asustaba. La asustaba una serie de viejas fotos que estaban esparcidas junto al papel del presupuesto. En todas ellas, junto a otras personas o grupos, aparecía la misma mujer.
Con mano temblorosa volvió a telefonear a Méndez, pero el timbre sonó en una habitación con las paredes tapizadas de libros y las sillas cargadas de revistas que iban desde la arquitectura a la más pura obscenidad. Olga Tavares colgó al comprender que Méndez, quizá el único hombre que podía entenderla, ya no estaba en Barcelona, lo que en cierto modo era una suerte.
Sin duda, ya se encontraba a bordo del tren que lo llevaba a París.
El hombre se abrochó lentamente, mientras oía las arcadas de la mujer en el pequeño lavabo contiguo. Ahora que se sentía vacío del todo, la habitación le parecía triste, la ventana pequeña y hasta la iluminada cúpula del Panteón un gusano de seda hinchado, dispuesto a parir algo. Tampoco -ahora se daba cuenta- valía gran cosa la mujer que estaba angustiosamente doblada sobre la pila, metiéndose los dedos hasta la garganta.
Coño con la mujer. Si al menos hubiera sido como la cajera del súper donde él compraba todos los días sólo para verla: rubia, con gafas de intelectual, ancha, maciza, con todas las luces del súper -pensaba él- concentradas en su culo majestuoso. Pero la que ahora estaba en el lavabo, enjuagándose la boca, no era así: demasiado delgada, con los ojos siempre angustiados, sin vientre sobre el que dejarse caer a pensar y un culo recorrido por nódulos que, de seguir así, le llegarían a tapar los sagrados orificios. Pero, claro: qué se podía esperar, al fin y al cabo, de una tía que vivía como ella. Después de un largo silencio la oyó preguntar, ya más calmada, al otro lado de la puerta del lavabo:
– ¿Te puedo decir una cosa?
– Por mí, dila.
– ¿Me lo vas a dar todo?
– No, ahora no.
– ¿Cómo que no? Habíamos llegado a un acuerdo.
– Y lo cumpliré -dijo el hombre con un gesto perezoso-, pero esto tiene una segunda parte. Te lo has de ganar.
La mujer escupió sobre el lavabo, presa de un nuevo espasmo de angustia.
– ¿No… no me lo he ganado aún?
– Que te crees tú eso. Va a venir Bernard, el que manda en el grupo. El te lo dará todo, pero has de portarte bien.
La mujer apareció en la puerta del lavabo. Ya habían pasado los espasmos, pero llevaba desarreglada la falda. Bien mirada, no vales tanto -siguió pensando el hombre-. Has perdido kilos, se te marcan los pómulos y, sobre todo, sigues teniendo esa continua mirada de angustia. Pero claro, qué coño se va a esperar de una mujer que es peligrosa y que vive de esta manera.
– ¿No me he portado aún bastante bien? -farfulló ella.
– Pues claro que sí, aunque tampoco ha sido lo que yo esperaba. Tendrás que superarte con Bernard, lo digo por tu bien. Él te lo dará todo cuando hayáis terminado. Pero aprende a trabajar.
La mujer se retorció los dedos con un gesto de muda desesperación.
– Jean…
– ¿Qué?
– No me gusta esto.
– Pues es un trato correcto, o a ver qué te has creído tú. La vida es esto: recibir y dar, dar y recibir. Gratis, nada.
– Haces mal en menospreciarme, Jean. Y Bernard hace mal también.
– ¿De veras?
– De veras. Vosotros no me conocéis. Nadie me conoce.
– Eso es verdad. Cuando se te conoce, vales menos de lo que uno había pensado. Pero arréglate la falda, píntate un poco y disfrázate de mujer aunque sea por media hora. Bernard está a punto de llegar.
– De modo que me vais a repartir entre los dos.
– Sólo un rato.
El hombre se encogió de hombros con indiferencia, se vio reflejado en el cristal de la ventana negra (estaba presentable), captó la enorme luciérnaga blanca llamada cúpula del Panteón (estaba mejor iluminada que nunca) y dirigió, por último, sus ojos hacia la mujer (estaba hecha una mierda). Con tono paternalista dijo:
– Arréglate un poco, que no cuesta nada. Y pórtate.
– Sois unos…
– Di lo que te dé la gana. Pero nos necesitas.
Al salir, casi tropezó con el reloj. La madera, llena de carcomas jubiladas, produjo un chirrido.
– Vaya trasto -gruñó él-. No ha funcionado desde que lo fabricaron en la Comuna de París. Y encima lo llaman «Le Dragón». Tiene leche.
Bernard llegó apenas diez minutos después. Era corpulento, gordo -demasiado gordo- y tenía aspecto de haber trabajado en el viejo mercado de Les Halles. Su ropa inglesa cara -de Bond Street- lo cambiaba, pero no tanto. Una especie de rostro bovino remataba una arquitectura hecha decanards, patés, saintemilions, pieds de cochon, gaillacs y otras utilidades del capitalismo. Pero tenía una mirada inteligente y astuta. Contempló a la mujer Y dijo:
– Demasiado flaca.
– No paso una buena época.
– Pues habrías de cambiarla. Yo te he visto en fotos de no hace mucho y estabas más llenita. -Tú me has de ayudar a cambiar.
– Si es por nosotros, no te preocupes: te lo daré todo. Pero vamos a ver, vamos a ver… Esto no promete mucho.
Miró la cama y, por lo visto, no le gustó. Miró las ropas de la mujer y, por lo visto, le gustaron menos todavía. Pero él había ido allí para algo, y por eso ordenó:
– Vuélvete.
– No hacéis más que dar órdenes.
– He dicho que te vuelvas.
Ella obedeció al final. Al hombre tampoco acabó de gustarle el panorama, pero al fin y al cabo tenía que aprovechar el tiempo, ya que se había tomado la molestia de ir. Se encogió de hombros.
– Bueno -dijo-, quizá te haga un poco de daño.