Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Long John Silver - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
1 ... 66 67 68 69 70 71 72 73 74 ... 102
Перейти на страницу:

– Señor capitán, por la gracia de Dios -dijo Graves al final, jadeando pero con el mismo entusiasmo-, dado que usted ha sido un capitán tan bueno y tan justo tendrá una muerte rápida. No, no nos dé las gracias aún, ya lo hará cuando nos veamos en el Infierno.

Y entonces Graves sacó su mosquete y le pegó un disparo en toda la cabeza.

Cuando England oyó el disparo volvió tan deprisa como se lo permitieron los remos.

– ¿Qué pasa aquí? -me preguntó, pero no como John Silver, sino como contramaestre del Fancy.

Le expliqué qué había pasado y por qué. England empalideció. Se acercó hasta los restos de Skinner, los miró durante un buen rato, como si intentara devolverlos a la vida, y se volvió hacia mí.

– Silver -dijo-, ocúpate de que este hombre tenga un entierro digno y limpia la cubierta. Esto es un matadero, así de claro. Y después pueden equipar el Cadogan. Propongo a Davis como capitán. Y déjale que se lleve a ese diablo de Graves y a sus compañeros consigo. Si se quedan a bordo los mataré a la primera de cambio, y ¿qué ganaríamos con eso?

– Entiendo cómo te sientes -dije.

– Por todos los diablos que no, Silver. No eres mejor que los demás.

– Ahí te equivocas, Edward -objeté-. Tengo mis defectos, como todo el mundo, pero no mato a la gente sin necesidad, sino sólo por puro placer.

– ¿Y Ricket? -preguntó England con una mueca amarga.

– Fue por necesidad. Un día me lo agradecerás.

– Nunca, John, ¿lo oyes? Y no me vengas ahora con que lo hiciste por mí. Lo hiciste a mis espaldas, sin consultarme.

– Puedes creer lo que quieras, Edward, pero soy amigo tuyo, tanto si te gusta como si no. Con la vida que has llevado, no tienes a nadie más a bordo de este barco y apenas tienes a nadie en otro sitio. Piénsalo bien; el único que saldría en tu defensa soy yo.

England no contestó y se volvió a su camarote con la espalda encorvada. Antes de encerrarse me llamó.

– Silver, no quiero mi parte del Cadogan. Es dinero ensangrentado. Reparte la mierda entre la tripulación.

Su grito lo cazaron los que escuchaban atentos. Y de pronto, en medio de todo aquello, se oyó la voz rota y regocijada de Pew.

– ¡Un viva por el capitán England, muchachos!

Y así gritaron por el capitán England, hasta que les hice callar con un rugido que asustó a la mayoría, porque una cosa era bien segura: la burla y la humillación no le correspondían a Edward England.

Capítulo 29

El capitán Skinner significó el principio del fin de England. Por lo general se mantenía apartado, sentado en su camarote, pensativo, y dejaba que yo me ocupara del barco salvo en los asuntos de navegación y en los combates, momentos en los que hacía acto de presencia para refrenar la crueldad y los desmanes. Era como si se hubiera querido liberar ante la eternidad y poner a resguardo su conciencia salvando cuantas vidas le fuera posible.

Yo, por mi parte, a veces intentaba hacerle comprender que a estas alturas nadie se lo agradecería, ni siquiera si Dios existiera, pero todo era en vano. A England se le había metido en la cabeza envenenarse el resto de sus días con reproches y arrepentimientos.

Después de lo del Cadogan fondeamos en una bahía para carenar. No lejos de allí había un poblado indígena, y cuando terminamos con el trabajo del barco los hombres se fueron allí como energúmenos. Echaron a los hombres y se follaron a las mujeres desde la mañana hasta la noche durante varios días seguidos. Tenían que recuperar lo que no habían conseguido desde las Antillas, seis meses antes, disfrutar de antemano de lo que no tendrían hasta muchos meses después. Y ocurrió lo que era de esperar. Después de unos días volvieron los hombres con refuerzos y atacaron por todas partes. Matamos a un par de docenas y perdimos a unos cuantos. Ninguno de nosotros lo lamentó. Había sido un precio bajo, decían, por una orgía como aquélla.

England se había pasado la mayor parte del tiempo en su camarote, como si no quisiera saber lo que ocurría, pero subió cuando levamos anclas y sacamos el barco de la bahía. De todas formas, hay que decir que England, con el tiempo, se había convertido en un capitán especialmente hábil. Hacía tiempo que no confundía babor y estribor, tampoco calculaba mal la deriva y sabía cuándo era preciso ordenar aflojar velas. Pero para gobernar un barco tampoco es preciso ser un genio: con la gente England sí tenía dificultades, con todo el mundo salvo con los muertos, claro.

Nos fuimos a Malabar, en las Indias Orientales, y en menos de un mes nos hicimos con siete buenos botines. Al final llevábamos tanta carga que nos vimos obligados a cerrar las compuertas de los cañones cuando había la menor marejada. Y el consejo votó por Madagascar, adonde llegamos al cabo de un mes. Llenamos la despensa de carne y vendimos una parte de los botines a los caciques, a los que pagamos con oro, plata y piedras preciosas. Esta vez los hombres se comportaron. Entendían muy bien que no podíamos navegar con tanta carga sin peligro para el barco.

Después pusimos rumbo a Johanna, al noroeste de la Gran Isla, donde habíamos acordado encontrarnos con La Bouche, quien le regaló un loro a England. El animal, que bautizaron con el nombre de Capitán Flint, pasó a ser de mi propiedad tiempo después. A falta de otra cosa, en aquel tiempo England dedicaba tanto tiempo al loro como al barco y a nosotros.

Camino de Johanna nos tropezamos con Taylor, que iba al mando del Victory, y nos unimos a él. England habría preferido evitarlo, porque Taylor era un salvaje sin remedio. La tripulación del Victory lo admiraba y estaba de acuerdo con él, porque su crueldad era desmesurada y por todos conocida: al final, sólo Low y Flint fueron peores que Taylor. Y lo mismo sucedía con la mayor parte de las tripulaciones: sólo admiraban a los que eran peor que ellos. Era el único perdón de los pecados que les interesaba.

Con Taylor a remolque nos dirigimos directamente a Johanna, pero ¿qué anclas nos esperaban allí, sino tres comerciantes, dos ingleses, el Cassandra y el Greenwich, además de un bergantín de Ostende con veintidós cañones? Nosotros llevábamos sesenta y cuatro, treinta con Taylor y treinta y cuatro nosotros. No tardamos mucho en preparar el barco y después entramos en la bahía en contra de los deseos de England, pero le habíamos ganado en la votación.

El bergantín salió con el rabo entre las piernas, se metió entre los arrecifes y se fue rodeando la costa. Y ¿quién iba a pensar que el capitán del Greenwich fuera tan miserable como para dejar el Cassandra a su suerte? Sin embargo, fue tan descabellado como arrogante quedarnos con el culo al aire como hicimos. El Fancy, con su profundo calado, embarrancó y se quedó varado a mitad de camino. Ni uno de nuestros cañones aguantó mientras el Cassandra, que había anclado de través en el camino, nos golpeaba de costado una y otra vez. Taylor en el Victory, detrás de nosotros, no podía devolver las andanadas sin hundirnos a nosotros con sus disparos, y se vio obligado a anclar y después salir de allí.

Fue un baño de sangre. En veinte minutos perdimos treinta hombres y otros tantos quedaron heridos y mutilados. Sin embargo, England parecía ser el más atormentado de todos. Dado su talante, se echó la culpa por todos los muertos. Era culpa suya, creía, aunque hubiera votado en contra, que el Fancy quedara teñido por la sangre que flotaba a través de los imbornales.

De todas formas, England comprendió que la única forma de acabar con aquello era silenciando los cañones del Cassandra. Él, y yo a su lado, porque yo era así cuando la vida y la muerte estaban en juego, salimos a cubierta como fieras y nos plantamos entre los cadáveres, el griterío, las balas de cañón y las astillas, para que los que habían sobrevivido siguieran luchando por sus vidas y por la mía. England se puso al frente de un grupo de abordaje, cincuenta hombres que salieron con unos gritos de guerra que ponían los pelos de punta, mientras Taylor por fin logró que sus cañones barrieran la cubierta del Cassandra. Eso me dio tiempo a mí y a otros hombres valerosos para desplazar nuestros cañones más grandes, del calibre dieciocho, con los que se podía atinar con tan buena puntería como con pocos cuando los manejaban hombres diestros. Y nosotros teníamos a bordo del Fancy un artillero que era un fuera de serie en su especialidad. Durante la navegación era un idiota y un loco, pero sabía apuntar como nadie con un cañón, aunque parezca increíble. Le pedí, porque alguien tenía que pensar por él, que disparase al cable del ancla del Cassandra y después de tres intentos vimos con alegría cómo viraba y abríamos en sus costados, ya deformados, dos grandes boquetes. Lo hicimos justo a tiempo, porque ya habían hundido uno de nuestros barcos con una bala que convirtió en picadillo a ocho hombres que estaban a estribor.

1 ... 66 67 68 69 70 71 72 73 74 ... 102
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)