Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– Venimos a buscarte, León. Para ver a los volatineros.
Está moviendo el fuelle de la fragua, desnudo de cintura para arriba, sudoroso, macizo, con sus duros músculos tensándose bajo la piel mojada, tan hermoso como un diablo o como un ángel. Soy mujer y él es mi hombre. Me inunda el deseo, el amor y el orgullo. Aunque León sea analfabeto.
Mi hombre me abraza. Huele a hierro recalentado, a hollín, a madera y cuero. Se seca el cuerpo con su propia camisa, antes de ponérsela. Se inclina hacia Violante:
– Hola, mí pequeña.
– Hola, grandullón.
Agarra a la enana de los brazos y la ayuda a subir, trepando por su cuerpo, hasta instalarla a horcajadas sobre sus hombros.
– ¿Dónde está el espectáculo?
– En la plaza -dirige la muchacha desde lo alto del cuello, extendiendo en el aire su diminuto índice.
Cuando llegamos, sin embargo, la actuación parece haber terminado. Los vecinos se marchan y media docena de individuos están recogiendo sus bártulos: las mantas de colores para hacer las acrobacias, las mazas de los malabarismos, los instrumentos de música. En una esquina, sentado sobre el suelo, quieto, pétreo y monumental como un pedazo de roca caído de la montaña, hay un individuo monstruosamente grande. Tan grande que parece abultar el doble que León. Me acerco con lentitud, movida por la curiosidad, mientras el herrero y Violante hablan con los artistas. Doy la vuelta a la interminable espalda del tipo, que sigue sin moverse, y me encaro con él a prudente distancia. El hombre tiene la cabezota inclinada, la barbilla hundida en el pecho, los hombros caídos hacia delante. Debe de ser bastante mayor: está casi calvo y íos pocos pelos que le quedan son canosos. En este preciso momento, el gigantón levanta la cabeza y se me queda mirando. Esos ojillos cándidos y pequeños, demasiado pegados a la nariz. Esa cara de niño aberrantemente envejecido.
– Leola… -dice el monstruo con vocecita débil.
– Guy… -jadeo yo.
Nos hemos reconocido al mismo tiempo. Es Guy, el inocente, el Caballero Oscuro. El hijo de Roland, mi antiguo Maestro de armas. El gigantón arruga pavorosamente su cara y comienza a berrear como un crío pequeño. Uno de los saltimbanquis viene hacia nosotros:
– ¿Qué le has hecho? -me increpa el hombre con gesto de impaciencia-. Es un pobre idiota, pero no es malo. Hay que tratarle como si fuera un niño. Basta ya, Guy, ¡deja de gimotear!
El hombre, que es menudo y fibroso, se pone de puntillas y le da una bofetada a Guy en la mejilla. Un sopapo ligero que en realidad no puede haberle hecho mucho daño. Aun así, me encrespo.
– ¡No le pegues!
El hombre me mira, extrañado e irritado:
– Pero ¿qué dices? Aquí no pintas nada. Además, tú tienes la culpa. No sé qué le has hecho para ponerle así. Venga, chico, cálmate…
Tras la cachetada, Guy ha disminuido el volumen de sus chillidos, pero sigue haciendo pucheros. Grandes y pesadas lágrimas bajan rodando por sus ajados mofletes.
– Leola… -balbucea.
– Le conozco -digo, conteniendo mi rabia-. Es el hijo de…, de un antiguo amigo. Quiero…, quiero hacerme cargo de él.
Mientras digo esto, lanzo una rápida ojeada a León, que se acerca cabalgado por Violante. El herrero no dice ni hace nada, pero sé que me apoya. Qué bueno es saber que, si me quedo con Guy, León no va a sentirse incomodado. Hasta ese punto le conozco, hasta ese punto confío en él.
El saltimbanqui se rasca la cabeza:
– ¿Te lo quieres quedar? ¿Quieres llevártelo? ¿Para siempre?
– Eso es.
Guy sorbe sus mocos estruendosamente y vuelve a balbucear:
– Leola…
– Pues, no sé… -dice el hombre-. La verdad es que es un número muy bueno… La gente paga por ver al gigantón. No hay otro hombre más grande en toda la Cristiandad, te lo aseguro… Y, además, ¡levo manteniéndolo muchísimos años. Y come como un buey… He gastado una fortuna en él.
Miro de nuevo a León. Me quito las agujas del pelo y las trenzas caen sobre mi espalda.
– Te doy estas perlas a cambio. Son buenas y costosas. Cuatro grandes perlas. Y, además, Guy ya está muy viejo, mírale…
El hombre coge las agujas y las examina con ojo suspicaz. Luego contempla al gigantón, que sigue gimoteando:
– A ver, chico, ¿tú quieres irte con esta mujer?
Guy arrecia en sus lloros y asiente frenéticamente con la cabeza:
– Síííííííí…
El titiritero se encoge de hombros:
– Bueno, muy bien, pues trato hecho… Quédatelo… -gruñe con una brusquedad que me parece en cierro modo fingida-. Total, ya te he dicho que come lo mismo que una fiera y acabará arruinándome. Llévatelo antes de que me arrepienta.
Agarro la áspera y deforme manaza de Guy y tiro suavemente de él, para que se levante:
– Venga, Guy. Vas a vivir con nosotros. Nos vamos a casa.
El inocente se pone en pie con dificultad, como si tuviera las piernas agarrotadas. Ha echado tripa y renquea al caminar, igual que un viejo. Pero ya ha dejado de llorar. Sigue aferrado a mi mano: yo troto a su lado y casi cuelgo de él. Murmura algo, pero no le entiendo.
– ¡Qué dices?
– Guy está contento… -repite débilmente.
– Y yo también lo estoy, querido. Yo también.
Durante unas pocas semanas hemos vivido un sueño. La hermosa virtud de la esperanza puede también ser, paradójicamente, la madre de la más punzante pesadumbre, cuando esa esperanza te llena la cabeza de ilusiones que luego, al incumplirse, se transmutan en hiel y sufrimiento. Debería añadir esta reflexión a la definición de la palabra en mi enciclopedia.
Durante unas pocas semanas hemos vivido un sueño del que, por desgracia, ya hemos despertado. Un día, Nyneve llegó a casa sin aliento y nimbada de luz, con el rojo pelo alborotado, toda ella palpitante y encendida:
– Ha habido una revuelta… El conde de Tolosa se ha unido al Rey de Inglaterra… Están combatiendo a los cruzados.
La hija mayor del señor de Montségur, Philippa, está casada con un guerrero, el caballero Fierre Roger de Mirepoix. Siguiendo órdenes del conde de Tolosa, y mientras éste consumaba su alianza con Inglaterra, Fierre Roger y sus faydits se dirigieron a Avignonet, donde se encontraba a la sazón el Tribuna! de la Inquisición itinerante, y mataron a dos inquisidores y destruyeron los archivos que guardaban los documentos procesales contra los herejes. Al conocer la nueva, toda la región se levantó en armas contra el Papa, el Rey de Francia y la Inquisición. La guerra se reabría y los vencidos enseñaban los dientes, y durante algún tiempo nos pareció que todavía podríamos salvarnos.
Pero el espejismo ha durado muy poco. Los ejércitos rebeldes han sido aplastados con rápida eficiencia. Me lo confirmó pocos días después una Nyneve envejecida y mortecina, acongojado el gesto y eclipsado su brillo:
– No sólo hemos sufrido una derrota total; además, consideran que Montségur es la cabeza de la hidra, puesto que de aquí salió la partida de faydits que acabó con los inquisidores. Han formado un gran ejército cruzado, dirigido por el senescal real de Carcasonaf y vienen hacia aquí para borrarnos del mundo.
Podríamos intentar huir de nuevo, pero ¿hacia dónde? Ya no quedan refugios en la Tierra. El señor de Pereille está dispuesto a resistir. Tiene confianza en la posición inexpugnable de su castro, en el valor de sus caballeros.
Y piensa que si consigue entretener a los cruzados y aguantar lo suficiente, el conde de Tolosa podrá recuperarse y venir en su ayuda. El señor de Pereille no se rinde: quiere seguir luchando por sus ideas, y yo quiero creerle, puesto que no hay nada mejor en lo que creer. Por eso nos hemos quedado aquí. Somos unas quinientas personas, doscientas de las cuales son Buenos Cristianos. Sin contarnos a Nyneve y a mí, sólo hay quince caballeros y cincuenta escuderos. Apenas sesenta y cinco guerreros contra un ejército compuesto, al parecer, por varios miles de hombres. Pero luego están, a nuestro favor, las laderas escarpadas, las cumbres nevadas, las ventiscas, el frío, la vecindad de las plumosas águilas, el terreno imposible que nos circunda. Y nuestro feroz deseo de vivir.
Todos los días nos subimos a las atalayas y nos asomamos al vasto paisaje montañoso, para ver si llegan. Son tan hermosos y serenos los cerros azulados, las enormes rocas que dora el sol poniente, estas masas de piedra que Dios creó en el principio de los tiempos y que seguirán aquí aunque los cruzados arrasen Montségur. Todos los días nos subimos a las atalayas para ver si llegan, y la paz de las montañas es tan absoluta y abrumadora que resulta difícil imaginar la inminente invasión de los guerreros, el rechinar de los hierros afilados, el paroxismo de la violencia bélica.
Mientras tanto, existimos. Y qué bella es la vida cuando está amenazada. Leo, escribo, hago el amor con León, converso con Nyneve, me río con las bromas de Filippo y Alina, que juegan con Guy como si fueran niños. Somos un clan, somos una horda. Somos una familia. Juntos somos más fuertes, o por lo menos nos sentimos más fuertes, y eso basta. Ahora entiendo a Nyneve cuando decidió sumar su destino al mío: a medida que envejeces se va haciendo más dura la soledad. Vas necesitando cada vez más ser necesitada por los otros. Ahora Guy depende de mí, y eso me conmueve. Cuido del gigante inocente de la misma manera que cuidaría de un hijo. En realidad es mi niño, un niño monstruoso, el único bebé que podría parir la monstruosa doncella revestida de hierro que yo he sido. Le hemos preguntado sobre su padre, pero cada vez que tocamos el tema se echa a llorar: desazona imaginar cuál puede haber sido el destino de mi Maestro. Sólo nos falta él. Ojalá estuviera Roland entre nosotros. Sobre todo por Nyneve. Porque hace mucho que mi amiga parece haber abandonado su gusto por los hombres. Ella, que antaño fue un trueno, lleva demasiado tiempo en la sequía.
Con Guy, con Filippo y Alina, con la leve y pizpireta Violante trepada a los hombros de León, con Nyneve, suelo pasear por los alrededores de Monrségur, disfrutando del paisaje, todavía todo nuestro, y recolectando plantas medicinales, pequeños y raros vegetales que se aferran a las rocas en lugares inverosímiles y que son capaces de sobrevivir en el rigor escarchado de estas alturas. Son como nosotros, como los habitantes de Montségur, estas pequeñas plantas obstinadas y duras. No he conocido días más hermosos que éstos: es la culminación de mi existencia. Esto es ciertamente la plenitud. El esplendor de la flor, toda abierta, radiante y temblorosa, justo un instante antes de marchitarse.