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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Los cañones del Cassandra se callaron, para alegría y burla de nuestra gente. Pero ¿cree usted que el Cassandra arrió velas por eso? No, su capitán era de esos que, por su honor, pueden arriesgar a toda la tripulación. La bandera seguía ondeando a popa cuando Taylor preparó sus barcos para zarpar con ciento cincuenta hombres para añadirlos a los cincuenta del Fancy, con un England deseoso de pelea al frente. ¿Por qué diablos no se rendían?, pensé. Seguramente nunca habían encendido una mecha en la santabárbara. Grité y voceé desde nuestra destrozada proa, pero ¿me oyeron? No: los nuestros, en los barcos, creían que los arengaba y se lanzaron al abordaje con unos gritos infernales que pronto se transformaron en ira y decepción.

A bordo del Cassandra sólo había muertos y heridos. Los supervivientes ilesos, entre ellos los oficiales, habían huido escondidos tras el humo de su propia pólvora. Taylor estaba fuera de sus casillas por el error, a pesar de que él no había perdido tantos hombres como nosotros, y quería liquidar lo que quedaba de la tripulación del Cassandra. No, aquel monstruo no tenía límite, y eso que parecía un cordero. Apenas sabía sostener un mosquete y encima se veía obligado a confiar en sus ayudantes, entre ellos el contramaestre y el botero, para hacer los trabajos diarios.

England, no obstante, se opuso a Taylor y dijo que ya había suficientes muertos. Se habían perdido setenta hombres de England y veinte más arriarían velas debido a las heridas.

– ¿No es suficiente? -rugió England en el mismo momento en el que yo me encaramaba a cubierta.

Taylor no movió ni un músculo, se limitó a parpadear y a esbozar un gesto flemático con su mano deformada. Era una señal, porque antes de que England se diera cuenta de lo que pasaba, el botero de Taylor había levantado su machete para liquidar a tres heridos del Cassandra. A bordo se hizo un completo silencio que sólo duró un instante. Después, England lanzó un grito que hizo que incluso Taylor retrocediera un paso; England sacó el machete y con un movimiento majestuoso, como sólo él sabía hacer, casi partió al botero en dos mitades iguales, ninguna de las cuales estaba más viva que la otra. Taylor sonrió como experto que era, pero nadie se movió del sitio.

– Cualquiera que ataque a un herido o a un prisionero acompañará a este diablo a la tumba -dijo England exhibiendo su imponente caja torácica-. ¿Queda claro? ¿Hay alguien que se oponga?

Nadie.

– England tiene razón -dije yo en un tono claro y conciso-. Los hombres del Cassandra no pelean voluntariamente, lo sabéis tan bien como yo. Y hemos perdido a setenta. Necesitamos a todos los que puedan andar. ¿Estamos de acuerdo, señor? -añadí en dirección a Taylor poniéndome frente a él, a un palmo de distancia, y mirándole a los ojos mortecinos-. ¿Verdad que sí?

Taylor parpadeó y abrió la boca, pero sus manos deformadas no se movieron.

– ¿Verdad que sí? -tuve que repetir y ahora en un tono que sobrecogió a la mayoría.

Taylor asintió lentamente y sus ojos, en aquel mundo al revés que era el suyo, volvieron a la vida, porque el miedo también es una forma de vida.

Les dijo a los suyos y a los nuestros con voz hueca que siempre se debía escuchar a los tipos como yo.

– El botín antes que nada -añadió para que diera la impresión de que pensaba por sí mismo-. Lo primero es asegurar la presa y nuestro botín ante los valientes hombres del Cassandra. Eso es. El señor Silver tiene toda la razón.

Los hombres me miraron con admiración cuando pasé por su lado. England había perdido la cabeza y la razón, eso le podía pasar a cualquiera, pero yo, con calculada valentía, le había plantado cara a la firme intervención de Taylor, si se me permite decirlo. Eso merecía un respeto.

Me fui hacia England, que estaba solo y cabizbajo. Por mi parte, procuré no demostrar que me producía cierta alegría, que yo tenía razón y que England estaba en un error. Y es que él, sólo con sus manos, acababa de matar a un tipo, aunque el mundo bien pudiera prescindir de él.

– ¿Lo ves, Edward? -le dije amablemente-. Me necesitas si quieres mantener la vida y la salud durante un tiempo. Con Taylor no se puede jugar, bien lo sabes.

– John -contestó England, y fue la primera vez después de lo de Skinner que me llamaba por mi nombre. Me importa un carajo Taylor, la vida y la salud. He matado a una persona que estaba viva. ¿Entiendes lo que eso significa?

– Tenías todo el derecho, Edward. Ha sido por un buen motivo.

– No, John, te equivocas. Esos motivos no existen, lo he comprendido ahora, aunque sea demasiado tarde. No quitar la vida a nadie, John: eso es lo principal. Matar es el peor crimen de todos.

– ¿Aunque hayas salvado la vida de media docena o más de los hombres del Cassandra, a los que el botero de Taylor hubiera cortado la cabeza si hubiera podido llevar a cabo sus planes?

– Sí, incluso así. Te voy a decir una cosa, John: el botero tiene su conciencia que acallar y yo tengo la mía. Y ¿cómo podemos estar seguros de que el botero realmente hubiera matado a los demás? ¿Acaso se lo pregunté antes de perder la cabeza? ¡Fíjate! Si no hubieras aparecido tú, Taylor habría lanzado a todos sus hombres contra mí y contra cualquiera que me hubiera defendido. Podría haber sido un baño de sangre aún peor que el que yo intentaba evitar. No, sólo hay un Mandamiento: «no matarás». Y yo lo he transgredido. Estoy acabado como hombre, John.

Por una vez en la vida parecía estar muy seguro de lo que decía. Miraba al frente con ojos mortecinos, desprovistos de aquella vida que él consideraba sagrada.

Tardamos dos semanas en limpiar los restos de la debacle del Cassandra, enterrar a los muertos, acarrear el bote del Fancy, inventariar y repartir la rica carga del Cassandra y ponerlo todo a punto. El Fancy estaba tan dañado que lo dejamos allí y dedicamos nuestras fuerzas al Cassandra, que iba a ser nuestro nuevo barco.

No se puede decir que hubiera buen ambiente. England cumplía con su cometido, pero tenía un aspecto triste. Taylor estaba casi siempre a bordo del Victory. Primero tuvimos una pelea por los medicamentos del Cassandra, porque la mitad de la gente de Taylor se estaba pudriendo de gonorrea y de sífilis. Yo intervine diciendo que la gente de Taylor, con un capitán así de loco, necesitaba toda la ayuda que le pudiéramos dar. Con el mercurio del Cassandra, dije, a lo mejor sentían cierto alivio en el infierno en que se encontraban y podían darse por satisfechos de no estar aún condenados a muerte.

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