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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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– Pero ¿qué es eso de la Inquisición?

– Es un proceso judicial, como los que se aplican contra los criminales, pero especial, porque sólo persigue a los que piensan distinto… El procedimiento se llama Inquisitio heretice pravitatis, es decir, «Encuesta contra la perversidad hereje»… Una vez que el ejército ha pasado y los pueblos se han rendido, llega otra tropa de escribas y notarios, dirigida por unos cuantos frailes inquisidores y reforzada por soldados. Esta tropa se instala en la localidad y obliga a todo el pueblo a confesarse. Luego esas confesiones son utilizadas como declaraciones judiciales para procesar a los supuestos herejes. Todos los cristianos están obligados a denunciar a los varones mayores de catorce años y a las mujeres mayores de doce. Los inquisidores ya han limpiado decenas de localidades de este modo y han quemado a centenares de personas.

Pienso ahora en la diminuta Violante y en su madre, la matriarca catara, y siento un pellizco de angustia: ¿qué habrá sido de ellas? ¿Habrán caído en manos de los verdugos?

– ¿Sabes quiénes llevan el Tribunal de la Inquisi ción? Los dominicos. El Papa ha confiado esta persecución feroz a los frailes de la Orden del Hermano Domingo… Y son tan crueles y tan implacables que el pueblo ha empezado a llamarles los Domini canes, los perros del Señor -añadió mi amiga.

Y luego, para mi sorpresa y mi total congoja, mi querida Nyneve se puso a llorar. Caían las lágrimas libremente por sus mejillas, y sus anchos hombros de matrona se agitaban sacudidos por los sollozos. No he sabido qué hacer. No estoy acostumbrada a su debilidad y, sobre todo, no estoy acostumbrada a su derrota.

Lloran los cielos su lluvia incesante, llora Nyneve sus sollozos de duelo, lloran las víctimas sus lágrimas finales, evaporadas por el ardiente aliento de la pira, pero yo, me avergüenza decirlo, tengo el ánimo colmado de alegría. Vivo disociada entre el horror del mundo y mi Avalon secreto, el Edén de los brazos de León, del amor de León, de su ternura, de lo que me cuenta y lo que creo adivinarle, de lo que le digo y lo que él me intuye; de sus palabras, que son tan atractivas como su sexo, y de su cuerpo, que es tan elocuente como sus palabras. Nunca he querido a nadie como le quiero a él y no comprendo cómo he podido vivir sin él hasta ahora.

Amor: sueño que se sueña con los ojos abiertos. Dios en las entrañas (y que Dios me perdone). Vivir desterrado de ti, instalado en la cabeza, en la respiración, en la piel de otro; y que ese lugar sea el Paraíso.

Hace dos días León me confesó el secreto de esa cosa que lleva escondida en una jaula. De esa criatura enigmática que rasguña y se agita en la oscuridad:

– Es un basilisco. Por eso no debes quitar nunca el lienzo que lo cubre.

– ¿Un basilisco? No sé muy bien cómo es…, pero pensaba que era un animal inventado, inexistente…

– Oh, no, ya lo creo que existe. Es el producto de un huevo de gallina empollado por una serpiente. Tiene el tamaño de un gato, pero su aspecto está a medio camino del gallo y del lagarto. Y tiene un terrible poder: su mirada mata a los humanos. También marchita árboles y fulmina a los pájaros en pleno vuelo.

– Suena espantoso.

– Lo es, pero sobre todo para el pobre basilisco, que es una criatura amable de quien todos huyen y a quien todos persiguen… Por eso él y yo nos hemos hecho amigos… Ya sabes que a mí no me afecta el aojo, de modo que el basilisco no me hace daño. E incluso creo que, de su trato conmigo, va perdiendo poco a poco sus poderes letales… En cualquier caso, consintió que le metiera en una jaula y que le cubriera con un lienzo, para poder seguir junto a mí. Cuando estamos solos le saco de su encierro y se pasea un poco por la estancia, pero aun así su vida es bastante triste. Sin embargo, él ha escogido esto. Prefiere la amistad a la libertad e incluso a la luz y la visión.

Pobre bicho, rebullendo allá dentro, en su tapada jaula. Esta mañana oí cómo la criatura gañía y se agitaba, inquieta, en el interior de su encierro. Me acerqué y coloqué la mano sobre el paño que le cubre; y después me puse a cantar bajito una de las nanas que cantaba mi madre. El animal se tranquilizó y dejó de moverse. Espero haberle consolado un poco. Yo también soy como ese basilisco: estoy ciega y sorda a todo cuanto sucede. Sé que el mundo se derrumba y que en el aire vibra el acabóse, pero estoy con León. Y eso me basta.

Tras la derrota, sólo cabe huir o esconderse. O caer en manos del enemigo y sucumbir. A muchos les sucede. Muchos cátaros suben al patíbulo cantando, aunque sea con voces temblorosas, y fallecen dando fe del mundo que se extingue con ellos. Otros han huido a Italia o a los reinos de Aragón y de Navarra, donde todavía se les protege. También se dice que unos cuantos han sido acogidos, secretamente, en las fortalezas de los templarios. Y, además, los bosques y los montes están llenos de faydits, de caballeros fuera de la ley, que ahora son, en su inmensa mayoría, nobles occitanos derrotados por las fuerzas conjuntas del Papa y del Rey de Francia. Se ocultan en las zonas agrestes, como bandoleros, y atacan a los soldados del Rey con bien escogidas emboscadas, para luego retirarse velozmente. Apenas dañan a las aplastantes fuerzas de los vencedores, peto al menos les inquietan, les molestan, les impiden relajarse en su poder.

Huyendo de los Domini canes, nosotros hemos llegado a Montségur, un pequeño nido de águilas posado en la cima de los Pirineos. Es un castro de montaña, un pueblo fortificado dependiente del condado de Tolosa. Pertenece a Raimond, señor de Pereille. Cuentan que su madre, For-néira de Pereille, fue una matriarca albigense, y Raimond, en cualquier caso, ha acogido en su castro a la cúpula de la Iglesia hereje, a los obispos de Tolosa, de Agenais y de Razés, junto a un nutrido número de Buenos Hombres y Buenas Mujeres. Por ahora no nos molesta nadie: se diría que los vencedores se han olvidado de Montségur, quizá porque estamos muy lejos y muy arriba, en un enclave inaccesible y difícilmente atacable, y también en un lugar apartado de toda influencia. Arrinconados en este extremo del mundo, los obispos cátaros resultan tan poco peligrosos como si estuvieran encerrados en una mazmorra.

Madurez: atisbo de entendimiento del mundo y de uno mismo, intuición del equilibrio de las cosas. Acercamiento entre la razón y el corazón. Conocimiento de los propios deseos y los propios miedos.

– ¿Qué estás haciendo, Leola? -pregunta Violante, irrumpiendo en casa de modo repentino.

Oculto con la amplia manga de mi vestido el pergamino en el que estoy escribiendo.

– Preparo mis clases y estudio un poco -miento.

Observo que he vuelto a manchar la manga con la tinta: una fastidiosa torpeza a la que estoy acostumbrada. Todas mis ropas están entintadas. Al igual que antes era una mujer disfrazada de guerrero, ahora soy un escribano disfrazado de dama. La diminuta y bella Violante sonríe como pidiendo perdón por su intrusión. Se la ve acalorada y acezante: ha debido de venir por las cuestas de Montségur a toda la velocidad que le permiten sus pequeñas y combadas piernas, que la obligan a caminar con penoso contoneo. Cuando llegamos a Montségur hallamos aquí a la señora de Lumiére, la matriarca catara, y a su hija, la enana Violante. Fue un reencuentro emocionante, aunque tuve que confesarles mi fracaso y la pérdida del documento que me habían confiado, y aunque al principio les resultó chocante enterarse de mi verdadera condición femenina. Las dos mujeres, sin embargo, se mostraron conmigo tan dulces como siempre. Fueron ellas quienes respondieron por nosotros, para que pudiéramos quedarnos en el castro, y quienes nos proporcionaron el alojamiento, una planta baja en una torre que Nyneve ya ha vuelto a decorar con sus pinturas palaciegas.

– ¿Está León?

Se me escapa una sonrisa sin querer. Violante y León congeniaron extrañamente desde el primer momento en que se vieron, y la enana ha tomado la costumbre de pasearse por todo Montségur sentada sobre los sólidos hombros del herrero. Es formidable vería allá arriba, cómodamente encaramada a las anchas espaldas, dominándolo todo con una cara de placer indescriptible. A cambio, Violante da suaves masajes con sus manos chiquitas en las sienes y la nuca de León, y yo no sé si será gracias a esto, pero se diría que las crisis del Gran Mal se han espaciado.

– Debe de estar en la forja -respondo.

– Ah, bien…, precisamente venía a buscaros por si queríais ver a los artistas… Ha llegado a Montségur una tropilla de juglares y saltimbanquis… Están actuando en la plaza, cerca de la forja. ¿Me acompañas a verlos?

En estos años últimos, tan azarosos y llenos de pesares, se han multiplicado, paradójicamente, los festejos públicos. Es como si la gente, ante el barrunto del dolor y la amenaza del fin, quisiera aprovechar sus últimas horas y aliviarse con el juego y la fiesta. Nunca he visto tantos titiriteros, tantos músicos ambulantes, tantos narradores de fábulas, tantos mimos. Nunca he escuchado tantas risas y tantos cantos.

– Sí, vamos, ¿por qué no?

Enrollo mi pergamino y lo guardo en el arcón, mientras un cosquilleo de alegría me recorre el cuerpo. León y yo llevamos un par de años juntos, pero aún se me seca la boca de excitación cuando sé que en breve voy a verle. La excusa de los saltimbanquis es perfecta para adelantar mi encuentro con el herrero. Para ir a buscarle por sorpresa a la forja, horas antes de que regrese a casa. Trenzo mí cabello, que he dejado crecer, y lo sujeto a la cabeza con unas hermosas agujas de perlas que me ha regalado León. Me pellizco las mejillas, para darles color, y pinto mis labios con carmín.

– Ya estoy.

Atravesamos Montségur al lento y esforzado paso de la enana. En el punzante frescor del aire montañés se huele ya la cercana primavera. El cielo es un lienzo de seda azul intenso, brillante y sin nubes, tendido sobre la fría blancura de las cumbres nevadas. Nunca había vivido en un lugar como este castro, a la vez tan sencillo y tan refinado, en el que se diría que, salvo León, todo el mundo sabe leer y escribir. Aquí están asilados unos doscientos Perfectos y Perfectas, casi la mitad de la población; y su abundante presencia crea una atmósfera de amabilidad, cordura y tolerancia. Fuera de la corte de Leonor, nunca he visto a la mujer tan bien tratada como aquí; y las crisis del herrero no escandalizan a nadie ni son consideradas posesiones malignas, sino simplemente lo que son: una enfermedad.

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