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El pecado o algo parecido

Электронная книга - «El pecado o algo parecido». Краткое содержание книги:

Un nuevo caso del detective Méndez, personaje que ha convertido a González Ledesma en uno de los autores españoles de serie negra más reconocidos en Europa.
Sinopsis: Méndez lamentó la crueldad de su destino. Había venido a Madrid para no trabajar nada, y se encontraba con que tenía que averiguar qué había detrás del repugnante crimen cometido con el culo ignorado de una mujer ignorada en un lugar ignorado.
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– Con esa mentira -terminó Méndez-, la condena puede variar mucho.

– ¿Lo haces para darme… una oportunidad?

– No. La oportunidad ya la tuviste, Elena. Lo que te quitó tu padre natural te lo dio Olga Tavares multiplicado por diez. Y hasta Pedro Mayor te lo dio con su dinero, aunque sin saberlo. No… no creo que tengas derecho a una oportunidad, pero tienes derecho a una esperanza. Todo el mundo es capaz de pensar, si tiene una esperanza. Si no la tiene, no piensa. Pero, además, voy a mentir por otra cosa.

– ¿Cuál?

– Olga Tavares tampoco habría querido verte podrida. Su amor me merece demasiado respeto para verlo acabar en el retrete de una cárcel.

– ¿Por qué?

– Quizá -dijo Méndez-, porque he visto muy pocas historias de amor.

Usó el viejo teléfono colgado de la pared para llamar a la policía, y dio la dirección. Como sabía que iban a tardar unos minutos, los aprovechó para telefonear también a Barcelona, a la casa de Pedro Mayor. No se puso él, sino la secretaria multitetas.

– Soy Méndez -dijo-. Usted me conoce porque estuve en su casa preguntando por Carol Mayor. Llamo para decirle a… a su jefe que no debe darle más dinero a Lola ni tampoco a Carol, porque Carol no existe. Fue una estafa montada durante demasiados años, y ya es hora de que termine. Cuando regrese a Barcelona ya le explicaré, pero mejor que se vaya olvidando de las dos.

Incluso a través del teléfono se notó que a la secretaria se le ponían los pezones de punta.

– ¿O sea que no hay que pagar más? -farfulló.

– No.

– ¡Qué suerte! Así convenceré a mi jefe para que nos vayamos a hacer un crucero por Alaska. Para… para trabajar, claro.

– Claro.

– ¿Y qué me ha dicho de Carol Mayor?

– Que no existe.

– Mala puta.

– No hace falta que la insulte. Le he dicho que no existe.

– Es igual; mala puta.

Méndez colgó.

Sin mirar a Elena, susurró:

– Es verdad, qué pocas historias de amor he visto.

31 UNA CUESTIÓN DE DINERO BLANCO

Pero hay historias de amor -pensaba Méndez, sin embargo- o al menos amor a quince días vista. Todas esas parejas que el sábado noche llenan los bares de la Barcelona vieja y que juran amarse hasta que nazca un capricho mejor eran más felices que él, pensaba el tronado policía. Al menos tenían un destino sentimental asegurado hasta fin de mes, mientras que él no tenía nada, excepto sus libros, el paisaje desde su ventana y sus malditos recuerdos de mujeres que ya no existían. Por eso deambuló por el barrio Gótico, por las calles de Santa María del Mar y por los lindes de las antiguas murallas, buscando al menos un fantasma que justificara su vida. No había encontrado aún ninguno cuando se situó ante la casa barcelonesa de Orestes Gomara, sus ventanales sobre la ciudad prodigiosa, sus aromas a habano viejo, sus libros estampados en oro y sus criaditas de culo multiuso. Vamos a ver, Gomara, si hablamos de una vez, maldito cabrón de canonjía.

Tuvo suerte porque lo encontró en Barcelona, y no en Madrid. Por lo visto, ahora los constructores especulaban más con los pinares del Valles que con las llanuras de Castilla. Encontró a Gomara comparando largas columnas de cifras en unos papeles que a Méndez le parecieron terriblemente hostiles e inútiles, pero en los que realmente había fincas, coches, vueltas al mundo y mujeres «sí a todo» a disposición de la gente guapa. Tú sí que eres guapo, Gomara, condenado hijo de puta.

El banquero, fastidiado, levantó la vista de sus columnas de cifras.

– ¿Por qué se presenta aquí? Creí que tenía más vergüenza, Méndez.

– La tengo, Gomara, pero he pensado que convenía perderla antes de que usted venda la catedral de Barcelona. Supongo que en esas columnas de cifras ya está el precio del solar y lo que un anticuario le va a pagar por el Cristo de Lepanto.

– Lo del Cristo de Lepanto no lo he podido arreglar aún -dijo Gomara aburridamente-. Lo otro está hecho.

Méndez se sentó ante la mesa y con absoluto desprecio encendió un guajiro canario, exponiéndose a provocar en aquel ambiente una explosión nuclear.

– He hecho un viaje, Gomara.

– Ah, pues qué bien.

– Vengo de París.

– Estoy admirado. Qué fabulosa aventura. Y a lo mejor hasta se ha arriesgado a ir en tren. Es asombroso.

– No lo sabe bien. Espero que algún editor me permita narrar mis aventuras en un libro.

– Cuando se publique, la gente se matará por comprarlo. Y ahora menos coña y dígame cómo le ha ido.

– No muy bien, si vamos a detallar las cosas. Pero he visto un prodigio.

– Dígame en qué consiste ese prodigio.

– Dos mujeres cobraban dinero con engaños.

– Por favor, Méndez. Qué asombrosa novedad. Mujeres que cobran con engaños las encuentra usted hasta en el santoral cristiano.

– Sí, pero debo aclararle algo.

– A ver.

– Una de ellas ya no cobrará más. Tendrá un castigo hecho de privaciones, cruel y diario; un castigo gota a gota.

– Entonces se irá acostumbrando. Tampoco me parece un castigo como para morirse, Méndez.

– Es que tampoco merecía una pena mayor. Bastante ha sufrido y bastante le queda por sufrir.

Gomara entornó los párpados.

– ¿Quién es esa mujer, Méndez? -preguntó.

– Una puta.

– Pues qué bien. Más novedad todavía. -Se llama Lola y a ratos ejerce en Barcelona su noble oficio.

– De ahora en adelante ya no cobrará más con engaños, ¿verdad? Fantástico. Estoy seguro de que mañana los periódicos darán en primera plana la noticia. ¿Y la otra mujer qué?… ¿Qué era? ¿Mayordoma de un obispo?

– La otra mujer fingía ser su hija.

Gomara lanzó al aire una carcajada silenciosa.

– Más fantástico aún, Méndez. Fingir ser la hija de alguien debe de resultar pesadísimo, me parece a mí. Pero fingir ser una hija de puta es el colmo de las buenas costumbres.

– Eso le servía para cobrar -dijo Méndez, sin inmutarse.

– ¿Y a ella también se le ha terminado?

– También.

– ¿Cómo?

– Intentó matar a una santa mujer. La primera de la que le he hablado. La que cuidaba de ella.

– ¿Sí? Emocionante de verdad. ¿Y por qué lo hizo?

– Por miedo a que denunciase el engaño.

– Pues sí que le han pasado cosas en París, Méndez. Horrorosas c inmorales, Cada vez me doy más cuenta de que soy una de las pocas personas decentes que quedan en el mundo.

– Usted es una serpiente asquerosa, Gomara. Una serpiente de cloaca.

– Ésas son las que más viven, porque tienen subvención municipal. Pero acabe con sus insultos, Méndez, porque puede que se me agote la paciencia. Puede que deje de tener lástima de un policía tan tronado como usted. Por cierto, ¿puedo fumar?

– ¿Es para que no se note tanto el humo de mi cigarro?

– Ha acertado. A veces es usted un sabio, Méndez. -Encendió con parsimonia un Punch de tamaño mediano-. ¿Y qué ha hecho con esa mujer, con la que cobraba?

– La he entregado a la policía francesa.

– ¿Para que le den su justo castigo? Lo mismo es usted de los que piensan que aún existe la guillotina.

– Para que le den su justo castigo, es verdad. Pero a veces, no todas, el justo castigo consiste en poder pensar; en pensar años y años mientras no tienes más que una pared delante. Y además, ¿qué es lo justo, Gomara?

– Y a mí qué me cuenta.

– Quizá a veces hay que tener en cuenta que una mujer no es más que una desgraciada piltrafa.

Gomara se limitó a encogerse de hombros con indiferencia, mientras se dejaba envolver por ese humo aromático que Méndez siempre decía que es obtenido con el sudor del pueblo.

– Muy bien -susurró-. Celebro tener tan buenas noticias sobre la virtud humana. Me siento lleno de esperanza y a punto de creer en Dios Padre. Y ahora, ¿puedo seguir con mis columnas de números, Méndez? Necesito cerrar un negocio mañana, antes de la hora de la comida.

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