El pecado o algo parecido
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El pecado o algo parecido». Краткое содержание книги:
Sinopsis: Méndez lamentó la crueldad de su destino. Había venido a Madrid para no trabajar nada, y se encontraba con que tenía que averiguar qué había detrás del repugnante crimen cometido con el culo ignorado de una mujer ignorada en un lugar ignorado.
– Pero el tiempo iba en contra vuestra.
Elena lanzó un suspiro, mientras hundía la cabeza.
– Por supuesto que sí. Llegaría un momento en que yo tendría que dejar de estudiar, y entonces desaparecerían las facturas, gracias a las cuales Lola vivía como no había vivido nunca. Claro que ya tenía un plan, y me lo explicó con detalle porque yo formaba parte de éclass="underline" cuando se acabasen las facturas de educación, yo me casaría. Me casaría con un moro o un vietnamita ilegales, claro, aunque eso sí, deberían tener buen aspecto, para poder fingir que me había enamorado. El ilegal lo haría todo para poder normalizar su situación en Francia, dejando ya firmados antes de la boda los documentos necesarios para el divorcio. No era una idea original, desde luego, pero resultaría eficaz. Mucha gente lo hace.
– Es verdad -reconoció Méndez-. A mí mismo me ofrecieron una vez casarme con la dueña de una casa de citas de Saigón.
– ¿Por dinero?
– No. Sólo a cambio de una cena en casa Leopoldo.
Varió un poco su postura. Desde allí controlaba la puerta y cualquier movimiento de Elena, aunque ésta estaba completamente hundida y no parecía dispuesta a moverse. Su voz opaca no pareció llegar del aire, sino de las profundidades del suelo.
– El matrimonio -continuó ella- me permitiría exigir a mi «padre» un apartamento en París, un mobiliario y, ¿cómo no?, un viaje de bodas. El banquete nupcial habríamos tenido que hacerlo de todos modos, por si a Mayor se le ocurría venir. Pero el resto se vendía, se obtenía una millonada, y Lola y yo nos la repartiríamos como botín final. Sin embargo, no hubo prisa por poner en movimiento ese plan: concluidos mis estudios lógicos, Lola inventó matrículas en universidades rarísimas, de esas en que se doctoran en Sociología los jefes de Estado africanos. Con tal de no tener más preocupaciones, Pedro Mayor pagaba ampliaciones de estudios aunque fuese en la Universidad de Tombuctú. Lola, naturalmente, encargaba a un experto la falsificación de las matrículas y los títulos, cuando se suponía que yo había tenido que sacar un sobresalientecum laude. Incluso se inventó unos estudios de escultura en madera. Pero en eso acertó; ya ves: en eso, yo soy buena.
Méndez recordó los bustos atormentados, las caras agónicas, los rasgos rotos por el taladro de aquella mujer.
Pensó muchas cosas, pero sólo dijo una:
– No me salen las cuentas.
– ¿Por qué no? Te lo he explicado todo.
– Menos algunas cosas que no acaban de tener sentido. Doy por descontado que Lola vivía muy bien con toda esa historia, y que tú también tenías que llevar una vida bastante agradable.
– Sí.
– De vez en cuando ibas a Barcelona.
– Sí.
– Entonces, ¿por qué te hospedabas en los lugares más baratos?
– Porque no tenía dinero.
Méndez hizo un gesto de sorpresa, pero fue un gesto leve. Susurró:
– ¿Cómo es que no lo tenías?
– Problemas míos.
– Esos problemas, ¿tienen algo que ver con tu delgadez? ¿Con tu mal aspecto? Porque reconozco que a mí me gustan las gordas, pero es que tú, Elena, estás hecha una mierda.
Ella hundió la cabeza aún más.
Sus ojos retrocedieron cuando, en un momento fugitivo, se posaron sobre la desmayada Olga, que respiraba angustiosamente.
Méndez preguntó:
– ¿Desde cuándo consumes drogas? Y por tanto, ¿desde cuándo te gastas tanto dinero en ellas?
– Veo que… lo has adivinado.
– No he adivinado nada. Solamente te he hecho una pregunta, tía puta.
– Supongo que… que lo de las drogas me viene de la sangre de mi madre. No sé, pero desde joven me parecieron lo más natural del mundo. Y pasarme el día sin nada que hacer, matando el tiempo como fuese… Bueno, eso tampoco ayudó demasiado.
– ¿Te las ofrecieron?
– Siempre hay algún maricón que te las ofrece.
– ¿Ese maricón vino de Madrid?
La mujer alzó la cabeza para mirarle con sorpresa. No acababa de entender. Pero al fin volvió a hundirla en plan yonqui, mientras susurraba:
– Era un chico muy bien educado.
– Lo supongo.
– Al principio no hubo más que simpatía. Tuve un pequeño lío con él.
– Y te ofreció droga.
– No lo hizo por dinero… Te juro que no. Pero me acostumbré en seguida. Fue como encontrarme con algo que ya llevaba en el fondo de mis entrañas.
– Y a partir de entonces sí que empezaste a gastar dinero.
– Sí.
– Háblame de ese tipo.
– ¿Del de Madrid?… Era de buena familia. Él me dijo que vivía en… en…
– En uno de los lugares más elegantes, en la parte alta de la calle de Serrano. Pero eso es sólo una media verdad. No vive allí -aclaró Méndez-, aunque supongo que esa casa tan noble es un punto de referencia, un lugar donde, incluso, debió de tener reuniones en otro tiempo. Y encima queda muy bien decir que vives en un sitio así. Te transformas en un señor.
– Él era un señor. Yo habré sido una estudiante ful, pero me he paseado por bastantes universidades y algo he aprendido. Por ejemplo, a notar quién sabe y quién no sabe. El sabía mucha contabilidad, mucha informática y mucho de eso que llaman Derecho Financiero.
– Demasiada preparación para acabar vendiendo drogas en la calle.
– No las vendía. Te he dicho que no había dinero de por medio. Simplemente, él tenía droga de altísima calidad y de vez en cuando la regalaba a sus amigos para que se colocasen. Y a sus amigas, claro.
– ¿Para qué?
– Para que follasen bien.
– Felicidades.
– ¿Pero qué te has creído? ¿Hasta cuándo va a durar esto? ¿Aún no sabes cuál es tu obligación? ¡Tu obligación consiste en descolgar el teléfono y llamar a la policía, hijo de puta!
– A mí la policía me la repampinfla, aunque la acabaré llamando. Y esto durará hasta que a mí me pase por el capullo, aunque el capullo ya no me lo encuentro, y siempre digo que está en el museo de Cera. Vamos a ver lo que me estabas diciendo. Me estabas diciendo que ese tío era algo así como un experto financiero. ¿Podía ser, por tanto, un experto en el blanqueo de capitales?
Elena le miró, desconcertada.
Volvió la cabeza, divisó otra vez a Olga Tavares, lanzó un gemido y acabó centrando sus ojos angustiados en Méndez.
– Nunca se me ocurrió pensar en eso -musitó.
– ¿Pero podía serlo?
– Ya que lo dices, pues… Pues sí, podría serlo.
– ¿Te dio la sensación de que trabajaba como miembro de un grupo organizado? Supongo que me entiendes.
– Te entiendo. Sí, tuve la sensación de que formaba parte de un grupo, porque usaba el ordenador para dar o recibir órdenes de venta de valores.
– ¿Viajaba mucho?
– Sí, pero ¿qué tiene eso que ver?
– Por tanto, ¿las órdenes de colocación de capitales podían ser ejecutadas en diversos países?
– ¡Y a mí qué me cuentas! A mí nunca me ha sobrado un franco.
– ¿El hecho de que tuviera, por ejemplo, coca de gran calidad, significa que alguien se la regalaba como atención personal? Es decir, ¿podría tener, aunque fuera de refilón, contacto con algún traficante?
– ¡Qué coño me importa! -gritó Elena, exasperada-. Yo no pregunto a la gente de dónde saca la coca. Ni le pregunto por dónde esnifa: si esnifa por la boca, por la nariz o si esnifa por el culo.
Las facciones de Méndez no se alteraron para nada al preguntar:
– ¿Mencionó alguna vez, aunque fuera de pasada, el nombre de un banquero llamado Gomara?
Elena le miró, desconcertada. Estaba tan asustada que dio la sensación de que era absolutamente sincera.