Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– Es un personaje que da miedo, pero me gustaría seguir oyendo lo que le sucede. Y ese bridón que le habla… No me extraña nada. Yo también tengo en ocasiones la sensación de que Fuego me dice cosas… -contesto.
– Es la historia del gran Aquiles, un guerrero terrible e iracundo. Parece un relato actual, ¿no es verdad? Y, sin embargo, está escrito hace muchísimos años. Tantos años y tan incontables, que no sólo se han muerto todos los hombres que vivieron en aquella época, y los hijos de los hijos de esos hombres, sino también todos sus dioses. Y los dioses, os lo aseguro, son difíciles y muy lentos de matar.
Hoy he soñado con aquel campo de batalla lleno de cadáveres en el que robé mi primera armadura. En mi sueño, caminaba por el campo bajo el resplandor helado de la luna, y los muertos me miraban con sus cuencas vacías y rogaban: «No me robes a mí, Leola. No me quites mi coca de hierro o moriré de frío». Entonces aparecía un enorme jabalí de colmillos amarillentos y ojos tristes que me decía: «Tú y yo somos los únicos seres vivos que quedamos sobre la Tierra. Y ni siquiera pertenecemos a la misma clase de animales». Ahí me desperté, y durante unos instantes, en el duermevela, sentí la soledad más absoluta, una soledad tan vertiginosa e inacabable que dolía como una herida real en la mitad del pecho. Pero luego escuché los ronquidos de Nyneve, dormitando a mi lado; y recordé que en el otro cuarto, en la cocina, estaban Alina y Filippo; y que un poco más allá, junto al oscuro hueco de las escaleras, debía de estar durmiendo León.
Y es que ahora somos muchos. Nos hemos convertido en una tropilla de individuos raros, como esas compañías de saltimbanquis que van ganándose la vida por los pueblos y que llevan a una mujer con tres pechos, a un gigante forzudo o a un niño lobo con todo el cuerpecillo cubierto de pelo. Nyneve dice que es bruja y que vivió en la corte del rey Arturo, y tal vez sea cierto. Yo digo que soy un caballero, y es mentira. Alina decía que era ciega, sin acabar de serlo. Filippo no dice nada: carece de palabras pero, al mismo tiempo, las tiene todas escritas en su cuerpo.
Y luego está León, que es el más extraño y misterioso. Al menos para mí: porque entre ellos parecen llevarse todos bastante bien. Conmigo, sin embargo, León sigue sin intimar, y todavía utiliza, el distante tratamiento de cortesía.
Vivimos todos juntos y eso es bueno, porque el hombre no está hecho para vivir solo. Ésta debe de ser la razón por la que la gente habita en las ciudades y en casas como ésta, que, en realidad, resultan sumamente desagradables. Las estancias son pequeñísimas y están mal iluminadas y mal aireadas, los techos son bajos, las puertas tan diminutas que León tiene que agacharse y retorcerse para pasar. Además, los suelos crujen como si fueran a caerse, se escuchan los gritos y las pisadas de los vecinos y abundan los olores nauseabundos, mezclados con el tufo de los guisos más groseros. Pero, aun así, hay algo excitante en estar viviendo tres pisos por encima de la calle, en asomarse a la ventana y ver los tejados de la ciudad, en saber que estás rodeada de gente por todas partes. Somos hormigas afanosas y éste es nuestro hormiguero.
Un hormiguero esperanzado. Por primera vez en muchos años de guerra, parece que la suerte cae de nuestro lado. Los cruzados han puesto cerco a Tolosa y han fracasado; Simón de Montfort, el carnicero, ha muerto ante las murallas de la ciudad. Los territorios ocupados por las fuerzas del Papa se han levantado en armas en una heroica y masiva revuelta popular y los invasores han sido expulsados. El nuevo vizconde de Trencavel, hijo del Trencavel anterior, ha entrado victorioso en Carcasona. Puede que el fin del conflicto esté cercano; puede que la cordura acabe venciendo a la intransigencia. Nyneve está feliz.
Desde que Filippo se encarga de cocinar, cosa que hace maravillosamente bien, solemos comer juntos por la tarde. Hoy Nyneve ha traído higos, tan dulces como una fruta del Paraíso. Recuerdo la higuera de Jacques, un sabroso tesoro de mi lejana infancia. Y también la vieja higuera de nuestro patio, en Albi…, en aquella casa y aquella otra vida que aún compartía con Gastón. Pero prefiero no pensar en estas cosas. Prefiero cerrar la memoria y abrir la boca. Aquí estamos todos, callados y golosos, chupando la espesa pulpa rosada y translúcida. Los higos siempre me huelen a verano y, en efecto, el calor aprieta. Sudan mis pobres pechos, aplastados por la venda con que los disimulo. Y por la ventana entra una algarabía de pájaros, un gañido escandaloso de gatos en celo, un bullicio animal celebrando el estío. Junto a mí, León lame la blanda carne de su fruto; los labios le brillan con el almíbar del higo, esos labios firmes y bien dibujados, esa boca pequeña incrustada en sus mejillas abundantes. Y la lengua musculosa y acuciante, que arranca grumos de la carne melosa. Más arriba, los ojos, hundidos bajo el pesado pliegue de las cejas, ardiendo como inquietantes fuegos fatuos. Y el remate de su pelo, tupido y enhiesto cual crin de caballo. Incluso en reposo, como ahora, mientras mordisquea su pegajoso higo, el herrero desprende una sensación de vigor precariamente contenido, es una fuerza natural, brutal y fiera. El calor de la tarde entra abrasador por mi garganta, baja por mis pechos sudorosos, se extiende como un incendio en mis entrañas. Me pongo en pie:
– Ahora vuelvo…
Salgo corriendo de casa. Quiero llegar al mercado antes de que lo cierren, y el sol ya está bajo. Troto por las calles y los callejones, atravieso los soportales de la Plaza Mayor y al fin desemboco en la Plaza del Mercado. Ya están recogiendo algunos puestos. Voy al fondo, junto al j abrevadero, donde me parece que he visto lo que busco: llevo ya varios días pensando en hacer esto. Sí, estaba en lo cierto, aquí hay unos cuantos vendedores con el material que me interesa. Picoteo de aquí y allá, agobiada de urgencias, sin negociar el precio, pagando mucho más de lo que debo. Hago un hato con todo lo adquirido y regreso a casa. Los demás siguen aún junto al hogar, conversando y jugando a las adivinanzas, pero yo paso junto a ellos y me encierro en la alcoba que comparto con Nyneve. Abro el hato mientras les escucho hablar y reír, y saco y extiendo mis modestos tesoros. ¿Quién me mandó a mí deshacerme de toda mi ropa de mujer cuando decidí volver a vestir de hombre? Obcecada por mi despecho tras la traición de Gastón, lo tiré todo. Ahora no he encontrado nada que de verdad me plazca: una camisa fina de interior, una blusa blanca demasiado basta, una saya a listas azules y amarillas que seguramente va a venirme grande. El justillo, de lino crudo, no está mal. Y también he adquirido un gracioso bonete azul y plata. Empiezo a desnudarme; libero mis pechos de su venda de cuero y me los miro: son pequeños y aniñados. Pero mi cuerpo, escrito por las cicatrices como el cuerpo de Filippo está escrito por sus tatuajes griegos, no tiene nada de intacto y juvenil. Suspiro y me visto con las ropas de mujer. Me parece que, después de todo, no me quedan tan mal. Mojo y peino mi corto cabello hacia arriba y hacia atrás, colocando el bonete en la coronilla. ¡Ah! Las arracadas… de filigrana de plata. También las he comprado en el mercado, junto con un pomo de rubor. Tengo que empujar los aros con decisión, porque los agujeros de mis orejas están casi cerrados. Abro el pomo cosmético: polvo de ladrillo mezclado con grasa de cordero purificada. Unto un poco en mis labios, y también en mis mejillas, para darles color. Contemplo el resultado en el espejo: quedaría bastante bien, si no fuera por el tono tan moreno de mi cutis. Podría empolvarme con un poco de harina, pero está en la alacena de la otra habitación. Bueno, da lo mismo. Esto es todo lo que puedo dar de mí. En realidad, ni siquiera sé por qué lo estoy haciendo. ¡Maldita sea! Se me olvidó comprar escarpines… Por fortuna, la falda es tan larga que tapa por completo mis botas viriles. En fin, vamos allá.
Agarro el picaporte, respiro hondo y abro la puerta. Y escucho que Alina está diciendo:
– Yo me sé una historia muy curiosa que me contó mi madrastra…, es la historia del Rey Transparente…
Veo cómo Nyneve salta sobre la muchacha, tapándole la boca con la mano:
– ¡No digas nada más!
En su urgencia, Nyneve ha tropezado con la jarra del agua, que ha caído al suelo y se ha hecho pedazos. León se pone en pie de un brinco, sobresaltado por la brusquedad del movimiento de mi amiga y por el estallido de la vasija de barro. Filippo, medroso y rápido como un animalillo, se mere debajo de la mesa.
– No digas nada -repite Nyneve, más calmada-. Voy a soltarte, pero no cuentes ni una sola palabra más sobre esa historia… Ni siquiera vuelvas a mencionar su nombre. ¿Lo has entendido?
Alina, asustada, asiente con la cabeza.
– ¿Qué sucede? -pregunta el herrero con su vozarrón.
Nyneve libera a la muchacha y saca a Filippo de debajo del tablero:
– Es un relato que trae consigo las más funestas consecuencias. No me preguntéis por qué, porque no termino de explicármelo. Pero cada vez que se menciona, algo terrible sucede a quien lo narra. Creedme, es así… ¿Y a ti te contó la historia tu madrastra?
– Sí… -contesta la amedrentada Alina.
– Bueno, entonces no es de extrañar que muriera…
En este preciso instante reparan en mí: hasta ahora no habían advertido mi presencia, absorbidos como estaban por los acontecimientos. Pero ahora Nyneve se me queda contemplando con sorpresa, y ios demás siguen su mirada y también me descubren. Yo continúo de pie junto a la puerta. Me observan en silencio durante un rato. Cruzo mis ojos con los ojos grises de León. Tranquilos, indescifrables.
– En realidad soy una mujer. Me llamo Leola -digo roncamente. Se lo digo a él, pues es a él a quien me dirijo.