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El pecado o algo parecido

Электронная книга - «El pecado o algo parecido». Краткое содержание книги:

Un nuevo caso del detective Méndez, personaje que ha convertido a González Ledesma en uno de los autores españoles de serie negra más reconocidos en Europa.
Sinopsis: Méndez lamentó la crueldad de su destino. Había venido a Madrid para no trabajar nada, y se encontraba con que tenía que averiguar qué había detrás del repugnante crimen cometido con el culo ignorado de una mujer ignorada en un lugar ignorado.
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– ¿Qué… qué estás pensando?

– A lo mejor no te lo hace.

– Yo, no…

– Venga, menos cuento. Que no he venido aquí a leer la Biblia.

Dio un empujón a la mujer, que casi tropezó con el reloj. Con voz seca ordenó:

– Camina sin volverte, porque si te vuelves me destrozas el paisaje. Vas hasta la cama y te pones como yo te diga. Vamos a ver lo que dura, porque yo soy muy meticuloso. Oye… ¿este reloj anda?…

Monsieur Mendés llegó a la estación de Austerlitz envuelto en mil aromas de vino mediterráneo. Madame Tavares le estaba esperando.

Austerlitz aún tenía un cierto aspecto -eso sí, muy mejorado- de bulevar de la miseria, punto de encuentro de refugiado político, inmigrante con maleta de madera, vendimiador con hijas y bonne gallega con libreta de ahorros. Hombres con expresión de cansancio avanzaban hacia el metro. Carritos cargados de maletas eran empujados por moros hacia taxis conducidos por moros que esperaban tomar a toda velocidad la avenue de l'Italie.

Madame Tavares dijo:

– Monsieur Mendés, je vous souhete la bienvenue. J'ai be-soin de vous.

– Yo también tengo besoin de una mujer, aunque sea una pensionista, madame Tavares. Pero dejémonos de hostias y hablemos como Dios manda.

– Es que llevo tantos años aquí que a veces me olvido, señor Méndez.

– Pues ya ve que he llegado puntual. Vamos a tomarnos unabiére y me explica.

– Mejor vamos juntos a la rué Gay-Lussac, señor Méndez. Allí le explicaré. Allí tengo todo lo que me da miedo.

– ¿Miedo?…

Olga Tavares no contestó, pero tampoco hacía falta: sus labios temblaban, y su cara no era la que recordaba Méndez. Ahora había en ella una ansiedad y un terror que parecían teñirle la piel, y había también una tristeza, un asco de vivir que flotaba en sus ojos.

En silencio, rodaron en el taxi junto al Sena: Notre Dame, los siglos, las palomas y los autocares de japoneses. Losquais, las librerías de viejo, los hotelitos de anticuario, las puertas de la Shakespeare and Company, los restaurantes orientales donde alguien debía de estarse comiendo un pájaro sodomita. La subida por las calles donde aún se sigue buscando el árbol de la ciencia. El Panteón, cuya cúpula ya había dejado de estar iluminada.

La casa donde habitaba la infanta Carol. Las habitaciones en silencio y la expresión aterrorizada de Olga.

– Señor Méndez…

– ¿Qué?… Usted dijo que Carol vivía ahora aquí.

– Sí, señor. Ya dejó de estudiar en Alemania.

– Eso es bueno, ¿no? Usted quería verla.

– Sí, señor Méndez. Estuve muy contenta cuando regresó, aunque en seguida me dio dos disgustos. Claro que yo no se los tuve en cuenta.

– ¿Qué dos disgustos?

– El primero fue que le molestó verme aquí, cuidando de su piso como siempre. Yo era una intrusa. No me lo dijo con claridad, pero todas sus palabras estaban chillando que me apartara de su vida.

– Me parece algo lógico -susurró Méndez-. Ella no le había pedido a usted que la cuidase. Y todos los jóvenes quieren tener independencia.

– Sí, pero…

– No me lo explique: ya sé que usted la quiere por encima de todo. ¿Pero cuál fue el segundo disgusto? -Estaba muy flaca.

Méndez estuvo a punto de lanzar una carcajada. Sólo le detuvo la expresión angustiada de la mujer.

– Señora Tavares -murmuró-, ya sé que eso se arregla con pote gallego, lacón con grelos, tartas de Santiago y leche de vaca emigrada de Asturias. A usted le dejan la nena Carol un mes y me la convierte en una estupenda jamona que no pasa por la puerta. Pero ha de comprender que ahora las jóvenes quieren estar delgadas, quieren ahorrar, alimentándose con aspirinas, y desfilar por la pasarela en Miami. Qué le vamos a hacer.

– No es eso.

– ¿Pues qué?

– Señor Méndez, no sé qué pensar. No sé qué pensar ni qué decir. Sólo sé que tengo miedo.

– ¿Pero miedo de qué?…

– Le explicaré.

– Pues explíquese de una vez, antes de que el alcalde de París me declare persona non grata. Puede hacerlo antes de cinco minutos.

Olga Tavares cerró los ojos.

– Todo empezó con un reloj, señor Méndez.

– ¿Un reloj?…

– Sí, señor Méndez. Uno de marca «Le Dragón». Es de 1911, o sea, una antigualla. O una reliquia, según como lo quiera ver. Por su aspecto, debieron de construirlo los de la Action Francaise para saber cuánto iba a vivir Juana de Arco.

– Tiene usted muy clara la historia de Francia, señora Tavares. ¿Pero quiere decirme qué pasa? ¿La niña Carol compró ese reloj?

– No. Seguro que ya estaba en la habitación cuando ella la alquiló. ¡La otra habitación! Yo esperaba en ésta y ella estaba en otra. Le hablo de dos habitaciones distintas, de dos habitaciones cambiadas. Bueno, no sé si me explico.

– No.

– En fin, que Carol vivía aquí, en este piso, al menos oficialmente, pero tenía alquilado otro piso pequeño, otra habitación.

– La del reloj -dijo Méndez.

– Sí.

– Y usted no lo sabía.

– No.

– Pues comprendo muy bien que esa falta de confianza le doliese. ¿Pero cómo averiguó usted que ese otro sitio existía?

– Mire.

Méndez miró el papel que ella le estaba exhibiendo. Un minuto le bastó para empaparse del contenido y devolvérselo.

– Es un presupuesto para la reparación del reloj ese de los cojones -dijo Méndez educadamente-. ¿Y qué?

– Por lo visto, ella lo pidió. Quizá había llegado a apreciar ese trasto; ¿qué se puede esperar de una muchacha que no come? El caso es que, al llevarle este papel con el presupuesto, no la encontraron en casa. En la otra, quiero decir. Que por cierto, está muy cerca de aquí. Carol, por si no la encontraban, había dado un número de teléfono.

– Natural -dijo Méndez.

– Pero se equivocó. No dio el de allí, dio el de aquí.

– También pasa muchas veces. Gracias a los teléfonos equivocados se ha creado algo así como el Guinness del descubrimiento de cuernos -dijo Méndez, pestañeando.

– Total, que llamaron y preguntaron si podían dejar aquí un presupuesto para la señorita Carol Mayor. Naturalmente, yo dije que sí. Entonces vi que se hablaba de un reloj que yo no conocía, y de un piso que yo aún conocía menos. No supe qué pensar.

Méndez susurró:

– Lo comprendo muy bien. Pero seguro que luego pensó algo.

– ¿Qué?

– Ir a esa dirección que acababa de descubrir.

– Pues claro que sí, señor Méndez. Sé que hice una cosa mala, pero la hice con buena intención. Fui a ese piso con la ayuda de un buen amigo, un gallego samarita-no. Estaba viejo y arrugado, pero tenía un pasado brillantísimo: había sido nada menos que sereno en los mejores barrios de Pontevedra. Eso quiere decir que podía abrir cualquier cerradura, incluida la del cinturón de castidad de una abadesa de Lugo.

– Los cinturones de castidad hechos en la vieja Lugo -susurró Méndez- debían de ser la hostia.

– El caso es que abrió, y entonces me encontré con todo un mundo que no conocía. Estaba el reloj, claro. En cierto modo, eso sí lo conocía. Luego estaba un catre sin hacer, con huellas de dos cuerpos. ¿Qué otro cuerpo?, preguntaba yo, ¿qué otro cuerpo? Había también las demás cosas indispensables: un baño no demasiado limpio y una cocinita con restos de pizza de esa que envían en moto, aunque la que encontré estaba tan dura y fría que al menos la habían enviado en avión una semana antes. Y muchas latas de comida rápida de ésa, comida para cosmonautas, pobrecitos, todo concentrado porque no pueden ni mear. También había otras latas más grandes, con una carne fibrosa y rara, que yo en seguida pensé que a la fuerza había de ser comida para caimanes.

– Tal es el origen de la actual paz social -opinó Méndez-. La gente que come todo eso no tiene fuerzas para hacer la revolución.

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