El pecado o algo parecido
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El pecado o algo parecido». Краткое содержание книги:
Sinopsis: Méndez lamentó la crueldad de su destino. Había venido a Madrid para no trabajar nada, y se encontraba con que tenía que averiguar qué había detrás del repugnante crimen cometido con el culo ignorado de una mujer ignorada en un lugar ignorado.
– Era un mundo completamente distinto, usted tiene que comprenderlo. Pero, al fin y al cabo, tampoco era tan importante: pensé que Carol tenía un picadero, o como dicen las chicas de ahora, un polvódromo. No sentí miedo hasta que vi las fotos.
– ¿Qué fotos?
– Mírelas.
Méndez las contempló. Como si fuesen una baraja, Olga acababa de dejarlas extendidas sobre la mesa. Había fotos de épocas viejas y franquistas, fotos de la Transición, fotos de la monarquía popular y moderada. Alguna de las más viejas la había visto Méndez: la niña Carol con ropas infantiles y mirada ingenua, en plan parvulito abandonado por sus papas, que se pelean todos los domingos. ¿No era ésa la foto que tenía su madre, la cortesana Lola? Había alguna otra que Méndez también recordaba: la chica ya algo mayor, o sea, la Nena Carol convertida en la infanta Carol. ¿No tenía Lola alguna de esas fotos igualmente? Todo muy normal, pensó Méndez.
Pero había otras: Carol vestida en plan punk, Carol bailando con un tipo que parecía fugado de Sing Sing, Carol en una playa luciendo, no un biquini de dos piezas, sino de media pieza. Carol trabajando con un taladro en una escultura de madera, en una cara torturada que reflejaba todo el sufrimiento de Mathausen. En la casa de Pedro Mayor, en el paseo de Gracia, había una muy parecida, siguió pensando Méndez. También todo normal… ¿todo?
Méndez volvió a mirar las fotos con detenimiento.
No sabía lo que era.
Hizo una mueca de incomprensión, como si buscase algo en el fondo de sus pensamientos y no encontrase nada. Al fin Olga musitó:
– ¿Qué nota?
– No sé. Parece como si algo no cuadrara, pero tampoco sabría decir lo que es.
– Yo sí que lo sé.
– ¿Cómo?…
– No lo supe entonces, señor Méndez. Lo sé ahora. Fue el sereno gallego, que había visto crecer a la gente de una ciudad entera y tenido once hijos, siete de ellos suyos, el que me lo hizo notar: «Oye, mi santiña, entre los primeros rostros y los últimos rostros hay algo que no cuadra. No sé qué es, pero algo no cuadra. ¿Por qué no vamos a ver al doctor Quiroga, mi paisano, que es calcado como el segundo de mis nietos?»
– ¿Y quién es el doctor Quiroga? -preguntó Méndez.
– Me lo explicó: «Un nacionalizado francés al que, por lo visto, ya no llaman señor Quiroga, sino monsieur Quirogé. Catedrático de Anatomía. Una eminencia. Tiene en su casa una colección de cabezas conservadas en formol y una colección de pimientos de Padrón que no veas, conservados en salsa.» Total, que le llevamos las fotos y las miró con cara de mala leche. Luego no sé qué hizo, pero las metió en un ordenador. Estuvo media hora dibujando rayas en la pantalla. Yo no sé qué salió de allí, pero puso más cara de mala leche.
– ¿Y qué dijo?
– Se ve que había hecho un estudio de huesos, de desarrollo, de arcos superciliares, de forma del mentón; la hostia. Y entonces va y dice: «La niña que aparece en las primeras fotografías y la mujer que aparece en las últimas fotografías no son la misma persona.»
Méndez sintió una especie de contracción en la garganta.
Sus ojos volaron hacia la ventana, hacia la cúpula del Panteón, hacia el vacío de sus propios pensamientos.
Palpitaba otra vez el miedo en el rostro de Olga Tavares: en su mirada, en su boca.
Fue ella la que farfulló:
– ¿Se da cuenta, Méndez? Yo conocí a Carol en los brazos de su madre, cuando la cuidé en París, cuando le di, como quien dice, la leche de mis pechos. Y luego, pasados los años, la volví a encontrar. La volví a querer. Como ya no tenía leche, le di la saliva de mis besos. Fue mi hija. Quise como una madre a aquella joven que venía de la niña que había sido mía. Pero había algo que nunca supe ver. No era la misma, Méndez… ¡No era la misma! ¡Nunca había sido la misma! ¡No lo era!
29 UNA CUESTIÓN DE ROSTROS
«Señora Tavares -le había dicho Méndez-, no se aparte de mí. Déjelo todo como estaba, ponga orden en los objetos, como si usted no hubiera entrado nunca en esta habitación. Domine ese miedo que veo en sus ojos y salga de aquí con toda la rapidez que le permitan sus piernas. No mire el reloj que lleva en su muñeca. No permita que Carol Mayor, o quien sea, adivine que usted ha descubierto algo. Vuelva a su casa, desconecte el teléfono y no abra a nadie, absolutamente a nadie. Yo la acompañaré. No se despegue de mí ni un momento.»
Esas habían sido las palabras de Méndez, mientras un chispazo se encendía y apagaba velozmente en el fondo de su cerebro: todas las víctimas habían dicho que en realidad tenían miedo de una mujer.
De pronto la boca se le había quedado espantosamente seca.
Pero era de día. París no da miedo de día, ni siquiera en el cementerio de Le Pére Lachaise. La gente va a sus negocios, los coches se atascan, los escaparates exhiben muñecas Pompadour, botellas inmemoriales, vestidos de aniversarios y jeans rotos a mordiscos por un cantante de moda. Hay luz, hay vida, hay total ausencia de misterio. Pero el miedo seguía palpitando en los ojos de Olga Tavares mientras avanzaban hacia el domicilio de ésta, hacia el fondo de una ciudad en la que se negaban a entrar los cansados pies de Méndez. Cuando llegaron a la sombría escalera, al policía le costaba respirar. Demonios, cómo corren las gallegas.
– Subiré a su piso.
– No, señor Méndez.
– ¿Por qué no? ¿No quiere que lo revise todo?
– No me importa lo que me pueda ocurrir, señor Méndez. Ya no tengo miedo, sino todo lo contrario: lo único que tengo son ganas de morirme.
Estaba llorando en el fondo de una escalera tan retorcida que parecían haberla construido los templarios. La luz apenas llegaba hasta allí, hasta la curva de los peldaños. Méndez captó los sollozos, los espasmos de aquella mujer para la que la vida ya no tenía sentido alguno. Y le acarició los blancos cabellos maldiciéndose a sí mismo, porque lo último que le convenía en estos momentos era convertirse en un hombre tierno.
– No llore, porque quizá las cosas tengan otro sentido. Quizá ella no la ha engañado, ¿comprende? Quizá no. Tenemos que pensar los dos.
Intentó hacer subir a la mujer, y al fin lo consiguió. Lo que no consiguió fue que ella dejase de llorar. La llave tembló en sus manos cuando Olga abrió, cuando la puerta cedió para mostrar aquel piso de mujer que había vivido con una sola esperanza.
Un diván, una silla de cuero español, una cocinita de casa de muñecas, una cama pulcramente hecha, una alfombra valenciana. Y varias fotos enmarcadas de la guerra civil; por fin veo tu retrato, coronel. Tú debes de ser ése que siempre aparece agarrado a un fusil o agarrado a una bandera, cuando lo que hacen los hombres justos -habría pensado Méndez en otras circunstancias- es agarrarse a unas tetas. Pero aquí tienes las lágrimas de tu esposa. Tú no la engañaste nunca: ha tenido que engañarla otra mujer.
– Por favor, déjeme sola.
– ¿Va a hacer lo que le digo, Olga?
– ¿Qué debo hacer?
– Se lo he dicho: desconectar el teléfono, no abrir la puerta a nadie. No salir para nada. Esperar a que yo vuelva para llevarla a un sitio aún más seguro.
– ¿Volver? ¿Y qué va a hacer usted cuando se vaya de aquí?
– Quiero entrar en ese otro piso de la mujer que se ha hecho pasar por Carol. Me basta con la dirección que hay en el presupuesto del reloj. Y no me pregunte cómo abriré; he hecho cosas peores.
Mientras hablaba, Méndez revisó todo el piso. Era tan pequeño que no empleó ni cuatro minutos en eso. Abrió una de las ventanas, miró al exterior y se dio cuenta de que nadie podía trepar hasta aquella altura.
– Olga, ¿me va a hacer caso?
Ella ni le miró. Seguía llorando.
– Quizá averigüemos que Carol es Carol -susurró Méndez-. Quizá ella no la ha engañado.
– ¿Usted cree que no, Méndez?
– Yo, señora, ya no creo ni en el obispo de Mondoñedo, que debe de ser un obispo muy bien puesto. Imagine si voy a creer en una mujer que no sé ni cómo se llama. Pero dice la Constitución que hay que respetar la presunción de inocencia. Tiene huevos.